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Operación
Pedro Pan, 14 Mil Niños
Cubanos a EE.UU.
Por ALEIDA DURAN
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El
26 de diciembre de 1960 se inició uno de los más dramáticos
y poco comentados episodios de la historia cubana de los últimos
tiempos: la de los 14 mil niños y adolescentes a quiénes
sus padres enviaron solos de Cuba a Estados Unidos durante los dos
primeros años de la década de los años 60, en
un proceso conocido más tarde como "Operación Pedro
Pan".
El proceso fue posible gracias a la acción del Rev. padre Bryan
Walsh, director del Catholic Welfare Bureau, quien los apadrinó,
a unas 300 personas que lo ayudaron en Miami, y a un grupo de cubanos
que se arriesgaron dentro de Cuba cooperando para hacer posible aquel
masivo éxodo de niños y adolescentes, el cual se llevó
a cabo en silencio.
Tras más de cinco años de investigación y rastreo
por unos 35 estados de la Unión, Yvonne Conde, una periodista
independiente de Nueva York, publicó un libro sobre esa historia.
El desconcierto, la soledad, la angustia, el temor y a menudo el terror
que experimentaron aquellos niños, las dificultades que afrontaron
y la rebeldía que muchos de ellos mostraron posteriormente,
antes de alcanzar finalmente la madurez, probablemente sorprenderá
y estremecerá al exilio cubano.
Porque los cubanos no son proclives a contar sus desdichas, y porque
los éxitos materiales de un sustancial número de esos
cubanos en particular, ha actuado como una cortina luminosa que ha
impedido ver los traumas emocionales. Cuando se menciona la "Operación
Pedro Pan" inevitablemente surge el comentario: !Ah, si! ¿Sabes
quién fue un "niño Pedro Pan? Willy Chirino".
Y Lissette Alvarez. Y Marisela Verena. Y médicos, psicólogos,
abogados, dentistas, sacerdotes, profesores, hombres y mujeres de
negocios.
Asomarse a la periferia de esa masa de cubanos, hoy en sus 50 o más
años, es encontrar una especie de subcultura difícil
de penetrar. Ellos compartieron una experiencia vital dolorosa y diferente
a la del resto de los exiliados.
Adentrarse en la espesura de esas vidas, escarbar, abrir viejas heridas
en algunos casos aún no del todo curadas, y exponerlas a la
luz, sólo podría lograrlo, en números sustanciales,
uno de ellos.
Yvonne Conde lo es. Ella también fue "una niña
Pedro Pan". Tenía nueve años cuando llegó
a Miami el 11 de agosto de 1961. En pocas semanas pasó por
el hogar de dos familias amigas de la suya. Después un tío
llegó de Cuba con su esposa y dos niños, y se hizo cargo
de la pequeña Yvonne, quien ese año tuvo que cambiar
de escuela cuatro veces.
Como todos los cubanos recién llegados, ellos pasaban penurias
económicas. Yvonne siempre tenía hambre y los zapatos
rotos. Más aún...
"Me parecía que estorbaba, que estaba de más".
A menudo, mientras salían a trabajar o a estudiar inglés,
los tíos la dejaban a ella de noche a cargo de los dos niños
pequeños. Yvonne sentía miedo.
Afortunadamente la separación de su madre no fue larga. Su
madre, su padrastro y su medio hermanito de tres años, pudieron
salir de Cuba ocho meses después que Yvonne.
"Cuando vi a mi madre me prendí de ella como una garrapata
y no hubo modo de separarme ni para dormir", narra.
Después de un año en Miami, la familia se fue a Puerto
Rico. Conde comenzaba su adolescencia y, con ella, un largo período
de rebeldía.
"No quería saber nada de Cuba, ni de la cultura cubana.
Yo era más puertorriqueña que el coquí. Usaba
el pelo y la falda larga como si fuera 'hippie', era izquierdista
y marchaba con los independentistas puertorriqueños",
confiesa Conde, quien a los 19 años recogió sus cosas
y se fue de la casa de su madre.
