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Un indigente en una calle de La Habana. Actualmente, los cubanos viven con menos de un dólar al día, cifra que según la ONU los coloca en el nivel de extrema pobreza.

Indigente en una calle de La Habana

La Lección del Siglo para Cuba

JESUS HERNANDEZ CUELLAR

Desde la inauguración de la República de Cuba, el 20 de mayo de 1902, inclusive desde antes, la nación cubana ha disfrutado el privilegio de tener entre los suyos a figuras de importancia mundial en las artes, las ciencias, las letras, los deportes y el mundo empresarial.

El descubrimiento del agente transmisor de la fiebre amarilla, hecho por el sabio cubano Carlos J. Finlay en el cruce de los siglos XIX al XX, marcó una de las primeras y mayores contribuciones de Cuba al resto del mundo. Posiblemente la más importante, por la enorme cantidad de vidas humanas que se salvaron gracias a la labor del infatigable científico.

Muy poco después un número significativo de pintores cubanos, entre ellos Víctor Manuel, Carlos Enríquez, Domingo Ravenet, así como el escultor Juan J. Sicre, hacen despegar el arte moderno de la isla.

Desde antes, los escritores habían marcado su propia pauta con Gertrudis Gómez de Avellaneda y José Martí entre los primeros con relieve internacional, desde el siglo XIX. En 1948 se estrena en La Habana Electra Garrigó, de Virgilio Piñera, y con este acontecimiento nace el teatro cubano moderno, dos años antes de que el franco-rumano Eugenio Ionesco estrenara en París La soprano calva para dar a luz los gérmenes del teatro vanguardista del absurdo.

En 1921, el cubano José Raúl Capablanca sorprendió al mundo al ganar el campeonato mundial de ajedrez frente a un mito viviente, el alemán Emanuel Lasker.

La televisión, un invento extraordinario, inauguró sus transmisiones en Cuba en 1951, mientras que muchos países hoy desarrollados no tuvieron a su disposición ese formidable medio de comunicación hasta avanzada la década de los 60.

Ni qué decir de la música cubana a lo largo del siglo XX -la popular y la culta-, que ha paseado sus notas por los más grandes escenarios del mundo.

La legendaria empresa Bacardí, la textilera de Ariguanabo, las industrias azucarera, tabacalera, ganadera y cafetalera, eran ejemplos de un mundo empresarial pujante. El nombramiento en 1981 de Roberto Goizueta como presidente y director ejecutivo de la Coca-Cola, símbolo del universo corporativo norteamericano, pareció ser la consagración del empresariado cubano, inclusive fuera de su propia tierra.

En política, sin embargo, la experiencia no ha sido la misma.

El Talón de Aquiles

Desde el momento en que se izó la bandera nacional en una Cuba independiente del dominio español, inclusive durante las dos guerras de independencia cubanas, comenzó una estela de fracasos políticos que no ha cesado hasta nuestros días.

Algunos atribuyen esto a que el cubano antepone la pasión al raciocinio en política, tal vez por esa mezcla tan afortunada para otras cosas de los temperamentos negro y español. Otros hablan de la tradición de caudillismo que se heredó de España, algo injusto porque los españoles han vivido una democracia ejemplar desde la muerte de Francisco Franco en 1975, con su armoniosa monarquía parlamentaria, como parte del primer mundo.

La realidad es que los gobiernos que precedieron en Cuba a la dictadura del general Gerardo Machado, han sido acusados por casi todas las corrientes políticas cubanas, como mínimo, de "chambelonescos". El propio machadato, que inauguró la era de las dictaduras en 1929, también fue acusado de numerosas irregularidades administrativas. El breve lapso que va de su caída en 1933 a la Constitución de 1940 es también poco elogiable, con excepción del gobierno revolucionario de los 100 días y las negociaciones con Estados Unidos que culminaron con la derogación de la Enmienda Platt, en mayo de1934.

La Constitución del 40 es posiblemente el paso más maduro y serio que haya dado la política cubana en toda su historia, pero para colmo de males, en los 12 años que estuvo en vigor antes del golpe de Fulgencio Batista en 1952, fue un texto con grandes deseos de convertirse en realidad. ¿Que todos los políticos durante estos períodos fueron corruptos e ineficientes? Decir esto sería una falsedad histórica. Hubo hombres y mujeres honorables que hicieron cosas importantes mientras estuvieron en el tren de la política y en la administración pública, y otros que terminaron en la cárcel o fueron asesinados por su vocación democrática.

¿Que hubo renglones en cuanto a los niveles de vida con los que Cuba asombró al mundo? Sí, los hubo y están documentados en los archivos de importantes organismos internacionales, pero se lograron por el esfuerzo y la tenacidad de todos los sectores de la nación.

Los Jinetes del Apocalipsis

Hay tres figuras que simbolizan el fracaso de la política cubana. Las razones que llevaron al poder a estos hombres son similares y podrían explicar hasta cierto punto la naturaleza fallida de los experimentos políticos que ha sufrido Cuba. Estos personajes son Machado, Batista y Fidel Castro.

