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Hugo Byrne

La Subversión del Intelecto

Hace unos días leí en la Red un artículo de Humberto Fontova, incisivo como todo cuanto escribe, comentando la publicación de dos “nuevos” libros laudatorios del régimen castrista, en los que se intenta una vez más retorcer la evidencia histórica cubana de los últimos tres cuartos de siglo. Escribo la palabra nuevos entre comillas, porque de acuerdo a lo informado por Fontova (no tengo tiempo ni estómago para leer abortos literarios), ambos machacan la versión antillana de la exhausta cartilla marxista.

No recuerdo si ambos libros fueran escritos por miembros de la comunidad académica “liberal” norteamericana, pero al menos sí uno de ellos. También recuerdo leer en los comentarios de Fontova que ambos libros estaban destinados a convertirse en “best sellers”, en función de la positiva crítica de la prensa “liberal”. ¿Debemos sorprendernos?

A finales de la sexta década del pasado siglo leí un librito sobre filosofía política contemporánea de la escritora libertaria ruso-americana Ayn Rand. Se trataba de una compilación más o menos antológica de artículos contemporáneos de Rand. Lo que más me impresionó de esa producción de la escritora de novelas clásicas como “The Fountainhead” o “Atlas Shrugged”, no fue tanto su contenido como su título. Se llamaba “The Anti-Industrial Revolution” (“La Revolución Anti-Industrial”). Sólo que en mi modesta opinión más propiamente se debía haber llamado “La Revolución Anti-Intelectual”.

Existen básicamento sólo dos escuelas didácticas y ambas contienen elementos básicos a la educación fundamental del individuo. La primera es la que enfatiza la disciplina. La segunda es la que inspira los mecanismos del razonamiento. Suprimir una de ellas en cualquier fase del aprendizaje humano es fatídico. En esto reside el fanatismo anti-intelectual de los académicos “liberales” de Norteamérica.

Acepto que sin disciplina no hay aprendizaje posible. Un sargento mayor que conocí brevemente durante mi servicio militar en Ft. Jackson, me afirmaba que en su opinión el mejor soldado era el esclavo. “Deme usted un individuo capaz de obedecer una orden mía sin mover una pestaña. No me importa cuán bueno ha sido su entrenamiento. Un soldado así puede ser entrenado incluso durante el mismo combate. Pero un hombre sin disciplina no es un soldado y no me serviría para nada, no importa lo bien entrenado que esté”.

Quien así hablaba vestía en su uniforme una franja verde en la hombrera, símbolo de honorable servicio militar tanto en La Segunda Guerra Mundial como en el conflicto de Corea. Cuando durante los desfiles de graduación del entrenamiento vestía su uniforme de gala, lucía muchas cintas en su guerrera, representando medallas y citaciones en combate. No pongo en duda que sabía de lo que hablaba. Pero también lo sabía Martí cuando le afirmara al General Máximo Gómez (quizás un tanto injustamente), que una república no se gobernaba igual que un cuartel. La disciplina sin intelecto y creatividad es virtud sólo en un animal doméstico o en un robot. El hombre es algo más que una máquina de producción y de consumo y tiene necesidades que varían con cada individuo.

No me gusta generalizar, sin embargo, el denominador común de esa buena parte de los académicos altruístas-socialistas que plagan hoy los claustros de humanidades en Norteamérica y que definimos como “liberales”, son individuos que en mayor o en menor grado, conscientemente o nó, creen en una sociedad regimentada por una cúpula infalible como remedio adecuado a las dificultades y desigualdades materiales inherentes a una sociedad con libertad económica y política. En consecuencia, comparten una ideología (un credo) más o menos marxista, en la que la ganancia comercial es una lacra inhumana que debe ser controlada y eventualmente erradicarse y, por contraste, el estado es un organismo directivo genial, destinado a crecer eternamente.

Como los místicos alquimistas del Medioevo, estos académicos sueñan que ya encontraron su “Piedra Filosofal” en el colectivismo (la “Piedra Filosofal” es una quimérica substancia que podría convertir toda materia en oro) El estado castrista (tal como lo fue el de Stalin en el pasado) no es para ellos un despotismo totalitario, ruinoso y genocida que surgió y se mantiene por la violencia para disfrute de una ínfima minoría gobernante y a despecho de la opresión y de la miseria colectiva. Su objetivo inalcanzable es universalizar la miseria material de Cuba por medios pacíficos. No deduzca el amable lector que asevero que no puedan alcanzarla. Desgraciadamente es muy posible. Pero no incruentamente.

Por el contrario, consideran la llamada “revolución de Castro” una legítima explosión social surgida para resolver endémicos problemas económicos y sociales, intratables dentro de un estado de derecho que usa los límites de un sistema constitucional, multipartidista y republicano. Confrontados con la evidencia de lo contrario, simplemente la ignoran. Se trata de un acto de fe. Ya no quieren ni pueden aprender nada y muy especialmente de la realidad que los circunda. Confieso que antes me molestaban. Hoy no.

Para poder creer a pies juntillas en una utopía social a la larga inpracticable, encuentran necesario apartarse de la realidad. El análisis por decisión propia y necesidad de su credo social ha sido totalmente eliminado. Ettore Muti, guarda espaldas de Mussolini, piloto en la Guerra Civil de España y en Etiopía, espía durante la Segunda Guerra Mundial y fanático fascista, manifestaba abiertamente su desprecio al intelecto, haciendo alarde de haber dejado de leer periódicos a los quince años. Estos colectivistas norteamericanos son mucho más discretos, pero cuando como en el caso de Cuba las evidencias históricas apuntan en una dirección diferente a su fe, también cierran los ojos y los remanentes razonables en su proceso mental.

Por eso nunca debemos llamar intelectuales a quienes rehusen aceptar la realidad, no importa cuantos logros académicos se les atribuya.

© Hugo J. Byrne

La Columna de Hugo J. Byrne


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