

Música Vieja para el Hombre Nuevo
El amplio salón, totalmente colmado de público, se mantiene
a media luz. Sólo un rayo luminoso cae sobre el podio donde la figura
alta coronada de nieve, dirige hacia la audiencia la sonriente mirada azul,
un velo que oculta la nostalgia.
Cuenta los inicios de la música cubana, mezclando guitarras y bandurrias españolas con tambores africanos y agitando la explosiva fórmula durante cuatro siglos a través de los cuales fue sazonada con violines franceses huidos de Haití, laudes con aire de ópera italiana e instrumentos de viento y estructuras orquestales tomadas del jazz.
Un silencio profundo (inusual entre cubanos) reina en
el recinto mientras Armando López, conferencista, escritor, periodista, y promotor de
espectáculos, desgrana las palpitantes vibraciones del pentagrama
cubano; los nombres más prominentes de vocalistas, compositores, músicos,
orquestas, conjuntos.
López realiza un recorrido que incluye cada cabaret de La Habana y
de las playas cercanas, perfilando a cada artista, hubiera o no actuado en
ellos: de María Teresa Vera a Rolando Laserie, Felo Bergaza, Benny
More, Orlando Vallejo, Celia Cruz, Elena Burke, Olga Gillot, Bola de Nieve,
Celeste Mendoza y otros tantos.
El ritmo musical es la capacidad que tiene el hombre
de exteriorizar las palpitantes vibraciones de su ser interior. En Cuba,
una pléyade de
músicos extraordinarios llevó a cabo una ingente labor para
hacer de la música un delicioso y ordenado jardín por donde,
sin obstáculos, pudiera vagabundear la imaginación del pueblo
y de los turistas que visitaban La Habana.
Así, la música cubana constituía un surtido exhaustivo
de ritmos que, surgidos primariamente de la danza, se estilizaron espiritualmente
hasta convertirse en formulaciones abstractas de alcance universal.
"Con la revolución cubana, la producción de nuevos ritmos
bailables se agotó", opina López. "Las causas hay
que hallarlas en la revolución misma: el autobloqueo, la falta de
grabaciones y comercialización; pero sobre todo, el dogmatismo que
calificó el pasado como decadente; en la represión sistemática
que acabó con todo resto de espontaneiodad, de individualidad, de
bohemia, y pretendió crear el hombre químicamente puro: el
hombre nuevo".
El orador recuerda como en una sola tarde, el régimen retiró la
mayoría de las vitrolas de restaurantes, bodegas, pequeños
clubes, que habían aportado a La Habana parte de su fama de ser una
ciudad de inagotable alegría. Las montaron en camiones y desaparecieron.
"Fue la primera puñalada a la música cubana porque las
vitrolas constituían un muestreo del gusto musical, y para la industria,
un vehículo de retroalimentación".
En otro aciago día para la música, en 1968, el gobierno puso
en efecto la operación Ofensiva Revolucionaria: intervino de un tirón
cuanto cabaret quedaba, cerrándolos todos "a cal y canto".
"Daba grima ver a los músicos vagando como zombies. Esta vez
La Habana se fue apagando como gorriones bajo la lluvia".
El éxodo de compositores, cantantes, bailarinas, orquestas completas,
fue apocalíptico. Los que por distintas causas se quedaron estrujando
el agrio limón de cada día, fueron evaluados, no por la calidad
de sus interpretaciones, sino por su adhesión a la revolución.
Aquellos que por una u otra razón no pudieron tomar el camino del
exilio, fueron exilados en su propia tierra, o forzados a usar la música
como "un arma de la revolución".
"La ingenua pedagogía creía que la cultura se podía
imponer por decreto. El día que la sinfónica se presentó en
Pinar del Río, metieron a los obreros en camiones y los llevaron a
la fuerza al estadio mientras por las calles, un camion de la radio local
arengaba: todos al estadio, a bailar y a gozar con la Sinfónica nacional",
comenta jocosamente López.
La destrucción de la música cubana, de los lugares donde tradicionalmente
se bailaba (clubes, cabarets, etc.) fueron cerrados o convertidos en almacenes
de piezas para tractores. En la radio, el bolero fue prohibido por pesimista,
la rumba por enervante, la guaracha y el son por decadentes, el rock y el
jazz por ser música del enemigo. Todo estaba ya bajo el control del
estado. Incluyendo el famoso cabaret Tropicana, que sobrevivió por
puro milagro.
De sus viajes por el extranjero, el Comandante en Jefe vio la oportunidad
política de introducir instrumentos ajenos a la cultura cubana y se
autorizó a ciertos cantantes a interpretar alguna música extranjera.
Surgieron grupos como los Van-Van e Irakere.
Acontecimientos políticos fueron abriendo poco a poco las puertas
a la vieja música cubana, y los músicos a obtener contratos
en el extranjero y, los que pudieron, a huir.
El son, la guaracha, la rumba, se abrieron paso por el mundo. Un periodista
español escribió algo así como que "Cuba es la
reserva musical del planeta".
"El hombre nuevo" vuelve a popularizar la música vieja.
La conferencia, puntuada por videos, fotos y extractos
de películas,
había sido ofrecida ya en el Instituto Cervantes de Nueva York. En "José Martí Middle
School", en Union City, Nueva Jersey, obtuvo otro rotundo éxito:
conmovió profundamente a la amplia audiencia que supo valorar los
extensos conocimientos musicales de Armando López y, puesta de pie,
le premió con una prolongada ovasión.
(Durán es editora asociada de Contacto Magazine desde su inauguración en
julio de 1994. Fue durante 15 años editora del semanario Ahora, del diario
The Dispatch, en Union City, New Jersey. Ha sido entrevistada por The New
York Times, CNN y otros medios. Su columna Una Vocecita se publica desde
hace casi 30 años en varios periódicos de Estados Unidos).
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