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El
Miedo a la Información
Por CARLOS ALBERTO
MONTANER
Hace unas décadas Erich Fromm describió
una peculiar fobia detectada en los seres humanos: el miedo a la libertad.
Según este fecundo pensador, la búsqueda de la seguridad
era mucho más fuerte que el deseo de ser libre. Por lo menos
así ocurría en un número grande de personas.
Años más tarde Alvin Toffler advirtió la existencia
de otro temor peculiar que embargaba a las gentes. Se refería
al futuro. A un futuro que no podían entender con precisión,
lleno de máquinas complejas que escapaban no sólo del
manejo, sino -incluso- hasta de la comprensión más elemental.
Era el shock del futuro. El terror a un mañana que prometía
un modo de vida muy diferente al que nosotros conocimos.
Creo que es conveniente identificar un nuevo temor en nuestro desapacible
horizonte: el temor a la información. Ese malestar imprecisable,
acechante como una ominosa presencia, que le produce a mucha gente
saber la enorme cantidad de información al alcance potencial
de nuestros ojos y mentes, pero —al mismo tiempo— totalmente
inaccesible.
La avalancha informativa
En casi todas las capitales del mundo desarrollado, y aún del
Tercer Mundo, es frecuente poder disponer de una veintena de canales
de televisión, media docena de periódicos y una incesante
aparición de nuevos títulos en las librerías.
Esto es sólo el comienzo. Pronto la combinación de la
fibra óptica, el satélite, y la distribución
convencional de las ondas radioeléctricas, pondrán a
disposición de la familia unos 500 canales de televisión.
Esa monstruosa oferta, por supuesto, fragmentará el mercado
hasta casi atomizarlo, lo que seguramente dará lugar a formas
muy económicas y rudimentarias de producción. Sin duda
alguna aumentará la variedad, pero es menos seguro que pueda
mantenerse la calidad.
En 1992, solamente en lengua española, 36 000 nuevos títulos
aparecieron en las estanterías de las librerías. Casi
un promedio de 100 obras por día. Una masa de información
absolutamente indigerible. Añádasele a todo esto los
voluminosos diarios, las estaciones radiales, las publicaciones especializadas,
las revistas de información general, los medios audiovisuales,
y tendremos que llegar a la melancólica conclusión de
que ya no es posible medir niveles de sabiduría, sino grados
de ignorancia.Todos somos raigal y fundamentalmente ignorantes, y
cuando alcanzamos atesorar unos conocimientos mínimos, apenas
24 horas más tarde, seguramente ya habrán sido superados
por algún hallazgo reciente, otra brillante interpretación
o alguna reflexión de nuevo cuño.
En efecto, si en algún momento de la historia fue cierto el
sólo sé que no sé nada de los griegos, ese momento
es hoy. Pero esta vez la certeza de nuestra ignorancia va acompañada
de un sentimiento de agobio. Y todos coinciden: los ricos, los intelectuales
encumbrados, la masa menos ilustrada. La sociedad dice sentirse abrumada
por el caudal informativo, dice padecer un sentimiento de inadecuación.
No poder saber, no poder ajustar el tiempo disponible a la información
que se nos brinda, nos crea un desasosiego vital que intentamos solucionar
con resúmenes, cursos de lectura rápida, cassettes que
nos acompañan en los automóviles o a la hora de acostamos
o noticieros que no ahondan en la noticia, sino que se limitan a aportar
los headlines más urgentes e inquietantes.
La prensa diaria también sufre los embates de la avalancha
informativa. La prosa pierde grasa y va directa al grano. Hay que
orillar el párrafo elocuente y acogerse al sound-bite. Los
políticos y ejecutivos tienen que hablar en frases rotundas.
El sound-bite es la menor unidad de declaración capaz de ser
procesada por un telespectador. Hay que decirlo todo en una frase
rápida y definitiva. No es fácil. Requiere cierta maestría,
pero ya ha surgido una nueva especie profesional, los comunicadores,
sin los cuales es difícil dar un paso. Ha surgido una fauna
experta en movilizar el mensaje en medio de la maraña informativa
hasta conseguir colocarlo frente a los ojos y los oídos de
un público atormentado por el ruido imparable de la información.
