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El
Flagelo del Populismo en América Latina
Más Pobreza y Corrupción
Por JESUS HERNANDEZ CUELLAR
América Latina se esfuerza por salir adelante en muchas esferas,
pero no crece políticamente, y como no crece en esa actividad
tan importante para la sociedad, no se han podido resolver los graves
problemas de pobreza, falta de educación y desamparo social
en que viven grandes multitudes latinoamericanas.
La cadena británica de televisión BBC comisionó
a la empresa Gallup, una gigantesca encuesta mundial sobre diversos
temas, incluida la percepción que los ciudadanos tienen de
los políticos. El sondeo se desarrolló entre 50 mil
personas de 68 países. Se tomó el punto de vista de
la gente en 14 naciones de América Latina.
Esa encuesta revela que sólo el cuatro por ciento de los latinoamericanos
confía en sus políticos, frente al 13 por ciento en
países de otros continentes. El nueve por ciento confía
en sus líderes militares y policiales, es decir, más
que en los políticos. Y el 31 por ciento daría el poder
a los intelectuales, porcentaje mucho mayor pero igualmente pobre.
En cada instante de desespero económico y crisis política,
América Latina ha sufrido la presencia de un personaje arquetípico:
el salvador de la nación. Este especimen singular, por lo general,
es un experto en hacer promesas, en ofrecer soluciones, en secuestrar
las tribunas públicas y si es posible, las calles.
Al principio, hablaba en nombre de Dios, la familia y la patria, e
inmediatamente se convertía en dictador. Algunos todavía
lo hacen, aun cuando la dictadura ya no es una plataforma respetable.
En los últimos 50 años, a estos aspirantes a redentores
les ha parecido más práctico hablar en nombre del pueblo,
especialmente de los pobres. Defender la lucha contra la pobreza,
ponerse del lado de los humildes siempre ha sido un buen capital político,
porque desafortunadamente en el mundo hay más pobres que ricos.
Pero lo que cuenta en el ejercicio del gobierno no es la retórica,
ni la energía del verbo, ni las críticas a enemigos
poderosos, reales o imaginarios. Lo que cuenta es el resultado de
la gestión de gobierno.
Hace casi 100 años, América Latina fue testigo del triunfo
de una revolución agraria en México, que tuvo el trágico
saldo de un millón de muertos. Hace casi medio siglo, el continente
observó también la victoria de una revolución
popular en Cuba, convertida casi de inmediato en régimen comunista.
En 1979, un grupo de jóvenes derrocó al dictador nicaragüense
Anastasio Somoza, e hizo otra revolución cargada de promesas
sociales. Se hacían llamar sandinistas, tomando el nombre de
Augusto César Sandino. En todos los casos, los líderes
reivindicaban los derechos de los humildes. Muchas décadas
después, los campesinos mexicanos mueren deshidratados en los
áridos desiertos fronterizos, tratando de llegar a Estados
Unidos. Igualmente, los obreros y estudiantes cubanos se ahogan en
las peligrosas aguas del Estrecho de la Florida, en su afán
de huir del "paraíso socialista" que les construyó
Fidel Castro. Y en varias elecciones a lo largo de 16 años,
los sandinistas -Daniel Ortega- lograron regresar al poder mediante
las urnas, en la última, celebrada en 2005, después
de haber perdido en 1989.
El Caso Hugo Chávez
Más recientemente y por la vía democrática, Venezuela
tuvo una experiencia similar. El teniente coronel Hugo Chávez,
líder de un fallido intento golpista en 1992, fue elegido presidente
por abrumadora mayoría en 1998.
Chávez prometió erradicar la pobreza y la corrupción,
a través de una revolución popular que bautizó
con el nombre del héroe nacional de su país y de América
Latina, Simón Bolívar. Es decir, la llamó "revolución
bolivariana".
Es de notar que el populista nato moderno, jamás se atrevería
a hablar de política sin usar la palabra revolución.
En su gestión de gobierno, Chávez la emprendió
de inmediato contra Estados Unidos, se hizo aliado incondicional de
Castro, firmó acuerdos con personajes poco fiables como el
dictador libio Moamar Gadafi, el derrocado dictador iraquí
Saddam Hussein y los ayatolas que gobiernan Irán.
Los resultados políticos de Chávez desde que fue elegido
en 1998 son estos: según el Instituto Nacional de Estadísticas
de Venezuela, la pobreza en ese país aumentó de 43 por
ciento en 1999 a 54 por ciento en diciembre de 2004; la extrema pobreza
en el mismo período subió de 16.6 por ciento a 25 por
ciento.
Otro resultado: de acuerdo con la organización no gubernamental
Transparencia Internacional, en una lista de 146 países en
la que los más transparentes están arriba y los más
corruptos abajo, Venezuela aparece en el lugar número 114.
Por otra parte, el Indice de Desarrollo Humano que anualmente mide
la calidad de vida de los países, tenía a Venezuela
en el lugar 48 en 1999 y actualmente lo coloca en el lugar 75. Sin
comentarios.
Principios Básicos
Hay ciertos principios básicos en el arte de gobernar que deben
ser entendidos y respetados. El primero de ellos es el sentido preciso
de que el gobierno es un acto de servicio público, no de poder
desmedido con duración ilimitada, sin rendición de cuentas.
El segundo, e igualmente importante, es tener conciencia de que las
naciones que han triunfado en el mundo consiguieron sus éxitos
porque crearon instituciones y leyes que están por encima de
los hombres.
Para las naciones exitosas en gobierno y economía, en ciencias
e industrialización, en arte y cultura, no existen "hombres
fuertes". Lo fuerte es el respeto a la ley, la vigencia de las
instituciones, el talento y la preparación de los gobernantes
para crear suficiente bienestar para sus pueblos.
Esa es la única razón por la que no hay golpes de estado
ni revoluciones armadas en Australia, Canadá, Francia, Inglaterra,
Alemania, España, Japón, Estados Unidos y otros muchos
países.
En éstos, las revoluciones se hacen todos los días en
los parlamentos, en las casas de gobierno, en los tribunales, en la
gestión empresarial, en los medios de comunicación social,
en los laboratorios de investigación científica, en
el arte y la literatura. Esto ocurre porque se cultiva el libre flujo
de ideas en un marco de respeto, inclusive de ideas diametralmente
opuestas. De ese encontronazo de ideas nacen las soluciones a los
problemas y se enriquece el camino del desarrollo.
En las naciones desarrolladas tampoco hay espacio para el paternalismo.
El gobernante no es el padre de la nación, es su empleado.
Es un funcionario que tiene como jefe a toda la nación y no
al revés, aunque posea un alto grado de poder. Por eso se le
obliga a rendir cuentas claras de lo que hace. El gobernante tiene
que regirse por la ley, no puede violarla ni interpretarla a su imagen
y semejanza. Tampoco le está permitido confundir los intereses
del país con los suyos propios ni con los de sus compadres.
El gobierno es la institución en la que la sociedad ha depositado
su confianza para que, con eficiencia y capacidad de conciliación,
administre sus bienes y represente sus intereses.
Pero el populismo y la demagogia, se han coronado campeones de la
política latinoamericana, propinando una costosa derrota a
la transparencia y al desarrollo.
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