

Fanatismo y Pragmatismo de los Tiranos
"Lo menos que un evento pueda anticiparse, sin importar que sea
placentero o doloroso, mayor será el placer o el dolor que cause.
Nunca se aprecia eso más claramente que en la guerra, donde la sorpresa
siembra el terror incluso en los corazones más bravos."
Xenophon
Un elemento importante en el éxito de los movimientos totalitarios es
la aparente contradicción entre fanatismo y pragmatismo de sus cuadros
dirigentes. La medida del éxito de los caudillos populistas está anclada
precisamente en el reconocimiento y utilización inteligente de esa engañosa
"contradicción".
Algunos historiadores acreditan un poco superficialmente a Franco como el típico
y clásico ejemplo del caudillo que mantiene la cohesión de su régimen
mediante la síntesis de las diferentes (y antagónicas) facciones
que apoyan su mando. Es cierto que el diminuto y cazurro dictador ferrolano al
inicio de su régimen insistía en mezclar su uniforme de general
con una camisa azul y el yugo y flechas de los fascistas de la Falange, al mismo
tiempo que cubría su cabeza con la boina roja de los requetés de
Navarra. Sin embargo, esa concesión a irreconciliables facciones era sólo
simbólica y hasta irónica, pues el único apoyo incondicional
que necesitaba el dictador era primordialmente del Ejército, con la Iglesia
en segundo lugar.
Nadie dude que estas dos instituciones tradicionales de la España de los
años treinta, cuarenta y cincuenta del pasado siglo (junto a la ayuda
exterior nazifascista) hicieron posible para Franco tanto la victoria en la guerra
como la subsiguiente dictadura vitalicia. Sin embargo, existen abundantes evidencias
históricas que en todo lo que significara poder político real,
Franco desafió con éxito a la jerarquía eclesiástica
española en general y al Cardenal Segura en particular.
Sus relaciones con el Ejército fueron mucho más cuidadosas y circunspectas.
Sin ciertos aliados como el famoso “General Radio” (Gonzalo Queipo
de Llano), quien aunque republicano y masón, tomó y mantuvo Sevilla
desde el inicio de la guerra, la victoria final habría sido problemática.
El iconoclasta Queipo, aficionado al alcohol y al lenguaje “florido”,
aborrecía tanto al gobierno de la República como al propio Franco,
a quien en privado llamaba despectivamente “Paca la culona”. Es irónico
que el único desafío militar serio contra Franco viniera de la
derecha. El antiguo jefe de la “División Azul” y germanófilo
General Agustín Muñoz Grandes, se complotó para derrocar
a Franco y hacer posible la entrada de España en la guerra a favor de
las potencias de Eje. Descubierta la conspiración de Muñoz Grandes,
sólo su historial como héroe de guerra lo salvaría del patíbulo.
Es aún más complicado el análisis de la siniestra habilidad
de Hitler, quien a diferencia de Franco, Castro o Lenín, no debía
su poder a la violencia, sino que llegaría al mismo a través de
las contradicciones de la democracia. Sin embargo, su primera e inmediata tarea
consiste en establecer una alianza con los aristocráticos Junkers prusianos
y asegurarse el respaldo castrense, instituciones que justificadamente desconfiaban
y temían los desplantes revolucionarios del nacional-socialismo y en especial,
a la reconocida cabeza de sus tropas de choque, el notorio Ernst Röhm. Este
brutal jefe de las llamadas SA (“camisas pardas”) y notorio homosexual
fuera del closet, era más viejo en el movimiento nazi que el propio Hitler
y no aprobaba acercamiento alguno a quien no comulgara con su credo revolucionario
y socialista. Las SA eran mucho más numerosas y precedían cronológicamente
no sólo a las SS (“camisas negras”), sino al propio régimen.
Las SS, predio de fanáticos incondicionales de Hitler como Himmler y Heidrich,
se crearon en un principio sólo como guardia del dictador, a quien juraban
lealtad personal. Más tarde se expandieron, aunque nunca se aproximaron
en números a los paramilitares de Röhm hasta el estallido de la Segunda
Guerra Mundial y su eventual transformación a unidades militares.
Röhm hizo discursos con declaraciones agresivas e imprudentes en la presencia
de Hitler en mítines masivos de las SA, poniendo de manifiesto sus aspiraciones
a convertir a sus camisas pardas en el Ejército Popular de Alemania, substituyendo
al Reichswehr. En referencia a esos discursos uno de los generales de este último
declaró que el rearmamento de Alemania era “un asunto demasiado
serio para que se tolere en él la interferencia de vagabundos, borrachos
y homosexuales”
Por su parte Hitler no toleraría interferencias de nadie en el camino
a sus aspiraciones de poder absoluto y en consecuencia desató una fulminante
ola de terror durante la madrugada del 30 de junio de 1934, conocida en la historia
contemporánea de Europa como “la noche de los cuchillos largos”.
En el plazo de 24 horas centenares de viejos oponentes y otros muchos que habían
sido catalogados por la inteligencia nazi como probables y peligrosos futuros
opositores, fueron sumariamente ejecutados. Otros miles fueron arrestados y enviados
a campos de trabajo. El “affaire” Röhm fue utilizado como excusa
para elimar o aprisionar a varios miles y no sólo entre las filas de los
jefes de las SA. Al mismo tiempo el régimen nazi, que admitiera oficialmente
haber ultimado sólo a 74 personas, estableció de súbito
el terror como arma política para imponerse a la ciudadanía.
Consciente de la inmensa popularidad que temporalmente lo respaldaba, Fidel Castro
hizo otro tanto en Cuba, pero racionando el terror en una progresión ascendente
de 24 meses. Con este propósito Castro utilizó aquellos entre sus
seguidores a quienes reconocía como sus inferiores intelectuales, tales
como su hermano menor Raúl, el sicópata argentino Ernesto Guevara
y el antiguo delincuente común Ramiro Valdés (a quien escoge como
jefe del terror por su apariencia siniestra). Esto le permitió sugerir
la fantasía (increíblemente aceptada por muchos durante mucho tiempo)
de que existía una diferencia moral entre él y sus secuaces.
El fanatismo de los ignorantes y el pragmatismo de quienes los pastorean son,
combinados, la piedra angular de la supervivencia totalitaria. Esa supervivencia
es la única yarda para medir el éxito o el fracaso de un régimen
tiránico, pues el gobierno total es siempre incapaz de hacer feliz a la
sociedad.
© Hugo J. Byrne
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