Es esta atmósfera cargada de información la que produce
miedo. Es natural: al fin y al cabo, una criatura normal sólo
puede seguir la pista a la programación de cinco o seis canales
de televisión, sólo tiene tiempo de leer una docena
de libros al año y de pasar la vista a uno, o a lo sumo a dos
periódicos todos los días. No en balde la mayor parte
de las personas se siente desconcertada cuando le proponen millones
de datos, imágenes o historias en medio de un torbellino informativo
caótico y desorientador, que no contribuye a aclarar nuestra
comprensión de la realidad, sino más bien la oscurece
con una multitud de elementos que la inteligencia no consigue discernir,
dejándonos una sensación de inseguridad y desamparo
realmente ingrata.
La televisión y la violencia
Esta sensación de perplejidad, de miedo ante la enorme oferta
de información, nos lleva con frecuencia a tratar de encontrar
en este fenómeno la causa de muchos de los males que nos aquejan.
No es extraño que se diga, por ejemplo, que la violencia surge
o se incrementa debido a las imágenes que nos muestra la televisión.
Howard Stringer, presidente de la CBS, ha advertido que un joven de
18 años, adicto a la televisión —como suele ser
corriente en los Estados Unidos— en el momento en el que arriba
a la mayoría de edad habrá visto en la pequeña
pantalla 200.000 actos de violencia y entre ellos 40.000 crímenes.
Y no falta quien atríbuya a esa carnicería audiovisual
el alto porcentaje de homicidios que ocurre en los Estados Unidos.
Nada menos que ocho de cada 100.000 norteamericanos son ultimados
por sus conciudadanos.
No obstante, esa alta cifra de víctimas hay que tomarla con
mucho cuidado. Los canadienses suelen ver la misma televisión
que los norteamericanos y el número de homicidios es menos
de la tercera parte: 2,6. Y la disparidad ni siquiera puede explicarse
por la presencia en Estados Unidos de unas vastas minorías
negras o hispanas en las que son más frecuentes los actos de
violencia, pese a que ven los mismos programas que suele ver la población
calificada como anglo.
En los países escandinavos, que también contemplan los
mismos programas de televisión —y en los que prevalece
la homogeneidad étnica— existen diferencias notables.
Los daneses cometen 5,7 homicidios por 100.000 personas. Los noruegos
0,9 apenas. Podría decirse que Dinamarca, más cosmopolita,
más tensa, menos relajada que la casi bucólica Noruega,
halla en el stress de su civilización una explicación
para esta diferencia en el número de homicidios, pero enseguida
nos encontramos con que el país que tiene el menor índice
de violencia del mundo civilizado es el estado de Israel, con 0,5
homicidios por 100.000 personas. El más tenso y —permítanme
la horrenda palabra— estresado de los países, permanentemente
en pie de guerra, minuciosamente armado, que además de ver
la guerra y la violencia en las pantallas, las ha vivido intensamente
desde 1948, es, sin embargo, la menos violenta de las sociedades del
planeta, a juzgar por el índice de homicidios.
Realmente no parece cierto que los crímenes fingidos de la
televisión, incluso los crímenes ciertos que traen los
telediarios, provoquen en un número apreciable de espectadores
la voluntad de repetirlos. Incluso, es fácil comprobar en niños
y adultos una manera absolutamente distinta de contemplar el crimen
falso del extraído de la realidad. Las películas de
ficción violenta se contemplan con cierto espíritu lúdico.
Nos divierten. Los documentales de violencia real tienden a horrorizarmos,
nos deprimen. Y todos, pequeños y grandes, sabemos hacer la
distinción.
No es la cantidad, la calidad o el contenido de la información
lo que determina el comportamiento violento. Los checoslovacos y los
yugoslavos miraban las mismas películas, contemplaban las mismas
series. Cuando los checoslovacos decidieron quebrar el país
en dos, lo hicieron ordenada y civilizadamente, sin recurrir a ningún
acto de violencia. Cuando los yugoslavos se fragmentaron en media
docena de naciones distintas, comenzaron una horrible matanza que
pasará a la historia como uno de los episodios más vergonzosos
y siniestros del siglo XX. La diferencia no estaba en la información
de que disponían unos y otros, sino en la formación
que habían recibido en hogares y escuelas.