Mucho tiempo después, mientras estudiaba periodismo en New
York University, supo que ella había sido parte de un éxodo
de 14 mil niños y adolescentes cubanos, y que aquel éxodo
se había llamado Operación Pedro Pan. Decidió
investigar. Inicialmente viajó a Washington y a Miami, pidió
información a las agencias de servicio, buscó el origen
del proceso, las estadísticas, listas con los nombres de aquellos
niños que vinieron durante aquellos dos años. Envió
800 cuestionarios a otros tantos "niños Pedro Pan".
Conde es hoy una mujer casada con un médico y "más
cubana que las palmas". Respalda el embargo norteamericano contra
el gobierno cubano y participa en las manifestaciones anticastristas
del exilio.
"Creo que el balance de la Operación Pedro Pan ha sido
positivo: nos dio opciones que no hubiéramos tenido en Cuba.
Es una pregunta que he hecho en los cuestionarios y la mayoría
también cree que fue positivo", indica.
Tiempos de Miedo
Corría el año 1960. Luces como manchas de aceite parecían
quemar trechos de sombras. La calle estaba sola. De pronto tronaron
los camiones moviéndose como esqueletos de antiguos barcos
negreros. Venían desde la Estación Terminal de Ferrocarril
e iban repletos de niños. Los gritos de éstos sacudieron
la calle, erizando el espinazo de los padres tras las puertas cerradas:
"¡Cuba sí, yanquis no!, ¡Cuba sí, yanquis
no!". Consignas de odio.
"Ya en la Sierra Maestra se encuentran los mil 500 maestros que
están pasando allí su curso de prueba", anunciaba
Fidel Castro a la nación el 27 de mayo. Cada 15 días
se irían integrando 2,500 jóvenes más.
El 27 de marzo, 800 niños habían sido llevados a las
escuelas de adoctrinamiento de Minas del Frío, en la Sierra
Maestra. El 2 de agosto los comunistas ocupaban la Universidad de
La Habana.
Por otra parte..., el 1 de enero Castro había recibido un mensaje
de solidaridad de la China de Mao Zedong; el 20 atacaba a la Iglesia
Católica; los días 10, 13 y 15 de febrero el primer
ministro soviético Anastas Mikoyan firmaba en La Habana un
pacto de ayuda económica con Cuba. Se disolvían bancos,
se confiscaban propiedades y compañías petroleras, todas
las empresas norteamericanas, revistas como Bohemia, Carteles, Vanidades.
Se recibían cargamentos de armas soviéticas. El 13 de
octubre unas 400 empresas importantes pasaban a poder del estado.
El 7 de noviembre 700 técnicos rusos descargaban en Santiago
de Cuba un misterioso embarque...
El miedo se había adueñado de Cuba. Los padres podrían
perder la patria potestad. Quizás los niños serían
enviados a la Unión Soviética tal como había
sucedido con cientos de ellos en la España de los años
30. Los rumores corrían.
A fines de noviembre, Jim Baker, director de la Academia Ruston de
La Habana, y un grupo de hombres de negocio de la Cámara Norteamericana
de Comercio de la capital cubana, se entrevistaban en Miami con el
padre Walsh, director del Catholic Welfare Bureau.
Muchos padres cubanos estaban preocupados por la seguridad de sus
hijos. La administración del entonces presidente Dwight D.
Eisenhower había prometido proveer fondos para admitir a niños
cubanos en Estados Unidos si un organismo no gubernamental se hacía
responsable de ellos hasta que pudieran volver a Cuba o hasta que
sus padres pudieran venir. ¿Podría ayudar él?
"Yo sabía que podía ofrecer mi cooperación.
Incluso podía buscar solución para los niños
protestantes y judíos a través de organismos que respondieran
a su fe religiosa", dice el Monseñor Walsh.
El Departamento de Estado le telefoneó: Estados Unidos admitiría
a 200 niños hasta la edad de 18 años que vinieran solos
si él aceptaba la responsabilidad. Al responder afirmativamente,
queriendo salvar a 200 niños del torbellino de una sociedad
que se estremecía hasta sus cimientos, el padre Walsh se internaba
en un proceso que habría de influir en miles de vidas. Los
primeros niños llegaban a Miami el 26 de diciembre de 1960.
