

Cuando un grupo de unos diez voluntarios de Cuba libre en el ejército norteamericano tomamos el tren con ese destino en Aurora Station Coral Gables, a fines de 1962 o comienzos del 63, el dueño o administrador racista del restaurante donde estábamos asignados a almorzar, rehusó servir a uno de los nuestros, quien era de la raza negra. Eso dio motivo a un incidente que concluyera con nuestro ayuno colectivo en apoyo al compatriota. Nuestra actitud era consecuente con la solidaridad hacia un cubano que era ignominiosamente discriminado.
Ahora, el candidato presidencial Barak Obama, en un torpe esfuerzo en diferenciarse del racista y antinorteamericano antiguo Ministro de la Iglesia de la Trinidad, quien fuera su pastor por casi 20 años y es aún su “confidente y amigo”, lo comparó con su abuela materna. En una posterior entrevista, Obama definió a esa abuela suya como una “típica” persona blanca.
El discurso del senador por Illinois no contribuyó en un adarme al supuesto objetivo de “reconciliar las divisiones raciales que sufre la nación.” La llamada prensa de main stream, como era de esperar, fue característicamente laudatoria, demostrando su peremne y sublime desconección a la realidad. Chris Mathews de MSNBC comparó favorablemente la elocuencia de Obama a la de Martin L. King y Abraham Lincoln. En substancia, la pieza oratoria de Obama culpó todas las miserias negras, incluso las actuales (como la desproporción en la población penal), en los excesos e injusticia de los blancos.
El “mito” de la corrección política, nos dijo, hizo posible la coalición de Reagan y es responsable por la injusta propaganda de los “talk shows” y aupándose en esa falsedad, más de un comentarista conservador hizo carrera. ¿Quién puede asombrarse que esa pieza oratoria recibiera laureles a granel de la prensa radicalmente izquierdista cómo Los Angeles Times, Washington Post, Newsweek, Time Magazine, CNN o MSNBC?
¿Es necesario acaso recordarle a los amables lectores que el Barak Obama que obtuviera tanto entusiasmo y respaldo durante las primeras elecciones primarias se nos mostraba como un candidato nacional, apelando a la integridad social de Norteamérica y rechazando toda referencia racial? ¿Qué diferencia existe ahora entre su retórica política y aquella de los sempiternos beneficiarios de la victimización racial como los “reverendos” Jessie Jackson o Al Sharpton? Si aceptamos la noción de que un blanco “típico” teme a desconocidos con quienes se cruza en la calle, soy extraordinariamente feliz de no contarme entre ellos.
El Senador por Illinois agregó que ese sentimiento de prevención racista ha sido indeleblemente integrado a la “cultura blanca” por políticos deshonestos en un esfuerzo malvado de mantener privilegios. ¿Existe alguna diferencia entre esa retórica y la que cotidianamente usan los enemigos de Estados Unidos, tanto domésticos como extranjeros?
De acuerdo a lo que sé, soy de raza blanca. Eso es lo que deduzco de los antepasados que conozco tanto en España como en Irlanda, incluyendo a la bisabuela norteamericana. Sin embargo, eso carece para mí de importancia alguna. No me concierne, ni me preocupa, ni me define. Lo que sí considero muy importante al determinar quién soy, es la procedencia cubana, pues ella indica mi cultura. Y esa cultura y su corolario, el idioma español, explican en gran medida mi idiosincrasia, definiendo, al igual que a muchos otros viejos cubanos del “exilio histórico”, quien realmente soy.
Gracias a esa cultura no temo irracionalmente a nada ni a nadie. No por “machismo”, pues las mujeres de la misma extracción comparten igualmente esa actitud. Se trata simplemente de que “quien no la debe, no la teme”. Por otra parte, también esa cultura me enseñó a enfrentar el peligro cuando realmente acecha y se manifiesta prácticamente, e incluso procurar los medios que igualen o provean la ventaja ante un enfrentamiento de violencia, cuando no existe otro remedio, sin preocuparme por las posibles consecuencias. Esto último ha sido hábito cotidiano, por lo menos durante mis últimos cuarenta años (ya tengo 73 cumplidos) y en especial desde que escribo esta columna, la que siempre me está ganando lectores y simpatías, pero también oponentes y algunos violentos. Eso me hace, de acuerdo al candidato presidencial por Illinois, un hombre blanco que no es típico.
En este asunto de las relaciones raciales, por lo que he podido observar, los cubanos naturalizados norteamericanos tenemos una inmensa ventaja sobre los nativos. No tenemos complejo genético de culpa ni vocación de víctimas. No debemos nada a nadie, no nos atemoriza que injustamente nos llamen racistas, o cualquier otro insulto tan similar como inmerecido.
En Cuba (antes de que Castro y su recua de delincuentes apareciera desgraciadamente en la escena) las relaciones entre las razas fueron muy elocuentemente definidas durante la Guerra de Independencia, el fatídico 7 de diciembre de 1896. En esa ocasión el Capitán Francisco Gómez Toro, hijo del supremo jefe militar del Ejército insurrecto, el dominicano General Máximo Gómez y Báez, perdió su vida tratando sin éxito de salvar la de su jefe, el Lugarteniente General Antono Maceo y Grajales. Maceo, mulato guerrero veterano de cien combates y ostentando docenas de cicatrices de hoja y bala. Panchito, blanco, quien veía en su jefe a la personificación de Cuba y de sus intereses más caros. Esa legión de elegidos sólo conocía de la lealtad hacia la patria y hacia cada otro soldado, sin importar las diferencias de raza. Por contraste, al independizarse las 13 Colonias del yugo británico, los negros en la nueva nación no eran considerados como seres humanos, sino como propiedad que podía comprarse y venderse.
¿Será por eso que los socialistas impropiamente llamados “liberales”,
no disimulan su odio por nosotros? ¿Será real y simplemente
odio, o será tan sólo envidia? ¿Qué opinan
los amables lectores?
© Hugo J. Byrne
La Columna de Hugo J. Byrne
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