Se Aprueba la Enmienda Platt

(Se Aprueba la Enmienda Platt es el capítulo 17 del libro "A la ingerencia externa, la virtud doméstica - Biografía de Manuel Márquez Sterling" (Ediciones Universal, 1986). En este capítulo el autor narra cómo ocurrieron los hechos respecto a la aprobación de la enmienda, la cual limitaba la soberanía cubana. Estados Unidos estaba dispuesto a conceder la independencia a Cuba siempre que ese texto se incluyera en la Constitución de 1901. Fue objeto de debates en la Asamblea Constituyente, formada por importantes figuras independentistas cubanas. La Enmienda Platt permitía a Estados Unidos intervenir militarmente en la isla, entre otros derechos. Fue finalmente derogada en 1934. El principal negociador de la derogación fue justamente Manuel Márquez Sterling, padre del autor. El autor, siguiendo la carrera de servicio público de su padre, fue presidente de la Asamblea Constituyente que redactó y aprobó la Constitución cubana de 1940).

El 7 de mayo de 1901, la comisión se presentó en la Asamblea y Méndez Capote dio lectura a un largo informe. Presidía, don Salvador Cisneros Betancourt. Parecía, hierático en su asiento, la estatua de un silgo de heroísmos. Terminada la lectura, Juan Gualberto pidió la palabra y propuso que las sesiones fueran públicas.

Se abrieron las tribunas. En una silla de primera fila, del palco de la prensa, se encontraba Márquez Sterling, iluminado por los rayos de su inteligencia y de su amor a Cuba, cuyas crónicas, desde Washington, le habían conquistado una gran popularidad.

En cuanto se generalizó el debate se advirtió que la resistencia de muchos convencionales se había cuarteado y que el pesimismo había hecho presa en muchos de aquellos patriotas, que aun siendo opuestos a la Enmienda, juzgaban que de no aprobarse, la inauguración de la República corría peligro.

Ese pesimismo coincidía con el de las clases adineradas, más atentas a la seguridad de sus capitales que a la soberanía de la futura República, secundadas, además, por una pléyade de condes, duques y marqueses, de la época de la colonia que, con muy pocas excepciones, habían combatido la independencia, y vaticinaban el fracaso de la República, que seguramente desaparecería en manos del coloso del norte.

A pesar de todo, la oposición a la Enmienda era más fuerte que el rezago amargado de la colonia. Wood juzgó mal a los patriotas. Creía que solamente perseguían el usufructo de la República burocrática y que iban a ceder fácilmente. Cuando encontró gran resistencia, apretó las tuercas del gobierno. Ordenó detenciones. Pretendió censurar algunos periódicos. Márquez Sterling fue preso. Gonzalo de Quesada, a quien el gobernador estimaba mucho, consiguió su libertad, y conversó largamente con él. De esta conversación surgió una rectificación afortunada. Latente aún en el corazón de los cubanos, el espíritu de la Revolución, testimonio vivo los libertadores, de un pasado glorioso, que no se había olvidado, Wood temió un alzamiento, que aún dominado hubiera manchado de sangre aquel proceso, poniendo de manifiesto ante el mundo entero las corrientes imperialistas que caracterizaban la política de la Casa Blanca. Se oyeron en plazas y calles algunos gritos de protesta.

Serenados los ánimos, y decidido Wood a poner en práctica procedimientos políticos, la discusión del informe de la comisión se encauzó con garantías, y adquirió a los ojos del país, la importancia que obligaba a considerarlo dentro de las posibilidades de la República, puesto que de la legitimidad de la nación nadie dudaba.

Sanguily: ¿El informe es favorable a la Enmienda?

Méndez Capote: Es simplemente informativo.

González Llorente: Señores, yo considero que la Enmienda Platt es inmutable.

Sanguily: Y si la recházaramos...

González Lorente; Yo creo que las consecuencias serían desastrosas para Cuba...

En sesiones sucesivas, la Asamblea, en un informe redactado por la comisión de Relaciones Exteriores, establecía la interpretación de las bases o artículos tercero y quinto, relativas al derecho de intervención. Dejaba en pie lo fundamental, pero resultaba menos humillante a Cuba.

