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  ¿Cuál Modelo? ¿Chile,
Cuba o Costa Rica?

Por CARLOS ALBERTO MONTANER

Madrid -- Algo medularmente bueno ha visto la sociedad costarricense en el gobierno de Miguel Angel Rodríguez cuando, por primera vez en la historia, los socialcristianos consiguen un segundo mandato consecutivo. Como habían previsto las encuestas, ganó Abel Pacheco, un siquiatra inteligente y con sentido del humor, escasamente parecido a los políticos tradicionales, muy famoso en el país por sus originales comentarios de televisión. No hay duda de que parte de su éxito se debió precisamente a esos rasgos de outsider --en el país se observa una clara fatiga con los dos partidos históricos, actitud que se reflejó en la alta abstención en los comicios--, pero tampoco hay duda de que lo favoreció extraordinariamente la buena administración de Miguel Angel Rodríguez, un gobernante que sale de la presidencia con menos fortuna personal de la que tenía cuando comenzó, al extremo de que ha aceptado impartir clases en una universidad norteamericana para ganarse el sustento, tan pronto desaloje la casa de gobierno.

Pero ese ''segundo'' mandato que reciben los socialcristianos no debe confundir a Pacheco. Los costarricenses han emitido un par de señales clave: el surgimiento de una tercera fuerza política, algo confusa en el terreno ideológico, y una ciudadanía que se debate entre la tradición populista, fuertemente intervencionista, y la necesidad de modificar un modelo político que ha tenido sus aciertos y, sin duda, posee sus fallas. Es verdad que los costarricenses gozan de las instituciones políticas más estables de América Central, acaso, junto a la panameña, la de mayor ingreso per cápita, y, sin duda, la que cuenta con la distribución de riquezas menos desigual; pero esos valiosos rasgos, además de admiración, provocan cierta perplejidad en los estudiosos del desarrollo. ¿Por qué ese pueblo educado, decididamente democrático, en el que el estado de derecho funciona razonablemente bien, es un mediocre productor de bienes y servicios? ¿Por qué los costarricenses, que han despejado la mitad de la ecuación que conduce a la prosperidad, no consiguen solucionar el otro 50 por ciento y se colocan junto a la vanguardia económica del planeta?

Para suerte de los costarricenses, que dedicarán los años que siguen a un intenso debate sobre este tema crucial, mientras elegían a Pacheco aparecía en las librerías, publicado por Florida International University, la traducción al castellano de un formidable libro escrito por el economista Carmelo Mesa-Lago, catedrático emérito de la Universidad de Pittsburgh: Buscando un modelo económico en América Latina. Subtitulado con un dato aún más preciso: ¿Mercado, socialista o mixto? Chile, Cuba y Costa Rica.

Lo que hace este libro, lleno de erudición comprensible, fruto de una década de trabajo, es acercarse sin prejuicios y sin preferencias dogmáticas al desempeño económico de tres países que han adoptado distintas estrategias de desarrollo. Los chilenos, a partir del gobierno de Pinochet abandonaron el viejo modelo inflacionista y dirigista, basado en una mezcla de keynesianismo y estatismo, defendido en ese país por casi todo el arco político, incluida la derecha, y eligieron (o les impusieron) la vía de la propiedad privada, la competencia y la supremacía de la sociedad civil en el terreno económico. Cuando final y felizmente llegó la democracia, ante el éxito inocultable del experimento, tanto los democristianos como los socialistas persistieron en el rumbo de la economía de mercado, aunque aumentaron ciertos rubros del gasto social, pero sin la menor voluntad de regresar a los esquemas anteriores a 1973.

El gobierno cubano, por el contrario, desde 1959, guiado por Castro con mano de hierro, y sin ahorrarse ninguna clase de atropello contra la población, suscribió el modelo soviético, planificador, absolutamente estatista, con el objeto de echar las bases de una sociedad igualitaria, en la que estuvieran garantizados ciertos servicios y ''derechos'' básicos para el conjunto de la población: educación, salud pública, un puesto de trabajo y la venta a precios controlados de algunos productos alimenticios y objetos de consumo mediante la cartilla de racionamiento.

Costa Rica siguió otra senda, a la que Mesa-Lago llama ''mixta'', especialmente tras la revolución de 1948. En este modelo conviven una fuerte presencia del estado y la empresa privada, aunque esta última está notablemente regulada e intervenida por la burocracia y la legislación.

Las conclusiones del libro, que tiene 700 páginas de información y análisis rigurosos, son complejas, pero hay una que me parece fundamental: tanto chilenos como costarricenses han superado con creces a los cubanos en el tema de la mejoría de las condiciones de vida del sector más pobre de la población. Y, al menos los costarricenses, lo han hecho sin un preso político, sin exiliados, y, por el contrario, mientras absorbían a cientos de miles de refugiados nicaragüenses que huían de las masacres y las barbaridades cometidas por los sandinistas. Quedaba, pues, totalmente desacreditada la tesis de los simpatizantes del comunismo cubano, quienes, aun admitiendo los excesos represivos del sistema, tratan de justificarlo alegando los ''logros'' igualitarios del socialismo. Este libro liquida totalmente esa miserable coartada.

Descontado el socialismo como opción, queda la alternativa ''mercado o economía mixta'', Chile o Costa Rica. Mesa-Lago subraya lo que uno y otro modelo tienen de ventajas e inconvenientes. Los ticos harían muy bien en examinar este libro con mucho cuidado. Y quienes no son ticos, porque a este baile, que concierne a toda América Latina, están todos invitados.

© FIRMAS PRESS





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