

El Relativismo Moral
“Las utopías mueren lentamente y hacer equivalencias absurdas
es uno de sus últimos refugios”
Jean-Francois Revel
En días recientes el expresidente Bill Clinton manifestó su opinión
de que la crítica a Washington, cuando excede ciertos límites,
puede tener resultados graves y hasta violentos. Nos recordó Clinton el
adagio socorrido de que las palabras tienen consecuencias. Si alguien debe saberlo
es Clinton. No trato de utilizar ironía.
Después del criminal y sangriento asalto terrorista al Edificio Federal
en Oklahoma City, Clinton hizo unas declaraciones muy similares a las de ahora,
las que algunos comentaristas políticos acreditaron con el inicio de su “come
back” político, después del desastre demócrata en
las elecciones parlamentarias de 1994. No necesito recordarle a los lectores
que el arte de la política consiste en impresionar a la gente. Eso se
hace con gran éxito a través de palabras.
Por supuesto cuando el tema al que se alude carece de relación evidente
con la retórica usada al aludirlo, se está utilizando demagogia.
Al refrán de que las palabras pueden tener consecuencias graves yo agregaría
que las usadas demagógicamente tienen por lo general las peores. En ese
campo los cubanos tenemos tristes y severas experiencias históricas.
Y a propósito de Cuba y de palabras irresponsables, el Cardenal Ortega
recién hizo declaraciones que podríamos definir como demagógicas
por antonomasia. Parece que el Cardenal se sintió obligado a decir algo
crítico sobre la represión violenta ejercitada en Cuba. No es que
ahora mismo Ortega se percatara de esa actividad o que tales acciones sean nuevas.
Han sido rutina por más de 50 años y el Cardenal sabe de ellas
tan bien como cualquiera. La diferencia estriba en que ahora los medios de comunicación
permiten fotografiar o hacer videos con simples teléfonos celulares y
que esas fotos y videos pueden ser transmitidos incluso fuera de Castrolandia.
No se puede aspirar a ser guía del espíritu en una comunidad y
al mismo tiempo ostensiblemente cerrar los ojos ante el abuso y la crueldad que
se perpetran contra ella.
Aún así, la crítica de Ortega habría sido genuínamente
apreciada si no fuera por que se sintió en la necesidad de agregar “un
poquito de cal a la arena” para ser considerado “imparcial”.
Ortega estableció un paralelo grotesco e inaceptable entre los llamados “actos
de repudio” que monta en Cuba el régimen castrista con chusma militarizada
e impune y las protestas civiles que organiza el exilio para denunciar a los
personeros del régimen quienes visitan estas tierras en virtud de la libertad
que les otorga.
La referencia del Cardenal a lo que llamó “violencia mediática”,
diatriba evidentemente dirigida contra la libertad de expresión, parece
copia fiel del discurso (si es que puede llamarse así) del macaco llanero
Hugo Chávez Frías, dictador totalitario (y aspirante a vitalicio)
de Venezuela. Ese subterfugio que intenta justificar lo injustificable, es una
de las maneras más conocidas de establecer una falsa equivalencia moral
entre el criminal y sus víctimas.
Resisto hoy la tentación a extenderme en las razones temporales y seculares
que promueven a individuos tales como Ortega a la Curia. No es ese el propósito
de este trabajo y en consecuencia, quede eso para otra oportunidad. El yunque
sobre el que quiero descargar mi martillo de esta semana es la falsa equivalencia
moral entre un sistema opresor y totalitario y otro, imperfecto como todo lo
humano, pero al menos capaz de reconocer esa realidad.
Ese relativismo moral que tiene su origen en divagaciones seudofilosóficas
y némesis en el razonamiento lógico, niega la existencia de la
realidad. Una de las observaciones más estúpidas jamás puestas
en letra impresa es aquella de que quien es terrorista para unos es libertador
para otros. Quien usa la violencia contra inocentes es solamente terrorista,
no importa cuál sea su filiación o bandera. Tampoco sus aspiraciones
pueden justificar violencia contra inocentes, pues desde el punto de vista ético
el fin nunca justifica los medios.
Todo individuo tiene ciertas aspiraciones vitales y ellas se reflejan colectivamente
en la sociedad a la que pertenecen. Los tiranos y sus corifeos confunden a propósito
esas legítimas aspiraciones con derechos. Con el pretexto de alcanzarlas,
las tiranías pisotean y destruyen derechos, mientras aseguran el poder
político total.
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