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Cafe Impresso - Jesús Hernández Cuéllar

¿Para Qué Sirve una Revolución?

En enero de 2014, la conmemoración de los 55 años de la revolución cubana de 1959, será una buena ocasión para evaluar la utilidad de las revoluciones políticas, especialmente las radicales y violentas, que son diferentes a las revoluciones políticas emprendidas por la vía democrática seria, y muy diferentes a las revoluciones tecnológicas, a las científicas, a las revoluciones económicas o a las revoluciones artísticas y literarias.

Es importante hacer esa evaluación porque las revoluciones políticas, generalmente, provocan miles sino millones de muertos a favor y en contra de ellas, destruyen la economía de las naciones e impulsan cambios radicales en la sociedad. En muchos países en vías de desarrollo, los protagonistas de las revoluciones utilizan conceptos hermosos como la igualdad, la autodeterminación de los pueblos, la soberanía nacional, el desarrollo económico y la libertad, para ganar adeptos. De modo que en teoría, las revoluciones son portadoras de ideales por los que muchas personas han estado dispuestas a morir y, de hecho, han muerto.

El punto es saber si vale la pena someter a las naciones a ese sacrificio descomunal. La revolución mexicana de 1910 dejó un saldo de entre uno y dos millones de muertos. Se atribuye a la revolución comunista china de Mao Zedong la escalofriante cifra de no menos de 20 millones de muertos. Es por ello, que vale la pena recordar que fuera de la política, en las ciencias, los experimentos se hacen primero con animales.

En el caso cubano, la revolución se proclamó como una fórmula para derrocar al general Fulgencio Batista, que en marzo de 1952 había dado un golpe de estado al último presidente democrático cubano, Carlos Prío Socarrás. Con el derrocamiento del dictador, se restauraría la Constitución de 1940, muy progresista por cierto, que contenía todos los principios que ocho años más tarde, en diciembre de 1948, formarían parte de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de la ONU. Aquella revolución romántica y presuntamente democrática de 1959, fue respaldada por todos los sectores de la sociedad, inclusive por gran parte de la sólida comunidad empresarial cubana. Desde los primeros días, Fidel Castro, líder máximo del movimiento revolucionario, aclaró una y otra vez que no se trataba de una revolución comunista. Se vio obligado a explicarlo, por las medidas radicales de reforma agraria y justicia social proclamadas en los manifiestos del Movimiento 26 de Julio, el más fuerte de los que participaron en la revolución.

Muy poco después del triunfo revolucionario, Castro cambió su discurso, nunca hizo elecciones democráticas en los 18 meses que siguieron a la caída de Batista, como había prometido, se autonombró primer ministro, se enemistó con Estados Unidos y estableció sólidos lazos políticos, económicos y militares con la Unión Soviética, en medio de la Guerra Fría.

Hacia finales de 1961, Castro proclamó sus principios marxista-leninistas abiertamente, y juró que sería un marxista-leninista hasta el último día de su vida. A partir de tales principios, Castro, ya convertido en la revolución misma, en la Patria y en el socialismo, se propuso sustituir a la clase rica y a la clase media, ya muy desmembradas, por una presunta nueva clase única, de obreros y campesinos, dueña del poder político, sin desempleo, sin corrupción, sin desigualdades, en un país soberano y libre.

Consecuente con los principios marxistas, la revolución cubana se hizo propietaria de todo y se convirtió en patrona de todos los trabajadores cubanos. En el verano de 1960 había expropiado todos los capitales estadounidenses y los grandes capitales cubanos, y se había adueñado de todos los medios de comunicación social. En 1961, con el peso cubano a la par del dólar desde finales de los años 40, hizo un cambio de moneda que dio el tiro de gracia al valor del peso, para siempre. En marzo de 1968, se hizo dueña de todos los pequeños negocios que aún sobrevivían en Cuba. El resultado de este experimento fue un desplome total de la economía y el nacimiento de un nuevo orden de clases sociales. Durante los últimos 50 años, Cuba ha tenido una clase dominante, una clase media y una clase obrera. Las clases sociales cubanas, como en el antiguo bloque de países comunistas de Europa, no han estado determinadas por su poder económico, sino por su lealtad política a Fidel Castro y al Partido Comunista. Esa lealtad ha permitido a la clase dominante recibir algunos privilegios, entre ellos cierto grado de poder político, bienes materiales e impunidad ante la ley. La clase media está formada por profesionales y por directores de empresas estatales, estos últimos equivalentes a los pequeños comerciantes de la era capitalista. La clase obrera fue el espacio destinado a aquellos que no estudiaron o que fueron expulsados de los centros de estudio por razones políticas. Por otra parte, las clases sociales, con excepción de la obrera, son mucho más pequeñas que las de la Cuba anterior a 1959. Son más bien élites de poder y privilegios, que pueden cambiar, de acuerdo con los vientos políticos y los caprichos de los altos dirigentes.

Personalmente, el comandante Ernesto "Che" Guevara se encargó de explicarle al arquitecto cubano Nicolás Quintana, uno de los más prominentes del país en la década de los 50, que por haber nacido en cuna de plata, su destino en la Cuba revolucionaria era el paredón de fusilamiento, la cárcel o el exilio político. Quintana optó por el exilio. Miles fueron a los paredones, decenas de miles a la cárceles. Más del 20 por ciento de la población de Cuba vive fuera del país, mayormente como exiliados, a pesar de que el régimen revolucionario ha impuesto durante décadas fuertes restricciones a la libertad de emigración.

