

El Final del Régimen Fascista
Al amanecer del 10 de julio de 1943 el Octavo Ejército Aliado a las órdenes
del Mariscal Harold Alexander empezó a invadir masivamente el sur de
Sicilia. Aunque el enemigo en tierra evacuaba sigilosamente siguiendo una estrategia
planeada de antemano, el establecimiento de la cabeza de playa ponía
de manifiesto que la idea de Churchill de golpear “el bajo vientre europeo” era
un hecho consumado.
En el mapa se aprecia cómo el Estrecho de Messina entre Sicilia e Italia
conforma un canal natural que se estrangula frente a la ciudad siciliana del
mismo nombre. En Messina y en parte de la carretera escénica que conduce
a la pintoresca Taormina, he visto la cercana costa de Calabria y he navegando
esas aguas desde el Mar Tirreno hacia el sur y de regreso al norte. La toma
de Sicilia podía tener un sólo objetivo: el asalto a Italia.
En el verano de 1943 nadie estaba más consciente de ello que “Il
Duce” Benito Mussolini, ex Editor de “Avanti”, periódico
del Partido Socialista Italiano, fundador del Partido Fascista y Dictador de
Italia. El segundo líder totalitario en Europa cronológicamente
del siglo pasado (Lenín en 1917 y Mussolini en 1922) supo que la invasión
de Sicilia anunciaba la de la Península y con ella el fracaso final
de la aventura en la que el propio mandamás de cabeza afeitada y mandíbula
masiva había empeñado irresponsablemente el destino de Italia.
Una contradictoria combinación de inteligencia deductiva con un ego
arrogante, capaz de nublar totalmente esa virtud, el Dictador entendió en
el acto que Italia no podría continuar como beligerante. No hay evidencia
histórica, sin embargo, de que el líder de la Marcha sobre Roma
apreciara simultáneamente las fatales implicaciones personales de su
derrota.
Algunos días después del desembarco en Sicilia, Mussolini confió sus
temores a un grupo de ayudantes “...Quizás ustedes crean que este
problema no haya estado en mi pensamiento por largo tiempo, pero tras la máscara
de impasividad hay un profundo tormento que desgarra mi corazón... Admito
la hipótesis: separarnos de Alemania. Todo suena tan simple... pero, ¿cuáles
serían las consecuencias? El enemigo insistiría en nuestra capitulación
y... ¿cuál actitud asumiría Hitler?”
Desde 1939 Mussolini había disuelto por decreto la Cámara de
Diputados electa por voto popular. En su lugar estableció una “Cámara
de Fascios y Corporaciones”, grupo de consulta de líderes sindicales
y algunos hombres de negocios, férreamente controlado por capos fascistas.
Sobre esta entidad tan inoperante y decorativa como la presente Asamblea del
Poder Popular de Castrolandia, funcionaba el Gran Consejo Fascista.
Este principal órgano ejecutivo similar estructuralmente al llamado
Consejo de Estado del totalitarismo caribeño, era presidido por “Il
Duce”. Mussolini a semejanza de Castro, tenía la potestad de convocar
ese Consejo a reunión o ignorarlo indefinidamente. Sin embargo, en el
verano de 1943 a diferencia del Consejo de Estado castrista y por razones evidentes
a todos, los criterios de sus miembros habían dejado de ser unánimes.
En la superficie todos parecían incondicionales, como Roberto Farinacci,
sombrío fascista fanáticamente partidario de continuar la guerra.
Farinacci había sido pionero de los “Squadristi”, grupo
paramilitar de represión callejera precursor de la Guardia Cívica
(Porra) del dictador Gerardo Machado y de las notorias Brigadas de Respuesta
Rápida de Fidel Castro. Pero ahora también había en el
seno del Gran Consejo individuos secretamente dispuestos a arriesgarlo todo
para sacar a Italia de la guerra.
El jefe intelectual de esta conspiración era el Conde Dino Grandi, antiguo
Ministro de Relaciones Exteriores y de Justicia. Grandi había sido embajador
en Gran Bretaña por siete años durante los que había ganado
reputación de hostilidad hacia Hitler. Con un bigote y chivo similares
a los del famoso aviador fascista Italo Balbo, el noble italiano tenía
prestigio entre las esferas diplomáticas europeas. En el futuro inmediato
Grandi demostraría también disciplina, imaginación y coraje.
Otro de los conspiradores era irónicamente el entonces Ministro del
Exterior de Mussolini y nada menos que yerno del dictador, Conde Galeazzo Ciano.
El esposo de Edda Mussolini aunque pomposo y ridículo en apariencias,
era capaz de dignidad ejemplar, demostrándola cuando las diferencias
con su notorio suegro le acarrearan la muerte. El resto de los conspiradores
incluía fascistas importantes como el viejo General Emilio de Bono,
veterano de la Marcha sobre Roma y jefe de las fuerzas italianas en la Primera
Guerra Mundial, quien eventualmente también sufriría el destino
de Ciano.
El primer paso tentativo en el golpe de estado a la dictadura se daría
en la reunión del Gran Consejo convocada para la tarde del 16 de julio.
En medio de una atmósfera tensa una mayoría de 15 de los 26 miembros
demandó el restablecimiento de la autoridad colectiva que había
sido supeditada a la discreción de Mussolini “para facilitar las
decisiones de la guerra”. Grandi y Ciano de común acuerdo no asistieron
a esa sesión y el dictador no se percató en apariencias del ominoso
significado de la demanda. En definitiva el Consejo era sólo un cuerpo
consultivo.
