

“La única máxima de un gobierno libre debe ser nunca
confiar en un hombre el poder de amenazar la libertad pública”.
(Diario de John Adams, segundo presidente de los Estados Unidos).
Durante varios meses de 1939, el Coronel Charles A Lindbergh, famoso primer piloto en volar sobre el Océano Atlántico sin escalas, sirvió en la Reserva del “United States Army Air Corps” y en el Consejo Nacional de Aeronáutica. Durante ese tiempo se convirtió en vocero pacifista y habló en favor de la neutralidad de Estados Unidos en la Guerra Mundial. En los años treinta Lindbergh visitó la Alemania de Hitler, sosteniendo una entrevista con Herman Goering. A su regreso de Europa hizo pública su admiración por la alta calidad de la Fuerza Aérea Alemana. Más tarde en 1941, durante los meses que precedieran al ataque a Pearl Harbor y la consecuente entrada de Norteamérica en el conflicto, Lindbergh testificó ante un subcomité congresional su oposición a la ley de “Lend-Lease”.
En sus declaraciones el Coronel manifestó su deseo de que no hubiera vencedores en la guerra de Europa y que pudiera obtenerse una paz negociada. El pionero de los vuelos trasatlánticos reflejó la ingenuidad típica de los pacifistas y su ignorancia de los reales propósitos de Hitler, remedando la de los políticos británicos de 1938; pero hombre de honor y conciencia, Lindbergh renunció su comisión cuando el Presidente Franklin Roosevelt criticara severamente su actitud.
Después de la entrada de Estados Unidos en la guerra, el veterano piloto de Michigan sirvió de nuevo y honorablemente a su país, estudiando la posibilidad de ampliar el radio de acción del caza-bombardero P-38 “Relámpago” de la Lockheed. A esos efectos Lindbergh voló 50 misiones de combate, a una edad en que el promedio de los oficiales pilotos de su rango hacían la guerra desde tierra firme. Los estudios de Lindbergh permitieron extender el radio de acción del P-38 por más de 500 millas.
Aunque antaño pudo haber sido considerado germanófilo, una vez desatadas las hostilidades del Eje contra Estados Unidos, la actitud de Lindbergh fue de absoluta fidelidad a su patria y de total dedicación a la victoria. Durante esa guerra otros individuos quienes eran completamente desconocidos antes, se cubrieron de ignominia traicionando a sus respectivas naciones. La notoria “Tokio Rose” y su contrapartida en el frente occidental, el británico “Lord Haw Haw”, contribuyeron abiertamente a la propaganda radial enemiga. Ambos pagaron su perfidia con penas de privación de libertad. La única famosa personalidad que traicionara la causa aliada durante el conflicto fue el poeta Ezra Pound, quien hipnotizado por la propaganda fascista también hizo declaraciones desde Roma acusando al Presidente Roosevelt y “su gavilla de judíos” de “responsabilidad moral por la guerra”. Capturado en Italia, Pound fue declarado loco por un panel siquiátrico estudiando su capaciad para enfrentar acusaciones de alta traición ante una corte norteamericana. Después de algún tiempo en un asilo para dementes en Estados Unidos, Pound regresó a Italia, donde murió a principios de la década del 70.
Durante la Guerra de Vietnam personas llamadas “celebrities”, aupadas por publicidad y nó por carácter, no sólo denunciaron la política del gobierno de Estados Unidos (derecho garantizado por la primera enmienda de la Constitución), sino que expresaron hostilidad violenta hacia esta nación, sus instituciones y modo de vida. Tal fue el caso de Jane Fonda, por lo que es conocida como “Hanoi Jane”.
La tendencia a tolerar infames actos de deslealtad o colaboración con el enemigo, fue consecuencia de que, como en Corea, la guerra no había sido oficialmente declarada por el Congreso. No es justo singularizar al poder legislativo por esa falta, pues el mal se originó en ejecutivos timoratos y desmoralizados como Kennedy, Johnson y Nixon, quienes supeditando el interés nacional a deleznables ambiciones políticas, nunca tuvieron la menor iniciativa por hacer el conflicto legal.
Hay que admitir el hecho de que nunca hasta fecha muy reciente se había contemplado el espectáculo obsceno de un ex-presidente norteamericano haciendo causa común con los enemigos sangrientos de esta nación y contra sus más caros intereses. Que la organización radical musulmana Hamas es un grupo terrorista y tiene sus manos chorreando sangre inocente, incluída la de compatriotas de Carter, es tema bien conocido de todos.
Se ha dicho que ese ex-presidente es antisemita y que su hostilidad por Israel se origina en las elecciones presidenciales de 1980 cuando una coalición bipartidista de votantes lo sacó del poder, evitando así la ruina final de Estados Unidos. Afirman que Carter culpó al voto judío por esa derrota. Es cierto que voto judío históricamente favorece al Partido Demócrata en proporción de 85% y que en noviembre de 1980 ese porcentaje se redujo a menos de 60. Esa diferencia, aunque dramática, favoreció la elección de Reagan, pero sólo marginalmente.
Al mismo tiempo, las evidencias indican que Carter no se manifiesta sólo como antisemita, sino también como antinorteamericano. Si los amables lectores dudan la legitimidad de esta conclusión, visitemos juntos su record:
Durante sus nefastos cuatro años Carter nombró como Embajdor a Naciones Unidas a un radical de izquierda llamado Andrew Young. La prensa hizo hincapié en que se trataba de un embajador de la raza negra y prácticamente silenció el resto. Una de las declaraciones públicas más notorias de Young fue sobre la presencia en Angola de mercenarios castristas parcialmente pagados por los intereses petroleros de David Rockefeller y consolidando un régimen cliente de la Unión Soviética. Young llamó a los cipayos castristas “presencia estabilizadora”. Más tarde Young presidiría el frente pro-comunista “World Council of Churches”. Carter promovió adrede la toma del poder en Irán por Ayatolah Kuomeni subvertiendo al gobierno del Sha. Kuomeni invadió la Embajada Norteamericana en Teherán (acto de guerra de acuerdo a la ley internacional) y secuestró a todos los diplomáticos en ella sin que Carter levantara un dedo. Cuando la presión popular forzara a un intento de rescate a los rehenes, este fracasó ridículamente, debido en gran medida al estado ruinoso en que el antiguo comerciante de Plains mantenía a las defensas de este país. Carter forzó la toma del poder en Nicaragua por una banda de fascinerosos quienes adoptaron un himno nacional, una de cuyas estrofas llama a Estados Unidos “el enemigo de la humanidad”.
No creo necesario recordarle a nadie cuál era el índice de desempleo, el porcentaje de crédito y la inflación galopante que sufrimos gracias a Carter. Eso pertenece al pasado, pero muchos de los amables lectores vivieron ese pasado. Al presente el “Senior Stateman” se dedica a promover la paz. Eso lo hace con el método altamente sospechoso de ayudar a todo tirano totalitario que amenace los intereses y la seguridad nacional de Estados Unidos. No importa que su nombre sea Castro, Chávez, Kim Il Sung, Assad, o el Jefe del grupo terrorista Hamas. Quizás mañana sea Ahmineijad ¿Alguien se sorprendería de que podiéramos agregar pronto este último a la lista?
Este santurrón fariseo de Jimmy Carter, con su sonrisita equívoca y sus besitos al enemigo, pertenece al infierno. O, por lo menos como segunda opción, a la próxima Convención Demócrata en Denver.
© Hugo J. Byrne
La Columna de Hugo J. Byrne
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