Cifras oficiales recientes indican que el salario promedio en Cuba hoy día es de aproximadamente 400 pesos cubanos, equivalentes sólo dentro de la isla, a unos 20 dólares. Es decir, la sociedad cubana vive con menos de un dólar al día, que es un fundamento de la ONU para explicar quién vive sumido en la pobreza. Esto quiere decir que la igualdad generada por la revolución cubana es la igualdad de la pobreza. Fuera de Cuba, el peso cubano no tiene valor alguno.

En materia de autodeterminación, la realidad es clara. Los cubanos acudieron a las urnas para elegir su destino, de manera democrática con una serie alternativas políticas serias a mano, por última vez, en 1948. Hace más de 60 años. Las actuales elecciones populares de partido único, son similares a las que se implementaban en los países comunistas de Europa, y sólo sirven para ratificar la voluntad del Partido Comunista, único legal, y muy especialmente la voluntad de Fidel Castro.

La soberanía nacional cubana, otro principio proclamado por muchos líderes de revoluciones violentas, quedó en manos del imperio soviético durante 30 largos años, entre 1960 y 1990. En aquel período, para que Castro, que es la revolución real, pudiese permanecer en el poder tantos años, Cuba tuvo que combatir en dos cruentas guerras en Africa, una en Angola y otra en Etiopía, a lo largo de las décadas de los 70 y 80. Fue el Vietnam cubano. En todos los foros internacionales, Cuba tuvo que cumplir el triste papel de lacayo de los intereses soviéticos, en ocasiones de la manera más ridícula. Castro emprendió una verdadera cruzada dentro del Movimiento de Países No Alineados para hacer girar a ese grupo hacia la órbita soviética. Muchos líderes mundiales le respondieron directa y públicamente, que no estaban interesados en socializar la pobreza. Ahora, lejos del derrumbe del imperio soviético, Cuba ha vivido a merced de los delirios políticos de Hugo Chávez, quien se convirtió en el nuevo patrocinador de la revolución cubana, ante la imposibilidad del régimen caribeño de crear prosperidad, por sí mismo.

Pero el respeto por la autodeterminación y por la soberanía no sólo es sobre las propias, sino también sobre las ajenas. A principios de los 90, en Brasil, Fidel Castro confesó que Cuba había intervenido en apoyo a los movimientos guerrilleros comunistas que se habían desplegado en toda América Latina durante las décadas de los 60, 70 y 80, con la sola excepción de México. En realidad fue más que un apoyo. Muchas de esas guerrillas se entrenaron directamente en Cuba, y fueron armadas y financiadas por el gobierno cubano, con el fin de imponer regímenes comunistas como el cubano, en todo el continente.

El embargo norteamericano a Cuba, implementado hace casi 50 años, ha jugado sin dudas un rol negativo en la economía de la isla. Pero como dijo el ex presidente norteamericano Jimmy Carter en 2002, ante Castro, en la Universidad de La Habana, Cuba tiene relaciones comerciales con otras 180 naciones en las que podría comprar lo que necesita a precios más baratos que en Estados Unidos. Y, además, en Estados Unidos es precisamente donde Cuba compra hoy día la mayoría de los alimentos y medicinas que necesita, a pesar del embargo.

Castro y sus ministros exponen constantemente que la revolución ha obtenido logros extraordinarios en materia de educación y salud públicas, que dicho sea de paso, eran servicios de muy buena calidad y gratuitos una enorme cantidad de ellos antes de 1959. La realidad es que Costa Rica y Chile, México y Argentina también tienen educación y salud públicas gratuitas, y no han necesitado imponer dictaduras de 50 años para lograrlo. Ni qué decir de Canadá y Suecia, de Australia y Gran Bretaña.

Es por eso, sin dudas, que vemos a cubanos que desertan en Mozambique, en México, en República Dominicana, en Canadá y en Paraguay, pero no vemos mozambiqueños, mexicanos, dominicanos, candienses o paraguayos, desertar en Cuba. Son de dominio público las historias de cubanos que mueren en las peligrosas aguas del Estrecho de la Florida y el golfo de México tratando de huir del "paraíso socialista", rumbo al "infierno".

Todos estos hechos definen las características de los logros de la revolución cubana en más de medio siglo, y explican si vale la pena o no emprender revoluciones violentas en nombre de la libertad, la igualdad, la justicia social, la soberanía y la autodeterminación de los pueblos. ¿Gato por liebre? Algunos sádicos aseguran que Estados Unidos nunca ha invadido militarmente a la Cuba de los hermanos Fidel y Raúl Castro, precisamente, para que permanezca ahí, con su retórica antimperialista, como un triste museo del fracaso.

(Hernández Cuéllar es director y editor de Contacto Magazine, revista que fundó en julio de 1994 en Los Angeles, California. Desde 1981 ha trabajado en todo tipo de medios: agencias de prensa, diarios, radio, televisión, semanarios, internet, revistas y redes sociales. Fue redactor de la agencia EFE en Cuba, Costa Rica y Estados Unidos, así como editor metropolitano del diario La Opinión de Los Angeles, California, e instructor de periodismo de la Universidad de California en Los Angeles, UCLA --- Biografía)

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