En realidad, el comportamiento se forja a partir de una escala de
valores que probablemente se trasmite en el círculo familiar
y por medio de contactos individuales. Esto lo saben con toda certeza
los comunicadores. No hay elemento más persuasivo que el del
encuentro personal, ese influjo directo de la palabra y del body language
sobre nosotros. La huella que deja esta relación es infinitamente
más poderosa que la que puede dejamos una imagen impresa en
una pantalla, o el sonido estereofónico de un CD. Este dato
de la realidad no lo ignoran los expertos en mercadeo, que saben,
con toda precisión, que no hay mejor elemento para lograr una
venta que el de una persona de carne y hueso capaz de influir sobre
su interlocutor. Esto lo comprueban día a día los maestros
y profesores en todas las aulas del mundo.
Los medios de comunicación, por muy sofisticados y eficaces
que sean, siempre padecen de un elemento de artificialidad que disminuye
su impacto en nosotros. Hay una distancia entre las personas y el
aparato de radio, el televisor o el cine, que nos pone a salvo de
cualquier influencia definitiva. Y no debe producimos ninguna extrañeza
este fenómeno. Los seres humanos durante 40 000 generaciones,
durante todo el período en el que sobrevivimos como cazadores,
no conocimos otro medio de relacionamos que el del contacto personal.
Luego siguieron 400 generaciones de agricultores ágrafos, y
—más tarde— 40 ó 50 que pudieran clasificarse
dentro de una era más o menos técnica, por lo menos
para una parte sustancial del planeta. Han pasado sólo 25 generaciones
desde la invención de la imprenta.
Es difícil ponderar adecuadamente el peso de esa larga historia
de la comunicación estrictamente humana sobre nuestra siquis,
sobre nuestro ser más íntimo y profundo, pero probablemente
nos ha marcado de forma permanente: es así como recogemos la
mayor parte de nuestras influencias. Es así como nos formamos:
de la boca de nuestros seres más próximos, de los más
respetados, de sus gestos y movimientos, del contacto con sus cuerpos.
Comunicación y responsabilidad
No obstante, sería una insensatez negar la responsabilidad
de los medios de comunicación en la creación de estados
de opinión pública que luego desembocan en ciertas formas
superficiales de comportamiento colectivo. Casi no hay duda de que
las escenas de la guerra de Vietnam terminaron por producir el regreso
de las tropas norteamericanas a los Estados Unidos, y es probable
que las imágenes del hambre terrible de Somalia, primero provocaran
la intervención humanitaria de Estados Unidos; como también
es probable que las imágenes de la barbarie somalí,
blandiendo las vísceras de los soldados norteamericanos en
Mogadiscio, acabaran por poner fin a la intervención humanitaria.
Primero el sufrimiento de ciertos somalíes movilizó
la compasión de los Estados Unidos. Pocos meses más
tarde la vesania y la crueldad de otros somalíes han generado
en el mismo país unos sentimientos exactamente contrarios a
los que dieron inicio a esa aventura americana en el este de África.
Pero quizás donde se ha visto con mayor claridad la influencia
de los medios de comunicación en la conducta de los pueblos
es en el reciente caso Irma. Irma fue una niña herida por la
metralla inmisericorde de los serbios. Una niña bosnia, rubia
y hermosa, a la que le quedaban pocas horas de vida si no la trasladaban
a un hospital de Europa donde pudieran atender sus gravísimas
lesiones.
Entre todo aquel horror, en medio de la proliferación horrible
de desastres y aflicciones, un periodista de CNN enfocó su
cámara al rostro de la niña y contó la historia
para millones de telespectadores del mundo entero. Ese periodista
le salvó la vida a Irma. Su piedad selectiva, concretada en
aquella carita adolorida, tuvo un efecto de conmoción en todas
partes. Yo vi llorar a alguna gente en Madrid frente a las imágenes
de la televisión, y supongo que algo parecido debió
suceder en Londres cuando enviaron un avión de transporte para
salvar a la niña.
Es admirable y terrible el bicho humano. A la misma especie que tira
las bombas en Bosnia, se le hace un nudo en la garganta cuando ve
el resultado de sus acciones a miles de kilómetros de distancia.
