Visión
de la Muerte en
la Cultura Mexicana
Por JORGE LUIS RODRIGUEZ
Coatlicue es la diosa de la muerte azteca. La diosa
doble del Amor y la Muerte, la diosa de la tierra, con su falda
de serpientes cayendo sobre las ruinas de Tenochtitlan.
Cada día 2 de noviembre las calaveras de azúcar
se juntan con el "pan de muertos" y las velas de los altares mexicanos
se iluminan con las memorias de familiares y amigos que han fallecido.
En la ciudad de Los Angeles, la interpretación
de los artistas méxico-americanos ha hecho trascender los
altares tradicionales a la categoría de "instalación
de arte". Las galerías en la Placita Olvera, la Plaza de
la Raza, Self Help Graphics y el Centro Fotográfico de Los
Angeles se transforman en espacios abiertos para la celebración
de festivales donde la música, las artes escénicas
y visuales se dan cita cada año.
"A lo largo de las principales ciudades de este país,
los memoriales a la muerte se han ido perfilando en los murales,
piezas artísticas de aerosol o nombres con la inscripción
E.P.D. Los muertos cobran vida", afirma Luis J. Rodríguez,
autor de la novela autobiográfica "Always Running. La vida
Loca".
"El lazo ancestral se establece, el puente entre el
presente y el futuro", afirma el escritor.
Chalchiutlicue, aparece en la cuarta Edad de la cosmogonía
azteca (Cuatro Agua) donde las aguas ceden el paso a nuestra Edad:
el dominio del sol Tonatiuh (Cuatro Terremoto) con el cual todo
se hunde entre terremotos y temblores.
El Día de los Muertos, marca en el calendario
mexicano la fecha en que se festejan las memorias que los difuntos
han dejado entre los vivos, o lo que es igual, el día que
cobran vida las memorias que han dejado los muertos.
Es el día en que los seres queridos regresan
a la fiesta de la vida y es posible brindar de nuevo con ellos escogiendo
sus bebidas preferidas y agazajarlos preparando sus comidas favoritas.
En el crucigrama internacional de la ciudad de Los
Angeles, las celebraciones mexicanas se funden con las fechas afines
que comparten los países Latinoamericanos, según la
herencia católica de El Día de los Fieles Difuntos
o de Todos los Santos.
De este modo, los acordes de la marimba "Guatemala
India" se suman al desfile de las danzas aztecas y la fiesta del
mariachi en la Placita Olvera.
Pero la transculturación no queda limitada
a las culturas con relación hispanoamericana; casi coincidiendo
con la fecha del Día de los Muertos encontramos los festejos
del Halloween norteamericano. En el mismo fin de semana suelen mezclarse
los disfraces de este "carnaval" anglo con las calaveras del pintor
José Guadalupe Posada.
La celebración del Halloween con sus fantasmas
y sustos comerciales parece muy lejana de la reafirmación
familiar y la devoción original con que se encaran los festejos
de arte, comida y altares mexicanos.
Sin embargo, los antecedentes pre-hispánicos
que se atribuyen a las ofrendas del Día de los Muertos son
paralelos a los tiempos medievales de donde datan la tradición
de susto y las caravelas que caminan en las noches de Halloween,
inspiradas por el espanto de quienes entraban sin saberlo a los
pueblos europeos diezmados por epidemias como la lepra, donde deambulaban
por las calles verdaderos esqueletos vivientes.
La "Pelona" se convierte en un personaje que puebla
las canciones populares, los "albures", la lotería y los
"actos" teatrales de Aztlán. La muerte, ya para el siglo
XVI, se encuentra definida en la idiosincracia del pueblo mexicano
como un resultado directo del mestizaje.
El mestizaje en un pueblo que viene de la muerte azteca
puede convertirse en un "juego con la muerte", puede convertirse
en risa y susto, en los gritos de la lechuza Teoyaomiqui, el dios
de los guerreros muertos, en Tlazoltéotl con su máscara
de calavera...
Al terminar el siglo azteca de cincuenta y dos años
ocurre la destrucción de la vida y el inicio de un nuevo
ciclo de valores; los dioses mueren y el tiempo se acaba.
Durante los últimos cinco días del nemontemi,
se apagan los fuegos de todos los templos.
La tradición de "sentarse a hablar" con la
muerte trasciende desde lo familiar hasta lo político, así
se le rinde honor hoy a la memoria del líder campesino César
Chávez al dedicársele un altar del Día de los
Muertos, tal como también se caricaturizaba la política
estatal que representa el gobernador Pete Wilson, dedicándole
prematuras lápidas con inscripciones funerales.
La Risa se convierte en un juego con la muerte. Es
tradicional escribir "Calaveras" a los conocidos, poemas burlones
que pronostican la muerte de cualquiera; es quemar "judas", "morirse
en la raya", "jugársela"...
Mientras el torero español desarrolla un toreo
"lúgubre", el torero mexicano inventa un toreo lúdico
que se ha venido describiendo como festivo, antisolemne, donde "jugarse
la vida" es una manera de jugar con la vida.
Al caer el último día, los sacerdotes
salían de los templos convertidos en dioses vivos y marchaban
por el camino de Ixtapalapa hacia el volcán de la Estrella
donde se escucharía esa noche el teponaxtle sagrado desde
lo alto del templo mayor.
Los sacerdotes contemplaban el movimiento de los astros
hasta distinguir la nueva estrella Aldebarán colocándose
en el medio de la noche, y entonces encendían de nuevo la
hoguera y todos regresaban con sus antorchas encendidas a Tenochtitlan,
donde la vida del náhuatl continuaría en perfecta
unidad durante cincuenta y dos años.
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