Juan Gualberto, en un gran discurso impugnó toda la enmienda.

Márquez Sterling, en El Mundo la combatió, "Lo grave de la Enmienda -decía- no es la forma sino el fondo".

Al día siguiente se tomó la votación y arrojó el siguiente resultado: En favor del dictamen: Berriel, Betancourt, Giberga, José Miguel Gómez, González Llorente, Méndez Capote, Monteagudo, Morúa Delgado, Emilio Núñez, Quílez, Quesada, Alejandro Rodríguez, Sanguily, Diego Tamayo y Villuendas. Total, 15.

En contra: Alemán, Cisneros, Fernández de Castro, Ferrer, Fortún, Gener, Juan Gualberto Gómez, Lacret, Manduley, Rafael Portuondo, José Luis Robau, Eudaldo Tamayo y Alfredo Zayas. Total, 14. Había triunfado la Enmienda.

Después, el presidente Méndez Capote anunció la lectura de una carta de Bravo Correoso. Exponía éste que hallándose impedido de asistir a la sesión hacía constar su voto en contra de la Enmienda. Salida poco airosa en la que nadie creyó. Como tampoco, en la alegada imposibilidad de concurrir a la sesión del general Rius Rivera, que también estaba contra aquella imposición.

Abandonaron sus asientos los delegados y se aproximaron unos a otros. Márquez Sterling, con el derecho que le daba el haber formado parte de la comisión a Washington se internó en el salón de sesiones. Estaba consternado. El público aplaudía a los que habían votado en contra. El general Lacret, exclamó en voz alta: "Tres fechas tiene Cuba. El 10 de octubre aprendimos a morir por la patria. El 24 de febrero aprendimos a matar por la independencia. Hoy, 28 de mayo de 1901 hemos esclavizado a nuestro pueblo con férreas y gruesas cadenas".

El presidente McKinley, al conocer el acuerdo interpretativo de la Enmienda Platt, lo rechazó: "La Enmienda -dijo- hay que votarla tal como está aprobada por el Congreso. De lo contrario la ocupación de la Isla se prolongará indefinidamente". La Asamblea volvió sobre sus pasos y en una nueva sesión, llena de incidentes aprobó la imposición de Washington. Esta vez por 16 votos contra 11.

¿Pudo la Constituyente de 1901 haber evitado la Enmienda Platt? Juan Gualberto Gómez sostuvo siempre la afirmativa. En apoyo de su tesis recomendaba resistir, resistir, hasta el final. Más tarde, a guisa de comentario melancólico, añadía: unos meses después McKinley fue asesinado, y su sucesor, Teodoro Roosevelt, que no había sido partidario de aquella imposición, entraba en la Casa Blanca.

Márquez Sterling no salía de sus desconsuelos políticos. Un día, en medio de aquellos debates, le dijo a Juan Gualberto, su compañero inseparable, entonces: "La verdad, don Juan, a la convención le faltó el apoyo de un movimiento nacional de indignación...".

El 29 de mayo, fecha que andando los años, será muy grande en la existencia de Márquez Sterling, amaneció enfermo. Sentía la desesperación del patriota, que nada puede hacer, hundido en la soledad de su habitación, al ver vencida la causa moral de dos guerras emancipadoras, presas en las redes de aquella injusta pragmática. Allí, en su cuarto del Hotel Pasaje, escribe un largo trabajo para El Mundo y analiza la derrota de los libertadores. Días después, más repuesto, formuló un juramento político. Dedicaría su vida a combatir la Enmienda Platt. En su habitación, "embalsamado de medicinas antiasmáticas, ratifica, en su espíritu, el juramento de combatir sin descanso, el apéndice constitucional que los Estados Unidos, sin necesidad, habían añadido al resultado heroico de la Revolución de 1895".*

* "Manuel Márquez Sterling, escritor y ciudadano", por René Lufríu.

Publicado el 27 de octubre de 2001 en CONTACTO Magazine


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