El mismo bípedo que carboniza pueblos enteros, que degüella
prisioneros, que viola mujeres indefensas, se echa a llorar, conmovido,
ante el horror de sus propias acciones.
Estas reflexiones nos abren la puerta a diversos problemas de carácter
ético. Uno de ellos tiene que ver con la responsabilidad de
los medios de comunicación. En última instancia, la
misión fundamental del periodismo es elegir. Es seleccionar
con cuidado, con vocación de servicio, con la voluntad de ser
útil y veraz, la imagen o la información que se coloca
en la primera página o en el minuto estelar de los informativos.
El buen periodismo, la buena comunicación, acaso no sea otra
cosa que eso: elegir acertadamente lo que se pone frente a los ojos
y los oidos de las personas, y seleccionar con todo cuidado la estructura
y la jerarquización de esa información.
De la misma manera que nos es imposible asumir racionalmente la cascada
de información que se yergue frente a nosotros, también
es limitada nuestra capacidad de sentir emociones. La repetición
de los horrores no produce un aumento gradual de nuestro sobrecogimiento.
Es al revés: la reiteración embota nuestra capacidad
de sentir o de sufrir. La primera Irma nos estremece. La segunda nos
duele. La tercera nos apena. Es probable que la cuarta nos deje indiferentes.
Es, pues, labor de los comunicadores saber elegir en medio de la multitud
de pesares e inconvenientes, de noticias felices y gratificantes,
la dosis exacta, adecuada a nuestra limitada capacidad de percibir
el mundo a través de nuestra racionalidad y de nuestra emotividad.
No cabe todo el horror en nuestra mente. Bosnia nos entró en
el corazón, pero se nos quedaron fuera Armenia, Azerbaiyán
o Georgia. A Bosnia la hemos visto a través de la carita de
Irma, pero Azerbaiyán o Abjacio apenas siguen siendo unos nombres
exóticos de vagas reminiscencias orientales.
Democracia y comunicación
Es importante advertir los límites y matices del fenómeno
de la comunicación para no sucumbir ante el miedo a la información,
y para no esperar demasiado de lo que ésta pueda favorecernos.
Hay que partir siempre de la convicción de que son muy precisas
las cantidades de información que la persona humana puede recibir,
y que no tiene el mismo efecto si le llega de una manera o de otra.
Quienes reclaman el control de la información para impedir
la manipulación de las mentes de los ciudadanos están
planteando una peligrosa contradicción. Controlar la información
desde el estado es ya incurrir en una peligrosa manipulación.
Por otra parte, es bastante dudosa la pretensión de querer
manipular a la opinión pública para conducirla a comportamientos
contrarios a una escala de valores adquirida en el seno de la familia.
Ni siquiera bajo estados hipnóticos —si no se les obliga—
las personas actúan de manera contraria a sus creencias más
profundas. Y cualquiera que conozca la poca eficacia de la propaganda
política podrá entender esta aseveración. No
es la propaganda lo que uniforma a las sociedades totalitarias, sino
el miedo a la represión. Cuando desaparecen la coacción
y el miedo, es fácil comprobar que la propaganda no ha dejado
huella en la mente de la mayor parte de la gente.
Sin embargo, los medios de comunicación pueden ser muy ventajosos
en la difusión de los ideales democráticos, siempre
que se comprenda que es totalmente inútil tratar de defender
la libertad y la democracia con huecas campañas propagandísticas.
En primer lugar, porque libertad y democracia son dos categorías
totalmente distintas.
La libertad no es otra cosa que la posibilidad de tomar decisiones
individuales de acuerdo con nuestros credos y conveniencias. A mayor
cantidad de decisiones libremente tomadas, mayor satisfacción
personal y una mayor sensación de haber cumplido con nuestra
propia naturaleza.
La democracia, en cambio, es un método objetivo y racional
para organizar colectivamente las decisiones individuales. Es el método
más idóneo con que cuenta la sociedad para armonizar
la libertad que ejercen los individuos. Y ninguna de esas dos categorías
—la libertad y la democracia— pueden ser eficazmente enseñadas
o inculcadas por la vía de los medios de comunicación.