El primero era un héroe de la Guerra de Independencia, que trabajó hombro con hombro con los próceres de la patria; el segundo encabezó en 1933 una revolución que destronó a la casta militar cubana y se unió a los sectores progresistas de la sociedad que se habían opuesto a Machado; el tercero fue el líder de una revolución popular que derrocó a Batista y que se proponía restablecer la Constitución de 1940 para cumplir las metas de democracia y justicia social contenidas en aquel documento histórico.

Tan pronto tomó el pulso a sus éxitos, entre los que estaba la importante cubanización de la economía nacional, Machado convenció al Congreso de que aprobara una prórroga de poderes que le permitiera permanecer más tiempo al frente del gobierno. Con ello se produjo la primera violación significativa de la Constitución de 1901 y se abrió una sangrienta etapa revolucionaria.

Aclamado por las masas y por el ejército, Batista comprendió que para abrirse paso en la política tenía que eliminar a sus competidores, casi todos mejor preparados que él, y para hacerlo truncó la revolución de 1933 y se convirtió en "el hombre fuerte" de Cuba.

De joven abogado y activista sin reconocimiento, Castro, al igual que Adolfo Hitler, se hizo popular con un frustrado asalto militar que le costó ir a la cárcel. Con la huída de Batista y luego de dos años en las montañas, llegó a La Habana en enero de 1959 convertido en una leyenda que transformaría a Cuba en un paraíso de libertades. Nadie sabía a ciencia cierta si estaba preparado para ello, con sólo 33 años de edad y sin experiencia alguna en su propia profesión. ¿Sabía de economía? ¿Sabía de administración pública? ¿Era sincero cuando defendía libertades y derechos? Aceptarlo fue un acto de fe, un infantilismo nacional.

Desde antes de iniciar su lucha revolucionaria, Castro ya sabía que la democracia no era su trampolín a la gloria. De inmediato desarticuló un gobierno revolucionario provisional, integrado por respetadísimas figuras, se autoproclamó primer ministro, se vinculó a la Unión Soviética, protagonista de la Guerra Fría frente a Estados Unidos, y rebautizó la revolución de 1959 como revolución marxista-leninista. Fiel a los principios de esa etiqueta, canceló todas las libertades universalmente aceptadas, abrió escuelas, fusiló y encarceló adversarios, inauguró policlínicos e hizo una larga carrera en materia de fomentar revoluciones y movimientos armados en casi todo el mundo en vías de desarrollo, con apoyo soviético. Si la Cuba anterior a 1959 estuvo demasiado atada a Estados Unidos, la de Castro se mantuvo totalmente entregada a la Unión Soviética, con la enorme desventaja de que Moscú nunca pudo dar ni a sus propios ciudadanos la calidad de vida que Washington dio a los suyos. Ni qué hablar de libertades y derechos.

De los tres, Castro ha sido el más inteligente, el más carismático, el de mayor capacidad conspirativa y el que ha tenido mayor influencia mundial. También ha sido el más represivo de los tres y el más deficiente en administración pública. Es el gobernante vivo que más años ha estado en el poder, más de medio siglo. Atribuye a su revolución -todavía llama de esta manera a su gobierno- grandes avances en el desarrollo de la educación y la salud públicas, pero nunca se ha arriesgado a abrir un espacio a sus opositores ni en la prensa oficialista, única del país, ni en las urnas. Desde su llegada al poder, Cuba pasó de ser un país de inmigrantes a un país de emigrantes, y alrededor del 20% de la población cubana vive en el extranjero a pesar de las muchas restricciones a la libertad de emigración. Curioso paraíso de justicia social del que los beneficiarios huyen inclusive poniendo en peligro sus vidas, rumbo al infierno.

Ciertos Principios

¿Por qué le ocurre esto a un país que ha jugado un papel tan sobresaliente en las ciencias, el arte, la literatura y otras tantas actividades para las que se requiere inteligencia y sabiduría? Un país con un talento natural para la administración de empresas, demostrado antes de la colectivización comunista y actualmente en amplios sectores del exilio cubano en Estados Unidos, España, Costa Rica y otros países. Algo demostrado inclusive dentro de Cuba hoy día, por los limitados sectores que actúan por cuenta propia como competencia, en muchos casos clandestina, de la industria de los servicios del propio gobierno cubano.

Hay ciertos principios básicos en el arte de gobernar que no sólo dependen de la conducta de los gobernantes, sino también de la de los gobernados. El primero de ellos es el sentido preciso de que el gobierno es un acto de servicio público, no de poder desmedido con duración ilimitada, sin rendición de cuentas. El segundo, e igualmente importante, es tener conciencia de que las naciones que han triunfado en el mundo consiguieron sus éxitos porque crearon instituciones y leyes que están por encima de los hombres.

Para las naciones exitosas en gobierno y economía, en ciencias e industrialización, en arte y cultura, no existen "hombres fuertes". Lo fuerte es el respeto a la ley, la vigencia de las instituciones, el talento y la preparación de los gobernantes para crear suficiente bienestar para sus pueblos.

Esa es la única razón por la que no hay golpes de estado ni revoluciones armadas en Australia, Canadá, Francia, Inglaterra, Alemania, España, Japón, Estados Unidos y otros muchos países.

