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  Y Después de Elián, ¿Qué
Hará la Oposición Cubana?

Por JESUS HERNANDEZ CUELLAR

Impedir el regreso de Elián González a Cuba es ya un tema del pasado. El balserito cubano, de sonrisa abierta, mirada tierna y alma atormentada por tragedias tempranas, está del otro lado del Estrecho de la Florida.

Fue devuelto a Cuba apenas 24 horas después de que la Cámara de Representantes aprobara suavizar el embargo norteamericano a Fidel Castro con la venta de alimentos y medicinas.

El mismo día que Elián pisó territorio cubano, el régimen de la isla anunció que su confrontación con Estados Unidos y la oposición anticastrista no había concluido. Que se prepara para librar otra batalla, esta vez contra la Ley de Ajuste Cubano.

Todo esto ocurre en un momento en que ciertos sectores conservadores de Estados Unidos han hecho causa común con los sectores liberales, en el propósito de normalizar las relaciones entre Washington y La Habana. Los primeros están más interesados en los ingresos que se podrían obtener al hacer negocios con el gobierno de Castro. Los segundos, simplemente, han tenido el tema en su agenda desde siempre. Después de todo, el caudillo cubano es uno de los suyos.

Lo que hará la oposición cubana ante este cuadro político sin precedente en los 42 años de castrismo, es algo que pocos conocen. Y si no se conoce es porque tal vez no hay una fórmula práctica a mano, frente a intereses tan poderosos, en un contexto tan confuso y nuevo para los líderes de la oposición.

Lo que hay delante de quienes se empeñan en producir una Cuba democrática con libertades y derechos, es un tablero de ajedrez, de un ajedrez político fino, sofisticado, desafiante.

Llega esta situación, por otra parte, cuando cada vez más cubanos exiliados sienten que la actitud de la oposición ha sido defenderse de los ataques de Castro, en lugar de llevar la ofensiva. Porque se supone que las dictaduras, por su naturaleza de victimarias, tienen más puntos débiles que los luchadores por la democracia. Estos últimos son y han sido las víctimas.

En noviembre de 1999, cuando Elián fue rescatado del mar, Fidel Castro estaba desplomado. Pero como el diablo sabe más por viejo que por diablo, la tragedia de Elián fue su tabla de salvación. Jefes de estado, cancilleres, funcionarios gubernamentales y periodistas de todo el mundo, ignoraron al dictador cubano durante la IX Cumbre Iberoamericana de La Habana, que concluyó pocos días antes del naufragio de Elián.

Se ocuparon más bien de reunirse con la oposición interna y divulgar a nivel internacional sus puntos de vista. El sueño de Castro de condenar la globalización en el documento final de la IX Cumbre fue destrozado por líderes iberoamericanos comprometidos con la democracia y la modernidad.

La demanda judicial de la oposición exiliada por el derribo en 1996 de la avionetas de Hermanos al Rescate, desalentó a Castro en su propósito de viajar a la reunión de la Organización Mundial de Comercio, en Seattle, Estados Unidos, y a la toma de posesión del presidente argentino Fernando de la Rúa, en 1999. Confesó a un congresista norteamericano, por escrito, que no quería verse retenido por la fuerza. Estaba acorralado.

El cuadro se presentaba idóneo para lanzar una aplastante ofensiva en materia de los puntos supuestamente prioritarios para la democratización de Cuba, cuando un elemento emocional, importante sin dudas pero difícil, la batalla por Elián González, colocó a la oposición anticastrista exiliada a la defensiva. Y a la oposición interna, desprotegida. Fue como retirarse de todas las posiciones ganadas en el campo de batalla para atender al hijo enfermo.

Ahora que el reto es colosal, la oposición parece no tener otra alternativa, en materia de ofensivas, que tratar de forzar el tablero hacia las posiciones que tenía en noviembre de 1999. Pero el escenario no es el mismo.

Miami es el centro neurálgico de la oposición que vive fuera de Cuba. Esto ha sido bueno y ha sido malo. Bueno, por la capacidad de cohesión y el aliento de lucha que implica la vida en comunidad. Malo, por el hecho de que muchos argumentos y jugadas estratégicas a veces permanecen girando en un círculo cerrado.

Para que el tablero ocupe las posiciones que tenía en noviembre de 1999, es necesario que las campañas por la democracia, de condena a las violaciones diarias de los derechos humanos, por la recordación de las masacres del remolcador "13 de Marzo" y de las avionetas de Hermanos al Rescate, se desplacen más allá de las fronteras de Miami y, posiblemente, lleguen a las páginas de los grandes diarios norteamericanos en calidad de anuncios pagados, si se cree que la sensibilidad periodística de este país no las reflejaría por voluntad propia.

Es necesario romper el dogma de que los norteamericanos están obligados a saber la tragedia que ha vivido Cuba durante los últimos 42 años. ¿Acaso saben todos los cubanos la tragedia que ha vivido Colombia desde hace medio siglo? ¿Las que viven el Medio Oriente y Europa central, la India y el Africa sudoccidental?

No hay que olvidar que esta batalla se libra, al menos en este lado del Estrecho de la Florida, en una nación que hizo reflexionar al científico alemán Wernher Von Braun, uno de los autores del proyecto espacial Apollo, de la siguiente manera: "No sé cómo va a enfrentar sus desafíos un país que admira más a un jugador de beisbol que a uno de sus científicos".

No hay que engañarse, mientras Castro ha estado haciendo de las suyas en Cuba, el norteamericano promedio que conforma la opinión pública de este país y emite el voto nacional, ha estado detrás de las pantallas de televisión inmerso en cualquier tema menos el de Cuba, una maravillosa nación doblegada que parece ser importante sólo para los cubanos y, un poco, para los turistas.

Si así han sido las cosas, es comprensible que ese norteamericano promedio crea que dos países deban tener relaciones normales, y que un niño deba estar con su padre, en el pueblo en que nació.

Pero no es saludable ver a un enemigo donde hay un indiferente. Lo trágico sería - y ha ocurrido - convertirlo en enemigo con actitudes irracionales, y lo lógico será transformarlo en aliado con una conducta inteligente.

Así trabaja el propio Castro, quien desde hace cuatro largas décadas emprendió una interminable guerra de relaciones públicas internacionales en busca de legitimidad. Su gran obstáculo es que no ha podido esconder su voluntad dictatorial.

La oposición, sin embargo, está obligada a cada momento a ofrecer su rostro democrático. De otro modo, le estaría cediendo el tablero a su enemigo, porque, después de todo, se supone que la gente lucha contra un dictador para instaurar la democracia.

Esa es la prioridad. Y las prioridades son las obligaciones de los líderes.





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