

El Futuro de Cuba y el Poder Extranjero
Se ha dicho que los estados no tienen amigos sino intereses. Esa afirmación se le acredita a un notable estadista europeo del siglo pasado, pero fue enunciada hace casi cuatro siglos por Nicolás Maquiavelo, autor y político del Renacimiento. Es exasperante que los cubanos hayamos necesitado medio siglo de tragedia nacional para parcialmente y a regañadientes, aceptar que el concepto pudiera tener alguna validez.
Estudiemos rápidamente las reacciones ante esa tragedia por los estados que por razones históricas, culturales, geográficas, genéticas o religiosas, se interesan en nuestros asuntos nacionales, tales como España, Estados Unidos, México o el Vaticano. Creo que un análisis objetivo de la política que han seguido durante los últimos cincuenta años estos cuatro centros de poder hacia el ilegítimo régimen castrista, nos debe llevar a importantes conclusiones. También creo que esas conclusiones deben influenciar la conducta futura de nuestra nación en el largo proceso de establecer en ella un orden social legítimo.
La inmensa mayoría de los cubanos, incluída la minoría que tuvo éxito en imponer una agenda totalitaria en Cuba, creía erróneamente que Washington ejercía mandato colonial sobre La Habana. Se requirió la continuidad de un totalitarianismo en deterioro de intereses cubanos y norteamericanos por igual, para que se empezara a disipar ese mito delirante. Y aún existen quienes afirman que el castrismo no es otra cosa que el producto de secretas maquinaciones yankees, aunque no puedan aportar una lógica que justifique semejante disparate. Sabemos que La Habana cuenta con colaboradores (mercenarios o ideológicos, secretos o abiertos) entre el poder económico y político norteamericano, incluyendo el Congreso de los Estados Unidos y quién sabe cuántas de sus dependencias ejecutivas. Pero de ese conocimiento a caer en una paranoia carente de evidencias hay un enorme trecho. En mi opinión esa fantasía no afecta el debate.
Lo que sí me quita el sueño es que a estas alturas muchos entre nosotros aún aplaudan ciegamente las decisiones del estado norteamericano, sin analizar como ellas puedan afectar nuestro futuro. La substancia del problema es que aunque tengamos la convicción de que los intereses de ambas naciones corran en vías paralelas hacia un objetivo común, no existe evidencia de que Washington comparta ese criterio. Si algunos entre los amables lectores dudaran esa realidad, podrían refrescar sus conocimientos históricos con decenas de ejemplos.
Es evidente que la política exterior norteamericana ha tomado frecuentes acciones negativas al interés nacional cubano, como el Tratado de París y la intervención de 1906, basada en la archinotoria Enmienda Platt, pero en realidad respondiendo a la abyecta demanda de los principales personeros políticos cubanos de entonces, tanto en el gobierno de Estrada Palma, como en la oposición en rebeldía de José Miguel Gómez. Otros ejemplos más recientes de acciones de Washington perjudicando nuestros intereses fueron los resultados de las gestiones que Franklin Roosevelt promoviera en Cuba en 1933, a través de su diplomático Benjamín Summer Wells. Ella cimentó una relación cercana nada saludable para Cuba entre Washington y Batista, la que durara hasta el temporal retiro de este último en 1944 (el apoyo que algunos afirman recibiera de Norteamérica el golpe de Marzo de 1952 es un mito de origen comunista. En realidad el cuartelazo tomó por sorpresa a Washington, quien demoró su reconocimiento a los sediciosos más tiempo que el que tomó para extenderlo a Castro en 1959).
Otros ejemplos de acciones norteamericanas en detrimento a nuestro interés son la derrota impuesta por Washington a Cuba libre en Bahía de Cochinos, el acuerdo entre Kennedy y Krutschev en 1962 y la persecución del Departamento de Justicia de Bush contra nuestros patriotas militantes durante su segundo período. La posición norteamericana hacia Cuba libre históricamente no ha sido la de un aliado. Pero si la evidencia demuestra que Estados Unidos no se ha comportado como un aliado de Cuba libre, también indica que su posición es legítima para un estado soberano y que su diferendo inicial con La Habana tiene que ver solamente con temas económico-políticos bilaterales. Ese obstáculo podría desaparecer de la noche a la mañana, tal como pudo haber desaparecido cuando el Presidente Reagan enviara al General Walters a La Habana en 1981, con el único propósito de allanar diferencias entre ambos estados.
La historia nos demuestra también que a despecho de los lazos de sangre que sin duda nos unen a España, el estado español ha sido el más encarnizado enemigo de nuestros intereses desde el siglo XIX hasta nuestros días. Esa hostilidad tuvo su cénit durante los meses terribles del mandato Cánovas-Weyler en los años finales del siglo XIX, pero siempre se manifestó de mil modos, antes y después de ese período. Durante la Guerra de los Diez años los colonialistas despojaron de sus legítimas propiedades a cubanos desafectos a la colonia con la misma perversa fruición con que lo hicieran sus herederos castristas en 1960. Sin embargo, en 1898 el estado español aseguró que los colonialistas retuvieran las suyas, con el respaldo de Washington, a través de las cláusulas del nefasto tratado de París. De esas discusiones de paz fuimos excluídos por exigencia de Madrid.
Para los gobiernos de México durante estos últimos cincuenta años el drama cubano ha sido tan sólo una ocasión más para reclamar su condición de “nación independiente de la política yankee” y para desempolvar su hipócrita matraquilla sobre la “libre determinación”, de la que siempre excluyen a Estados Unidos en todo lo que se refiera a la integridad de sus fronteras con México. La libre determinación, como la entienden los gobiernos mexicanos, se aplica selectivamente y solamente a estados y nó a pueblos.
Si España y México se han alineado con nuestros enemigos
y en favor de sus crímenes, el Vaticano también lo ha hecho
con creces. El tema requiere un análisis sobrio entre los católicos,
quienes siguen constituyendo la gran mayoría religiosa de Cuba.
El planteamiento debe incluir la diferencia entre la Iglesia, entidad
temporal y la religión, dominio del espíritu. La diferencia
explica también los cismas históricos que provocaran en
su día la Reforma, así como la actitud, para muchos fieles
inexplicable, insultante e anticubana de la Iglesia de hoy, diáfanamente
expresada por su actual Secretario de Estado, el Cardenal Tarcisio Bertone.
© Hugo J. Byrne
La Columna de Hugo J. Byrne
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