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Indigentes en La Habana


La Habana, Cuba
CubaNet News

Rigoberto Pérez vive en la caseta de la parada de ómnibus de la calle 26, entre 51 y la rotonda de la Ciudad Deportiva. Rigoberto es negro, viejo, indigente, huele mal, y está loco. La gente pasa por su lado y lo elude. Es un caso más entre un grupo creciente de indigentes que pululan por la capital.

Rigoberto acumula basura y duerme sobre el banco de la caseta. Hace sus necesidades fisiológicas en la parte trasera de la parada. Come de los latones de desperdicios, o de lo que algún que otro transeúnte le brinda. Aunque enfermo de los nervios, no pasa por tonto; es un ser muy inteligente. Para variar su rutina recoge cabos de cigarrillos, los que se fuma cuando encuentra cómo prenderlos.

Frente a su morada hay una cafetería, de venta en divisas. Allí vive otro mendigo, un hombre relativamente joven, barbudo. Pide limosnas para sobrevivir, o disputa las sobras que dejan los comensales con otro vagabundo que suele dormir en el parqueo de un hospital cercano.

En la anterior parada de ómnibus permaneció tirado durante varias horas otro joven mendigo, hasta que fue conducido a un centro asistencial. Sufría un ataque de epilepsia y se encontraba en el suelo, con espuma y sangre en su boca. Nadie se había dignado a ayudarle, a pesar de que el cuerpo de guardia del hospital Clínico Quirúrgico se encuentra a 100 metros.

Las autoridades califican a estos individuos como reambulantes para no reconocer la existencia de desamparados en Cuba.

Se trata de seres humanos con diversas patologías siquiátricas que tienden a distorsionar enormemente la realidad y necesitan ser atendidos. Profesionalmente, no a base de electrochoques. Al menos merecen que sus condiciones de vida sean mejoradas de vez en cuando. Las diversas instituciones de salud mental no tienen establecida una política coherente para proporcionar tratamiento y seguimiento a estos hombres.

Según me dijo una doctora, médica de la familia, no los atienden porque muchos no están registrados en una zona específica. Nadie lleva cuenta de ellos. Las mismas autoridades del orden público evitan montarlos en los autos por el mal olor. Luego, para que un paciente sea aceptado en una institución siquiátrica del país precisa de un acompañante.

Esto es un absurdo, dado a que algunos no tienen familia y otros son expulsados de las viviendas por sus mismos familiares. Y en la mayoría de los casos no toleran a nadie y prefieren vagar por las calles. Sin contar con el mal estado en que se encuentran algunas de las salas y el escaso personal de salud.

Muchos de estos individuos proceden de provincias del interior de la Isla. Aunque una buena parte son oriundos de Ciudad de La Habana.

Algunos son peligrosos para ellos y el resto de la sociedad. No hace mucho, que uno de estos "reambulantes" se dedicaba a patear a las mujeres, a los motociclistas, ciclistas y a los autos. Un día, al golpear un auto, sufrió una seria fractura en una de sus piernas, por lo que tuvo que ser intervenido quirúrgicamente. Una vez recuperado siguió haciendo lo mismo.

Otros son simplemente geniales y pacíficos. Como Arsenio, que se dedicaba a colarse en las actividades del templo hebreo asquenazí, Bet Shalon, en el Vedado. Un loco sui generis. Para comer y divertirse acudía a una astucia sin par. No era judío, más bien de ascendencia gallega nada sefardita, por lo que me asombró verle con una kipac en la cabeza. Más tarde descubrí que la kipac de Arsenio no era otra cosa que la copa de un ajustador negro, de talla grande, con los extremos cortados y sujetada con una hebilla de pelo.

Pero cuidado. Hay que diferenciar a los enajenados mentales de aquellos individuos que han convertido la mendicidad en un negocio. Me refiero a los que se pelean por un puesto a la salida de la catedral, la calle Obispo y otros lugares claves. Estos últimos suelen ser hábiles estafadores y logran ganar en un día sumas considerables. Hasta 200 CUC. O peor, confundirlos con los denominados buzos, que buscan materia prima o elementos reciclables en los latones de basura con fines económicos; en muchas oportunidades alentados por organismos estatales.

El gobierno, por otra parte, ha prohibido las donaciones que se recibían en muchas entidades religiosas que se dedican a la atención de estas personas. Comida, medicamentos, ropa, entre otros productos deficitarios. Tal es el caso de la organización católica Carita y algunas órdenes religiosas. Esto ha traído como resultado que la ayuda haya disminuido y se truncara la posibilidad de crear refugios y otros centros de atención directa.

Mientras, Rigoberto Pérez ha aguantado las últimas lluvias acostado en su banco, y tendrá que pasar el invierno sin abrigo ni alimentación suficiente.





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Indigente en Cuba

El indigente Rigoberto Pérez, frente a la Ciudad Deportiva de La Habana. (Foto:therealcuba.com)