Entre esa reunión y la próxima del Consejo programada para el
24 de julio ocurriría un dramático acontecimiento forzando la
mano del destino. Durante varios días los aliados habían dejado
caer decenas de miles de impresos sobre Roma anunciando el inminente bombardeo
de objetivos militares en la capital. Este ocurrió a las 11:00 a.m.
del 19 de julio. Los bombarderos pulverizaron la Estación Central de
trenes y los aeropuertos de Ciampino y Littorio. Las pérdidas humanas
fueron devastadoras: 1,500 muertos y casi 7,000 heridos. El pueblo romano estaba
en estado de “shock”. Nunca antes durante el conflicto la “Ciudad
Eterna” había sido bombardeada desde el aire.
En medio de la devastación se vio al Papa Pío XII quien junto
a otros sacerdotes y rodeado de una horrorizada multitud daba los últimos
ritos a las víctimas y consolaba a los sobrevivientes. La muchedumbre
se percató también de la presencia del Rey Víctor Manuel,
quien justamente había arribado en limosina y la reacción popular
fue tan rápida como negativa. El diminuto monarca se vio forzado a batir
una retirada ignominiosa. Esto aterró al Rey, quien por la primera vez
entrevió que su dinastía de casi un milenio podía estar
en peligro inminente. Para intentar prevenir semejante eventualidad el primer
obvio paso era deshacerse de Mussolini: los conspiradores del Gran Consejo
Fascista habían obtenido un aliado poderoso.
Cuando en la tarde del sábado 24 de julio de 1943 Il Duce arribara al
recinto donde se celebraría la esperada reunión del Gran Consejo,
se podía oir el vuelo de una mosca. La ponencia de Grandi para despojar
a Mussolini de toda autoridad política en Italia descansaba sobre el
podio presidencial. Devoto católico, el Conde había tomado la
comunión esa mañana y, en caso de que la suerte lo traicionara
tenía una granada de fragmentación amarrada con adhesivo quirúrgico
a un muslo. Grandi estaba resuelto a no caer vivo en las manos de los torturadores
de la policía política, tan eficiente en terror y represión
como sus colegas de hoy en Villa Marista.
Mussolini habló por casi dos horas sobre la guerra y por los siguientes
cuarenta minutos atacó la ponencia de Grandi. Durante el debate el dictador
mantuvo una expresión inescrutable, pero se le vio temblar de rabia
cuando su yerno el Canciller Ciano se agregara al coro acusador. La ponencia
de Grandi se convirtió en resolución por voto de 19 contra 7.
Más tarde, el Ministro de Corporaciones Tulio Cianetti cambió su
voto en carta a Mussolini, pero la decisión final se mantuvo por 18
a 8.
En un vano esfuerzo por revertir el golpe Mussolini pidió inmediatamente
una audiencia con el Rey. Víctor Manuel lo recibió al día
siguiente, en la tarde del domingo 25 de julio. Al Ayudante Militar del Rey,
General Paolo Puntoni le fue ordenado mantenerse listo pistola en mano a la
puerta del despacho real en Villa Savoia, lugar donde se celebró la
reunión pedida por Mussolini. Víctor Manuel informó al
Duce que el resultado en el voto del Consejo Fascista del día anterior
había trascendido al pueblo de Italia y que ese pueblo demandaba un
cambio inmediato. Acto seguido le informó que estaba listo para aceptar
su renuncia. A las dos semanas del desembarco en Sicilia el Dictador había
agotado sus opciones.
A la salida de Villa Savoia Mussolini no encontró a su chofer ni a su
automóbil. En su lugar había un destacamento de Carabinieri y
un oficial que le informó estar responsabilizado con su “protección”.
El Duce había pasado de jefe del estado a prisionero en 24 horas. “Sic
transit...”
No es el propósito de este trabajo cubrir los muchos vaivenes remanentes
en el drama del caudillo fascista. Como fueran los movimientos contínuos
a que lo forzaron sus captores para evitar que Hitler lo rescatara, evento
que finalmente ocurriera en el Hotel alpino de Gran Sasso gracias a la ingeniosidad
y audacia del Comando Skorzeny.
O cómo su intento de imponer una nueva dictadura totalitaria con la
llamada República Social Italiana fracasara miserablemente. O su vergonzosa
condición final de marioneta de Hitler, quien lo forzara a una innoble
venganza contra cinco de los miembros del Gran Consejo Fascista involucrados
en el golpe del 24 de julio. Los cinco fueron ejecutados en Verona, entre ellos
Ciano, esposo de su hija Edda, la que jamás perdonaría el crimen.
Ni siquiera su ejecución en la compañía de su amante Clara
Pettaci, a manos del tenedor de libros Walter Audisio, el que operaba bajo
un seudónimo y obedecía las órdenes de la guerrilla local.
Meras ocurrencias anecdóticas de una carrera política que ya
se había eclipsado desde julio de 1943, dos semanas después del
desembarco aliado en Sicilia.
Mi único propósito es describir un ejemplo clásico de
cómo las más sólidas tiranías totalitarias pueden
morder el polvo de súbito. Tomen nota los amos de Castrolandia, quienes
tienen esclavos examinando regularmente cuanto publica el exilio.
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