

¿República Bananera?
Rechazando la tentación de escribir esta semana sobre el gorilócrata
de Caracas y su “victoria” electoral, me remito a las prioridades.
Hace alrededor de dos años y en uno de los últimos trabajos
que publicara antes de su muerte, mi hermano comentaba algunas de las observaciones
de un artículo previo por el autor y periodista Carlos A. Montaner
sobre la decadencia de Estados Unidos. Comparar los procesos sociales presentes
con los de antaño requiere honestidad y profundidad intelectual, virtudes
que Mario Byrne sin duda tenía, aunque se pueda pensar que la recomendación “es
cercana”.
Creo que no es fácil apreciar adecuadamente el deterioro de cualquier
sociedad cuando se la observa sólo desde dentro. Es el mismo principio
de percepción incorrecta en que podríamos caer juzgando el
deterioro humano, cuando mantenemos contacto social frecuente con una persona,
a diferencia de verla solamente cada diez o veinte años.
La mayoría de los exiliados cubanos de mi generación llegaron
a estas costas en los primeros años de la década de los sesenta
y la primera muy positiva impresión general aún perdura. Es
fácil para nosotros idealizar nuestra vieja admiración por
la sociedad norteamericana, cerrando los ojos ante la realidad cuando esta
no es agradable: “¡Por algo se ha creado la enorme capacidad
de esta nación!”, decimos con imprudente frecuencia. Sería
más sensato que tratáramos de analizar sobre qué bases
se edificó esa enorme capacidad y apreciar si esas bases se mantienen
o nó firmes. Es muy peligroso ignorar la realidad y parte de la realidad
nuestra es que la sociedad norteamericana de hoy es profundamente distinta
a la que conocimos a nuestro arribo.
El problema real que enfrenta Estados Unidos no es de déficits presupuestarios
monstruosos comprometiendo a generaciones futuras, o centralización
arbitraria del siempre creciente poder de Washington, o despeñadero
económico-social empujándonos a la condición de siervos
del estado. La verdadera tragedia nacional reside en que todo eso es producto
de una demanda popular, que a su vez refleja creciente corrupción
intelectual en la sociedad. Quieren que los guíen, pues en apariencias
es más cómodo. El pueblo de Estados Unidos demanda que lo protejan
de sí mismo. Es como una manada presa de pánico y en estampida,
requiriendo un pastor que la controle. Se termina la república de
leyes y nace la democracia mesiánica ¿Es éste el sueño
norteamericano? ¿Refleja eso las aspiraciones de George Washington
o de John Adams? ¿Es los Estados Unidos todavía la misma república
que admiró de Toqueville? No cabe duda que vivimos en democracia,
pero si esto es aún una república constitucional, es muy debatible.
La semana pasada una comisión de la Cámara de Representantes
trabajando a puertas cerradas compuso un mamotreto de más de mil páginas
de tamaño oficial, que fue rápidamente aprobado por el pleno
de ese mismo cuerpo legislativo sin que nadie leyera su contenido. Los burócratas
que confeccionaran ese aborto trabajaron cada uno por su cuenta siguiendo
las instrucciones de los distintos congresistas para quienes trabajan.
Después el Senado aprobó una versión muy ligeramente
recortada del mismo parto de los montes y una comisión bicameral negociadora
compuso una versión final que volvió a incorporar muchos de
los pocos gastos ridículos que el Senado eliminara. El proyecto de
ley mientras escribo esto está listo para la firma presidencial y
cuando ello ocurra, casi 800,000 millones de dólares en gastos federales
serán agregados a la deuda nacional, aumentando la misma a un nivel
tan alto que acaso estén aún pagando nuestros biznietos o sus
hijos en los albores del siglo próximo.
¡Porque sencillamente no hay dinero! Todo esto amigo lector, requiere
crédito. No parece que haya nadie en el universo con deseos de asumir
esa responsabilidad y en consecuencia se imprimirá el dinero necesario. ¿Alguien
se acuerda de cómo se precipita la inflación? Si la recesión
con sus terribles pérdidas en empleos y oportunidades justificadamente
nos parece dolorosa, ¿qué haremos cuando el dinero pierda su
valor vertiginosamente? ¿Alguien recuerda lo que una crisis similar
hizo de la República Alemana de Weimar? ¿Alguien recuerda
el origen de Hitler y de sus nazis? ¿Alguien recuerda lo que todo
eso trajo al mundo?
Por el momento la justificadísima primera reacción del amedrentado
capital es la de retirada. Mientras escribo esto la dilapidada bolsa de valores
está perdiendo más de doscientos puntos adicionales. Y en tanto,
el Mesías-presidente, quien parece creer como Mussolini o Castro que
gobernar y hacer política son labores similares, nos informa en su
descarga cotidiana de cómo todo este opio ruinoso va a redundar en
beneficio colectivo y así evitar la catástrofe.
¿Evitar la catástrofe? La catástrofe ya está aquí y
ha sido manufacturada por la corrupción de Washington, los políticos
venales y ambiciosos de ambos partidos y sus cómplices en los seudo-negocios
dependientes del presente sistema de clientelismo político. La catástrofe
está aquí, iniciada durante la administración anterior
y triplicada por la presente. La catástrofe ya está aquí,
abonada eficientemente por una prensa amarilla que desde hace mucho tiempo
está en el bolsillo de maquinarias políticas, con la consigna
de culpar al mercado de los fracasos forzados en él por Washington
y sus corifeos. Aún peor que todo eso, la catástrofe ha llegado
en hombros de la apatía y corrupción de una gran parte de la
ciudadanía, sin duda más preocupada en su propio disfrute presente
que en el futuro de sus hijos.
En crítica a las mismas lacras pero con evidentes implicaciones racistas,
se acuñó la frase “república bananera”,
referiéndose despectivamente a naciones de América hispana
afectadas de clientelismo político, en donde el mandamás de
turno (sin importar si era producto legítimo o de cuartelazos), era
quien decidía todo, en virtud a la base de corrupción que establecía
su mando y donde la ley fundamental era papel mojado. ¿Alguna diferencia
con el Washington de hoy?
© Hugo J. Byrne
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