Unos días más tarde, el 3 de enero de 1961, Estados
Unidos rompía relaciones con Cuba. Nuevamente, el Departamento
de Estado llamaba al padre Walsh: una carta firmada por él
sería aceptada como permiso equivalente a una visa.
"Así nacieron las Visas Waiver", explica Mons. Walsh.
La frase mágica, "Visa Waiwer", corrió por
Cuba a la velocidad del sonido y los 200 niños y adolescentes
inicialmente programados se convirtieron en 14 mil, que estuvieron
llegando hasta el 22 de octubre de 1962.
Experiencias
Luis Ramírez, de 50 años, casado y hombre de negocios,
considera que tiene dos familias, aquélla en el seno de la
cual nació en Sancti Spiritus, y la que lo adoptó en
Delaware.
"Creo que la peor parte le tocó a nuestros padres, que
tuvieron que enviarnos solos, contando solamente con la fe de que
Dios nos iba a proteger", dice.
Llegó a Estados Unidos en 1961 con ocho años de edad.
Fue acogido en el campamento de Florida City en donde, además
de las niñas, se alojaban los varones pequeños. Dos
meses después, por intermedio de un sacerdote amigo de su padre,
fue trasladado al hogar de un matrimonio norteamericano con cinco
hijas, de Willmington, Delaware.
"Dentro de las diferencias culturales, yo me sentí muy
bien allí. Mi papel dentro de esa familia siempre fue, y es,
el de hijo", cuenta.
Cuando sus padres llegaron dos años más tarde fue él
mismo quien pidió irse con ellos a Miami porque "no concebía"
que sus padres tuvieran una mala situación económica,
y él estuviera pasándolo bien con su familia adoptiva
de clase media.
Para él, la Operación Pedro Pan fue positiva. Los más,
se adaptaron, dice.
En el otro extremo del arcoiris de edades, está Marta San Martín,
directora de una agencia de servicios comunitarios, quien salió
de Cuba en 1962, a los 18 años, con su hermana Isabel, de 17.
Ambas salieron en las mejores condiciones. Eran alumnas de la escuela
presbiteriana La Progresiva, de Cárdenas, en la provincia de
Matanzas. Desde Cuba sabían a donde vendrían: al hogar
de un matrimonio norteamericano de su misma fe, en Springfield, Illinois.
Reconoce que el choque cultural, el idioma, el alejamiento de la patria
y la familia, el clima terriblemente frío, y ese estado emocional
que todos los entrevistados han mencionado, sin excepción,
la incertidumbre, fueron muy duros.
Estuvieron tres años bajo la tutela de esa familia, pero la
mayor parte del tiempo la pasaron becadas en una universidad en Blue
Ridge Mountain, Carolina del Norte.
"Era muy triste. La neblina en las montañas era constante.
Como becadas teníamos cuatro horas de trabajo y cuatro de estudios.
Aquí teníamos que limpiar pisos y realizar diferentes
labores a las que no estábamos acostumbradas", dice Marta.
"Allí encontramos a muchos compañeros de La Progresiva,
que habían venido desde diferentes hogares adoptivos. Nos soteníamos
mutuamente: llorábamos juntos; reíamos juntos".
Las dos hermanas hicieron las gestiones para que sus padres pudieran
venir. Llegaron cuatro años después de haber salido
las hermanas, y fueron a vivir con Isabel, ya casada.
"Yo todavía estaba estudiando en Iowa, pero ésa
fue otra conmoción. La reinserción familiar no fue traumática,
pero sí tensa y demoró años en completarse. Se
logró porque tanto mi hermano, que también había
salido de Cuba, como nosotras, adorábamos a nuestros padres",
cuenta Marta.
Pero la autoridad que los padres, ambos españoles, habían
ejercido en el hogar, ya no era posible. Los hermanos "se habían
hecho solos" y ya habían abrazado otra cultura. Incluso
tuvieron que acostumbrarse de nuevo a comunicarse en español
en el hogar.
