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  Visión de la Muerte en
la Cultura Mexicana

Coatlicue es la diosa de la muerte azteca. La diosa doble del Amor y la Muerte, la diosa de la tierra, con su falda de serpientes cayendo sobre las ruinas de Tenochtitlan.

Cada día 2 de noviembre las calaveras de azúcar se juntan con el "pan de muertos" y las velas de los altares mexicanos se iluminan con las memorias de familiares y amigos que han fallecido.

En la ciudad de Los Angeles, la interpretación de los artistas méxico-americanos ha hecho trascender los altares tradicionales a la categoría de "instalación de arte". Las galerías en la Placita Olvera, la Plaza de la Raza, Self Help Graphics y el Centro Fotográfico de Los Angeles se transforman en espacios abiertos para la celebración de festivales donde la música, las artes escénicas y visuales se dan cita cada año.

"A lo largo de las principales ciudades de este país, los memoriales a la muerte se han ido perfilando en los murales, piezas artísticas de aerosol o nombres con la inscripción E.P.D. Los muertos cobran vida", afirma Luis J. Rodríguez, autor de la novela autobiográfica "Always Running. La vida Loca".

"El lazo ancestral se establece, el puente entre el presente y el futuro", afirma el escritor.

Chalchiutlicue, aparece en la cuarta Edad de la cosmogonía azteca (Cuatro Agua) donde las aguas ceden el paso a nuestra Edad: el dominio del sol Tonatiuh (Cuatro Terremoto) con el cual todo se hunde entre terremotos y temblores.

El Día de los Muertos, marca en el calendario mexicano la fecha en que se festejan las memorias que los difuntos han dejado entre los vivos, o lo que es igual, el día que cobran vida las memorias que han dejado los muertos.

Es el día en que los seres queridos regresan a la fiesta de la vida y es posible brindar de nuevo con ellos escogiendo sus bebidas preferidas y agazajarlos preparando sus comidas favoritas.

En el crucigrama internacional de la ciudad de Los Angeles, las celebraciones mexicanas se funden con las fechas afines que comparten los países Latinoamericanos, según la herencia católica de El Día de los Fieles Difuntos o de Todos los Santos.

De este modo, los acordes de la marimba "Guatemala India" se suman al desfile de las danzas aztecas y la fiesta del mariachi en la Placita Olvera.

Pero la transculturación no queda limitada a las culturas con relación hispanoamericana; casi coincidiendo con la fecha del Día de los Muertos encontramos los festejos del Halloween norteamericano. En el mismo fin de semana suelen mezclarse los disfraces de este "carnaval" anglo con las calaveras del pintor José Guadalupe Posada.

La celebración del Halloween con sus fantasmas y sustos comerciales parece muy lejana de la reafirmación familiar y la devoción original con que se encaran los festejos de arte, comida y altares mexicanos.

Sin embargo, los antecedentes pre-hispánicos que se atribuyen a las ofrendas del Día de los Muertos son paralelos a los tiempos medievales de donde datan la tradición de susto y las caravelas que caminan en las noches de Halloween, inspiradas por el espanto de quienes entraban sin saberlo a los pueblos europeos diezmados por epidemias como la lepra, donde deambulaban por las calles verdaderos esqueletos vivientes.

La "Pelona" se convierte en un personaje que puebla las canciones populares, los "albures", la lotería y los "actos" teatrales de Aztlán. La muerte, ya para el siglo XVI, se encuentra definida en la idiosincracia del pueblo mexicano como un resultado directo del mestizaje.

El mestizaje en un pueblo que viene de la muerte azteca puede convertirse en un "juego con la muerte", puede convertirse en risa y susto, en los gritos de la lechuza Teoyaomiqui, el dios de los guerreros muertos, en Tlazoltéotl con su máscara de calavera...

Al terminar el siglo azteca de cincuenta y dos años ocurre la destrucción de la vida y el inicio de un nuevo ciclo de valores; los dioses mueren y el tiempo se acaba.

Durante los últimos cinco días del nemontemi, se apagan los fuegos de todos los templos.

La tradición de "sentarse a hablar" con la muerte trasciende desde lo familiar hasta lo político, así se le rinde honor hoy a la memoria del líder campesino César Chávez al dedicársele un altar del Día de los Muertos, tal como también se caricaturizaba la política estatal que representa el gobernador Pete Wilson, dedicándole prematuras lápidas con inscripciones funerales.

La Risa se convierte en un juego con la muerte. Es tradicional escribir "Calaveras" a los conocidos, poemas burlones que pronostican la muerte de cualquiera; es quemar "judas", "morirse en la raya", "jugársela"...

Mientras el torero español desarrolla un toreo "lúgubre", el torero mexicano inventa un toreo lúdico que se ha venido describiendo como festivo, antisolemne, donde "jugarse la vida" es una manera de jugar con la vida.

Al caer el último día, los sacerdotes salían de los templos convertidos en dioses vivos y marchaban por el camino de Ixtapalapa hacia el volcán de la Estrella donde se escucharía esa noche el teponaxtle sagrado desde lo alto del templo mayor.

Los sacerdotes contemplaban el movimiento de los astros hasta distinguir la nueva estrella Aldebarán colocándose en el medio de la noche, y entonces encendían de nuevo la hoguera y todos regresaban con sus antorchas encendidas a Tenochtitlan, donde la vida del náhuatl continuaría en perfecta unidad durante cincuenta y dos años.





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