

El Debate sobre el Socialismo de Obama
Preguntado si se consideraba socialista por un reportero del diario The New York
Times, el Presidente Obama respondió con evasivas, básicamente
ignorando la pregunta. Más tarde el Ejecutivo llamó a las oficinas
editoriales del Times en un torpe intento de aclarar su posición. Dijo
Obama que su primera reacción fue muda por no considerar que tal pregunta
podía hacérsele seriamente. Este es uno de esos casos que reafirma
el conocido refrán de un remedio haciendo más estragos en la salud
que la enfermedad que pretende curar.
Viniendo de un órgano de prensa izquierdista y simpatizante abierto de
la agenda demócrata como el Times, esa pregunta sólo podía
ser perfectamente seria. Además, de manera muy significativa, Obama tampoco
contestó la pregunta en su conversación telefónica. Por
lo menos no lo hizo en la porción de la misma que fuera publicada por
los medios de comunicación. El presidente se limitó a repetir lo
que todo el mundo sabe. Dijo Obama que su administración no había
iniciado la política fiscal de utilizar el patrimonio público para
salvar de la ruina a las instituciones de crédito.
Eso me recuerda el intercambio entre un viejo amigo y un patrullero de vigilancia
de las carreteras de California, quien le daba una citación para comparecer
ante la corte por violar la velocidad máxima en una calle en la que el
límite era de 35 mph. Mi amigo le indicó al agente que otros automóbiles
en ese mismo momento también corrían a exceso, quizás a
45. Sin inmutarse el patrullero le contestó que de acuerdo a su radar
mi amigo manejaba a 49. “Pero lo único importante...”, agregó el
policía con lógica irrefutable, “...es que lo detuve a usted
y no a ellos. Esta citación es sólo suya. Por favor, firme aquí”.
Como bien ha dicho el sesudo comentarista y autor John Stossel, no tiene sentido
seguir soplando aire cuando el globo ya se reventó.
El recurso de justificar actos irresponsables, reprobables o incluso ilegales,
con el pretexto de que otros también lo hacen, es tan antiguo como la
humanidad y tan deshonesto como la estafa. Eso no debe tentarnos a ignorar que
hasta que el gobierno de Obama rompiera en menos de tres meses todos los records
de despilfarro y déficits presupuestarios desde la llegada de los peregrinos,
era la administración de Bush la que se llevaba la palma.
No estoy considerando gastos que la sociedad requiere para el mantenimiento de
la integridad nacional y los derechos ciudadanos, como los de defensa y guerra
contra el terrorismo (esta última actividad continúa, aunque los
ridículos “snobs” de la presente administración prefieran
llamarla con otro nombre). Me refiero a renglones del presupuesto que no son
legítimas obligaciones del estado, de acuerdo a la constitución
que supuestamente lo rige. Durante el gobierno de Bush, incluso durante sus primeros
seis años, cuando los republicanos tenían aún mayoría
en el Congreso, los gastos deficitarios incongruentes con la responsabilidad
fiscal, el comercio libre y las atribuciones legítimas del estado crecieron
exorbitantemente.
En Estados Unidos como en el resto del mundo, la inmensa mayoría de la
gente no tiene la menor idea de qué es socialismo. Con perdón de
mis compatriotas exiliados, esa ignorancia increíblemente se extiende
también a una buena parte de nosotros. Recuerdo bien cuando visitando
Miami a mediados de los años 90 conversé brevemente con una pareja
de cubanos de entre cicuenta y sesenta años de edad, con quienes coincidí en
un restaurante del South West. Me dijeron estar muy preocupados con la política.
Al demostrar curiosidad por su preocupación, me aclararon que temían
que el entonces recién estrenado Vocero de la Cámara de Representantes,
Newt Gingrich, les redujera sus pensiones de “disability”. Tratando
de comprender el origen de su retorcida ansiedad, eventualmente supe que tenían
un hijo activista profesional del Partido Demócrata, quien los había
convencido de que los conservadores representaban una amenaza real a su modus
vivendi.
Hace tiempo comprendí que el socialismo, además de doctrina política
ruinosa conducente a la infelicidad social, es también un estado mental.
Un irracional estado anímico de dependencia o de aspiración a dependencia.
No me refiero a quienes por razones poderosas ajenas a su voluntad necesiten
ayuda para subsistir, como inválidos, enfermos mentales, niños
sin apoyo y ancianos menesterosos. Muchas personas física e intelectualmente
hábiles, aspiran a la creación de un utópico ámbito
social establecido por la ley y que totalmente ajeno al concurso del esfuerzo
inteligente y laborioso, garantice y proteja todas las necesidades humanas sin
excepción.
De esta pretensión irracional emana la teoría absurda del derecho
popular al patrimonio privado. Eso es en esencia el socialismo. En suma, los
socialistas, tanto los sofisticados como los inconscientes, son piratas holgazanes
que aspiran a robar el peculio ajeno con la protección de la ley y, de
ser posible, con el consenso popular. Esto es, robar impunemente, sin incurrir
en riesgo personal, amenaza de prisión o estigma social.
No es casualidad que todos los políticos “progresistas” (incluídos
los revolucionarios que abogan abiertamente por el socialismo), desde los intelectuales
quienes desarrollan la teoría, como Marx, hasta los que optan por la acción
dirigiendo revoluciones sangrientas, como Castro, tengan el denominador común
de nunca haberse ganado el pan de cada día con su propio esfuerzo. Para
todas sus necesidades siempre contaron con la contínua generosidad de
otros, fueran ellos familiares, amigos o asociados. Esa condición se aplica
también a una buena parte de los políticos profesionales de todas
las gamas en los Estados Unidos y a sus asociados en la esclerótica burocracia
oficial. Esta realidad por sí sola constituye un formidable argumento
para limitar el número de períodos para todas las posiciones electivas
de esta república, incluyendo al Congreso.
Esa característica también define el credo político del
Presidente Obama. Si su inclinación obsesiva a expandir las obligaciones
y el poder del estado no fuera tan evidente, nadie le habría preguntado
si se consideraba o nó socialista. Aún más, algunas de sus
respuestas a legítimas preguntas lo delatan como abanderado furibundo
de un estado cada vez mayor, capaz de reducir extensamente la autonomía
individual de los norteamericanos, ejercerciendo sobre nuestras vidas un dominio
empobrecedor y excesivo, contrario a las mejores tradiciones norteamericanas.
© Hugo J. Byrne
La Columna de Hugo J. Byrne
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