"El dolor de cada uno de los que vinimos de Cuba solos en la
niñez o adolescencia, es el mismo, pero la forma en la que
cada uno experimentó ese dolor, es distinta", dice San
Martín.
"A mí me iban a mandar a un campamento en Nuevo México
y me negué. Había oído cosas muy feas de aquel
lugar", dice Caridad Guajardo, una ex-niña Pedro Pan.
El padre de Caridad era hijo de un próspero hombre de negocios
de Cantón, China. Siendo muy joven vio cómo comunistas
chinos asesinaban a sus padres y a 12 hermanos. El y un hermano suyo,
casi adolescente, lograron huir y meterse como polizontes en un barco
mercante que fue a dar a La Habana.
El que sería padre de Caridad trabajó duramente y con
el tiempo logró ser dueño de una de las más respetadas
casas de crédito de la capital cubana. Se casó con una
joven cubana y tuvieron una sola hija.
Cuando Castro tomó el poder, el Sr. Chang comenzó a
ser hostigado: tenía relaciones en Taiwán, estaba conspirando,
le acusaban. La familia comenzó a gestionar la salida de Cuba,
pero tras un incidente especialmente abusivo, el padre de Cary sufrió
un ataque cardíaco del que no se recuperó. En su lecho
de muerte rogó a su esposa que saliera cuanto antes de Cuba
y se llevara a la niña.
Diez meses más tarde llegaban las Visas Waiver que habían
gestionado para la familia las monjas que habían educado a
Cary. Al momento mismo de la salida, funcionarios del gobierno cubano
dijeron a la madre de Cary que ella no se podía ir.
"Mi madre y yo pasamos horas mirándonos. Yo, dentro del
recinto acristalado al que llamaban "pecera"; ella por fuera,
pegada a los cristales", cuenta Cary.
Diez horas después de haber entrado en la "pecera",
Cary abordó el avión que la trasladaría a Miami.
Era el 18 de julio de 1962. Cary Chang tenía 13 años.
Durante el viaje, una tormenta estuvo a punto de derribar la nave.
Y al llegar, fue trasladada a un campamento de Florida City.
"Nos parecía que estábamos en plena jungla. Había
varias clases de serpientes a las que, con el tiempo nos acostumbramos...,
y unas horribles moscas cuya picadura producía fiebres que
duraban una semana", recuerda Cary.
"Parecía que todo daba junto: el sarampión, la
varicela. Yo desarrollé un asma tan fuerte que me pasaba días
medio asfixiada", añade.
Un año después de haber llegado Cary al campamento,
el gobierno permitió a su madre salir de Cuba. La niña
fue llevada a Miami a recibirla.
"Mi madre no me reconocía. Pesaba sólo 70 libras.
Mi piel estaba oscura y picada de insectos. Ella estaba segura de
que me habían cambiado por otra. 'Eso' que ella veía
no era yo", cuenta Cary riendo ahora.
¿Cree ella que la Operación Pedro Pan fue positiva?
"¡Definitivamente sí! ¿Qué hubiera
sido de mí en Cuba?".
En caso de que a estos integrantes de la Operación Pedro Pan
se les presentara una situación similar, ¿tomarían
una decisión como la que tomaron sus padres? La mayoría
encuentra difícil contestar esa pregunta. Tendría que
presentarse esa situación, dicen.
Pero en Cuba, en los años 60, posiblemente los padres no veían
otra opción. La mujer de la tribu de Levy, en un conocido relato
bíblico, confiaba en que al poner a su hijo en una cesta en
el río, éste tendría alguna oportunidad de salvarse.
Con la misma esperanza, los padres cubanos pusieron a sus hijos en
un avión. Y, como Moisés, los más, se salvaron.
Los músicos Willy Chirino y su esposa Lizette Alvarez y Maricela
Verena, así como el senador Mel Martínez, son sólo
la punta del iceberg de aquel masivo éxodo de niños
cubanos, sin precedente en la historia de Estados Unidos.
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