¿Cómo puede la sociedad moderna defender la libertad
y blindar la democracia contra sus múltiples enemigos? Evidentemente,
formando ciudadanos en el hogar y en la escuela, mediante el contacto
personal, para crear personas capaces de comportarse voluntaria y
orgullosamente como seres libres que viven en democracia.
Un ser humano educado para la libertad es una persona que debe entender
los límites de la responsabilidad individual, que debe contar
con rasgos psicológicos que le confieran una cierta fortaleza
de carácter, y debe estar consciente de que su tarea más
importante consiste en labrarse su propio destino como resultado de
sus propias acciones.
La defensa de la democracia, en cambio, es más sutil y difícil
porque, como he dicho, no se trata, ni más ni menos, que de
un método para conseguir que la sociedad, colectivamente, ordene
racionalmente y sin violencia las decisiones individuales, y le dé
cauce a los inevitables conflictos.
No debe esperarse, sin embargo, que los miembros de una sociedad cualquiera
estén dispuestos a defender ardorosamente la democracia, si
este método de toma de decisiones no produce los resultadas
apetecibles.
Eso es importante subrayarlo, porque se da por sentado que la democracia
es algo que las personas defienden naturalmente, pero la experiencia
y el sentido común conducen a una conclusión bien diferente:
la democracia sólo es defendida por un número abrumador
de ciudadanos cuando se percibe que es un método de gobierno
benéfico para la mayor parte de ellos.
No hay demócratas en abstracto. La democracia tiene que funcionar
bien para que perdure. Tiene que conseguir niveles crecientes de prosperidad,
y tiene que ser administrada de una manera eficiente, porque, de lo
contrario, la tendencia de muchísimos ciudadanos será
prescindir de este método y recurrir a la violencia, a la coacción
y a la imposición.
Este carácter utilitario, pragmático, de la democracia
demanda de los medios de comunicación cierto comportamiento
tremendamente importante. La gran función de los medios de
comunicación en las sociedades democráticas es la permanente
auditoría, la crítica constante, el implacable análisis
de cuanto acontece, especialmente, en el sector público. Nunca
es excesiva la crítica. Nunca sobra una señal de alerta,
aunque a veces pueda ser injusta o parezca excesiva. Los medios de
comunicación tienen la función, con su ojo avisor, de
impedir que el régimen democrático se corrompa por la
natural tendencia de los seres humanos a manejar los bienes ajenos
como si fueran propios.
Tal vez si todos estuviéramos conscientes de la precariedad
del sistema democrático, de la importancia que tiene el hecho
de que, como método de toma de decisiones, está obligado
a funcionar bien para que prevalezca, acaso nuestra conducta sería
mucho más cuidadosa. Nadie debe dar por sentado que la libertad
de que hoy disfruta o el sistema democrático en el que vive
son fenómenos o formas de vida permanentes.
En América Latina nos asombrarnos y nos dolemos de que, a menudo,
se restrinja la libertad y surjan comportamientos antidemocráticos,
pero nada de esto debería sorprendernos: el fracaso de la democracia
y las restricciones a la libertad no son fenómenos propios
de ciudadanos perversos, es sólo la consecuencia de que el
sistema no funciona adecuadamente.
Los veinte países más prósperos del mundo, los
más felices, aquellos que tienen que poner barreras para no
llenarse de inmigrantes, son veinte sociedades en las cuales los ciudadanos
libres toman sus decisiones colectivas de acuerdo con métodos
democráticos. Pero para que ese modo de comportamiento no desaparezca,
esos países exitosos están obligados a hacer las cosas
de una manera correcta. Están obligados a triunfar. En el momento
en el que comience a fallar la eficacia de esos estados, y sobrevenga
una crisis prolongada para la que no se vea fin ni alivio, no será
posible sostener ni las libertades individuales ni la democracia.
Los ciudadanos pedirán, mayoritariamente, la abolición
del sistema, aunque con esta actitud empeoren los problemas en lugar
de solucionarlos.
No hay que temerle a la información, por excesiva y apabullante
que hoy resulte, pero hay que dedicar un enorme esfuerzo a la formación,
a la forja del carácter y a la estructuración de valores
de los ciudadanos, de manera que la libertad y la democracia no desaparezcan
de la faz de la tierra. Esa es nuestra mayor responsabilidad.
© Firmas Press
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