El
Legado Político de José Martí
Por JESUS HERNANDEZ CUELLAR
Hace más de 100 años se produjo uno de los acontecimientos
más importantes de la historia de Cuba: la fundación
del Partido Revolucionario Cubano (PRC). Su artífice: José
Martí. Sus protagonistas: exiliados cubanos que pretendían
independizar a su país del dominio español.
El enemigo que estaba delante era colosal. Una potencia económica,
política y militar empeñada en no ceder un milímetro
del territorio que había conquistado 400 años antes.
Doscientos mil hombres sobre las armas, cuyo mando estaba en manos
de experimentados generales que se habían forjado en importantes
guerras europeas. Y la terrible realidad de padecer una indiferencia
total por parte de las naciones latinoamericanas ya independizadas,
de los poderosos países europeos y de Estados Unidos, los
cuales concentraban su animadversión hacia España
en una dirección ajena a la independencia de Cuba.
Pero el PRC no sólo se fundó, sino que muy pronto
se organizó como institución, preparó una guerra
y la llevó a efecto, en menos de tres años.
A pesar del tiempo transcurrido, el legado martiano aún
ofrece muchas lecciones. Su vigencia puede palparse con la punta
de los dedos. Hoy más que nunca, en una época en la
que los cubanos atraviesan una crisis similar a la que afrontaban
los exiliados del siglo pasado, valdría la pena revisar ese
legado en un estado de conciencia verdaderamente martiano. Un estado
de conciencia verdaderamente martiano es algo más que repetir
de memoria frases y pensamientos que salieron de la pluma y de la
voz de Martí. De otra manera, ese legado corre el riesgo
de perderse para siempre en los oscuros laberintos de la demagogia.
En los días de la fundación del PRC, las diferencias
entre los cubanos que se oponían al dominio español
no eran menores que las que sufre la oposición actual. Y
el poder militar de España en la isla, tampoco era menor
que el de Fidel Castro hoy día.
¿Qué hizo Martí para unir a los cubanos? ¿Contaba
Martí con los medios necesarios para derrocar el poderío
español? Por supuesto que no, pero su inteligencia, su cultura,
su carisma y su capacidad de organización permitieron poner
en marcha la gesta independentista. Estas cualidades fueron definitivas.
En su afán de ver a Cuba gobernada por la voluntad de todos
los cubanos. Martí no omitió, en su plan de lucha,
a los generales Antonio Maceo, Máximo Gómez, Calixto
García y otros. Sin ellos no habría sido posible hacer
la guerra. Ni omitió a talentos privilegiados como Juan Gualberto
Gómez, sin ellos no habría sido posible concebir las
estrategias políticas. No se escuchó nunca de Martí
un agravio soez hacia sus compañeros de campaña. El
fuego de su verbo se encaminó siempre en una sola dirección:
la libertad de Cuba.
Sabía que "los hombres andan en dos bandos: los que aman
y construyen y los que odian y destruyen". Por eso tuvo el exquisito
cuidado de calificar la lucha por la libertad como "la guerra necesaria".
Sembró en las mentes de sus seguidores el precepto de que
"libertad es el derecho que todo hombre tiene a pensar y a hablar
sin hipocresía". Y, lógicamente, dejó bien
claro que era un derecho de todos, no de unos cuantos y mucho menos
de él solo.
Confiaba tanto en la madurez y la visión política
que ofrecía el conocimiento humano, que alguna vez dijo algo
lapidario: "ser cultos, para ser libres".
Eran muchas virtudes en un solo hombre. Y debió combinarlas
con una convicción y una diplomacia extraordinarias, para
que guerreros endurecidos por el fragor de innumerables batallas,
como Maceo, Gómez y García, creyeran en él
y lo siguieran. Esto, además, confiere una tremenda estatura
política a las figuras de estos tres hombres, y de muchos
otros, porque se requiere grandeza de espíritu, patriotismo
y humildad para tener la categoría de héroes y con
ella aceptar los planes de un poeta.
Posiblemente, la mayor contribución de Martí a la
historia de Cuba fue la derrota que propinó, al menos temporalmente,
al caudillismo y la falta de unidad. No se le veía interesado
en el poder, ni en la gloria, sino en la Patria. Ello ayudó
a que los héroes de otras contiendas se sintieran atraídos
por su ideario.
La propia vida de Martí, por otra parte, desmiente la tesis
de que el exilio es algo ajeno a la nación. El mismo vivió
14 años en Estados Unidos, y muchos más en otros países.
Como una buena parte de los exiliados de hoy, Martí no podía
entrar en territorio cubano. Igual destino habían sufrido
hasta entonces otros muchos héroes.
El empeño martiano de desarrollar "la guerra necesaria"
muestra la validez de utilizar cualquier medio digno para obtener
la libertad. Ello ocurrió en un momento histórico
muy similar al de ahora. La testarudez de la Corona española
de aquella época le negaba a los cubanos el derecho a tener
una patria propia. La testarudez de Castro en todos estos años,
le ha negado espacio en la sociedad cubana a aquéllos que
tienen un punto de vista diferente al suyo.
Seguramente, si España no lo hubiese obligado, Martí
nunca habría optado por la ruta de la violencia. Era un hombre
hecho para el verso y la enseñanza, para lo más sublime
de la vida.
A los 42 años de edad, después de haber vivido intensamente,
Martí fue atravesado por las balas españolas, a los
pocos días de haber desembarcado en Cuba. Gómez no
le había permitido participar en una escaramuza militar,
debido a su inexperiencia en los campos de batalla. Pero Martí
tomó su caballo y se dirigió hacia las armas enemigas.
Es difícil creer que un hombre de su inteligencia no se percatara
en aquel instante de que iba camino de la muerte.
"Ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi
país...", le escribía a su amigo Manuel Mercado poco
antes de marchar al combate.
Estudioso de la trascendencia de los grandes legados, Martí
conocía la importancia de éstos en la historia de
los pueblos. Sabía que la humanidad se había transformado
sustancialmente desde la Crucifixión de Cristo, que América
adquirió una nueva dignidad a partir de las hazañas
de Bolívar. También era consciente del valor de su
propio legado, y de la necesidad de que Cuba se transformara sustancialmente
y adquiriera una dignidad diferente.
Se desplomó de su caballo, creamos, ¿por qué no?,
que lo hizo "de cara al sol", a sabiendas de que "la Patria es ara
y no pedestal". Desde entonces escaló peldaños reservados
a los héroes más sagrados y se le consideró el
Apóstol de la Independencia de Cuba. Difícilmente habría
aceptado en vida ese título, y por supuesto que si pudiera
renunciaría a él a cambio de la libertad de Cuba. Y
después, herido por haber sido manipulado por "los que odian
y destruyen", habría pedido, si no existe la voluntad de escucharlo,
que al menos se le deje descansar en paz, en su universo cristalino
de versos sencillos.
Frases que ilustran el
pensamiento martiano
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