En éstos, las revoluciones se hacen todos los días en los parlamentos, en las casas de gobierno, en los tribunales, en la gestión empresarial, en los medios de comunicación social, en los laboratorios de investigación científica, en el arte y la literatura. Esto ocurre porque se cultiva el libre flujo de ideas en un marco de respeto, inclusive de ideas diametralmente opuestas. De ese encontronazo de ideas nacen las soluciones a los problemas y se enriquece el camino del desarrollo.

Esta visión no ha sido la de gran parte de los cubanos ni cuando libraban sus guerras de independencia. Tal vez por ello, entre otras razones, Cuba fue el último país de Hispanoamérica en independizarse de España, cuando en realidad fue el primero que pisó Cristóbal Colón. También será el último país, por lo menos no asiático, en salir del marxismo-leninismo hacia a la democracia.

El dramaturgo alemán Bertolt Brecht puso en boca de uno de sus personajes, Galileo Galilei, sacado de la historia, una frase inmortal: "Desgraciados los pueblos que necesitan de héroes".

Es una expresión que parece estar dedicada a Cuba, a casi toda América Latina. Cada vez que surge un problema nacional, aparece un héroe nacional que es vitoreado y tolerado. Por lo general, ese héroe no cumple su tarea y se retira del escenario político, desinteresadamente. Se queda y pasa una factura impagable. La de permanecer en el poder hasta que se pueda, hasta que la muerte nos separe, si fuese posible.

Hay otra noción política muy práctica que aplican las naciones desarrolladas. Los gobernantes deben tener una calificación mínima para gobernar. La demagogia en el mundo desarrollado, tiene poco espacio. El pueblo quiere hechos, no palabras. Si no hay hechos, habrá un voto de castigo en la próxima elección. Y se necesita llegar al poder después de haber demostrado ciertas cualidades en cargos públicos inferiores a la presidencia o en actividades afines. El conocimiento y la experiencia cuentan.

El ejercicio del gobierno desgasta a los gobernantes. Esta es la razón por la que los dictadores que han estado muchos años en el poder, al morir, retirarse o ser derrocados, dejan sociedades con grandes represiones, odios y ansiedades, y en muchos casos naciones sumidas en la pobreza y la desesperanza.

En las naciones desarrolladas tampoco hay espacio para el paternalismo. El gobernante no es el padre de la nación, es su empleado. Es un funcionario que tiene como jefe a toda la nación, y no al revés. Por eso se le obliga a rendir cuentas claras de lo que hace. El gobernante tiene que regirse por la ley, no puede violarla ni interpretarla a su imagen y semejanza. Tampoco le está permitido confundir los intereses del país con los suyos propios ni con los de sus compadres. El gobierno es la institución en la que la sociedad ha depositado su confianza para que, con eficiencia y capacidad de conciliación, administre sus bienes y represente sus intereses.

El hecho de que la nación cubana no aplicara, no sintiera como propios casi todos estos principios desde 1902 hasta la fecha, produjo la Cuba que conocemos hoy. La que hemos conocido. La ausencia de estos principios condujo al compadrazgo y a la corrupción, a la prórroga de poderes de 1929, a las consecuencias del 4 de septiembre de 1933, al golpe de estado de 1952 y a la rápida transformación de la revolución popular de 1959 en una dictadura de izquierda, la más larga e inútil que haya conocido el continente americano, hecho probado por la decisión de muchos cubanos de desertar en los países más empobrecidos de América, de Africa y de Europa oriental.

Es importante admitir que esto ocurrió a pesar de que Cuba produjo una cantidad notable de pensadores que habían sentado todo un ideario, en el que debió fundarse la nación. Félix Varela, José Antonio Saco, José de la Luz y Caballero y el monumental José Martí inundaron las áreas del pensamiento político, la filosofía y otros muchos campos. Sus consejos y preceptos, en el mejor de los casos, se convirtieron apenas en oraciones recitadas de memoria, cuando no tergiversados.

No importa que Fidel Castro muera mañana o sea derrocado. Si estos principios de funcionamiento de la sociedad no se integran a los genes de la nación cubana, jamás asistiremos al espectáculo maravilloso de una Cuba desarrollada.

Esta es la lección que deja para todos los cubanos este primer siglo de gobierno propio, Estados Unidos y la Unión Soviética aparte. Un siglo lleno de éxitos en todo lo que no sea política. Exitos doblemente maravillosos porque se consiguieron a pesar de los políticos.

Hay que reflexionar sobre ello con ecuanimidad, con seriedad y con responsabilidad porque la política rige casi todas las demás actividades de la sociedad. De otra manera, la catástrofe acechará a cada minuto, afilando con celo sus garras de oportunismo, demagogia y crueldad.

© Contacto Magazine

Publicado el 27 de octubre de 2001 en ContactoMagazine.com como parte del proyecto Cuba 100 años después, con motivo del centenario de la inauguración de la República de Cuba, hecho ocurrido el 20 de mayo de 1902. Hernández Cuéllar es director y editor de Contacto Magazine, revista latinoamericana que fundó en Los Angeles, en julio de 1994.

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