
Okinawa
A menudo nos preocupa el escaso sentido común reflejado en los cambios
de la opinión pública y cómo decisiones populares perfectamente
democráticas pueden afectar negativamente el futuro de nuestras vidas
y las de nuestros hijos. Sin embargo, haciendo gala de arrogancia rechazamos
aplicar la experiencia histórica en nuestros problemas presentes.
Ignorar esa experiencia, dadas las amenazas que se ciernen en el futuro inmediato,
es en el mejor caso irresponsable y en el peor suicida.
La patraña de que el bombardeo atómico a las ciudades de Iroshima
y Nagasaki fuera “un crimen innecesario”, está todavía
en boga. Esa noción es elevada a la quinta potencia en un ridículo
mamotreto que aún pasea por la Red y el que le agrega un nivel infamante: “El
crimen del siglo XX”. No cabe duda que solamente en tres o cuatro campos
de exterminio nazi o del gulag soviético, murieron más inocentes
que en el bombardeo atómico de esas dos ciudades juntas. Hoy presento
a los lectores un ángulo diferente de ese tema: la necesidad estratégica
de ese bombardeo. Nada ejemplifica mejor esa necesidad del primer y único
uso dado a las armas nucleares en la historia (hasta nuestros días)
que la muy sangrienta invasión norteamericana de la isla de Okinawa.
Con una escasa superficie de 454 millas cuadradas, Okinawa es la mayor de
las islas Ryukyu. Estas conforman un grupo de islotes al sur del Japón,
estratégicamente situado al suroeste de la Isla de Kyushu, la más
sureña del Archipiélago de ese país. Okinawa es parte
integral del territorio japonés. Al final de la Segunda Guerra Mundial
Estados Unidos mantuvo la ocupción de la misma hasta que en 1972 fuera
oficialmente devuelta a la soberanía japonesa.
El día “L” por “landing”, palabra inglesa
para desembarco, fué programado para el primero de abril de 1945.
Las terribles pérdidas norteamericanas en Okinawa hicieron que quienes
gustaban del humor negro dijeran que se había escogido la fecha por
ser el día de “los tontos” (“April fool’s
day”). Las divisiones Séptima y 96 del Ejército y la
Primera y Sexta de la Infantería de Marina desembarcaron en una playa
de la costa sureste de la estrecha y larga isla. Rápidamente tomaron
Hagushi, una aldea que les daba acceso a los aeropuertos miltares de Kadena
y Yontan. En menos de tres días las tropas norteamericanas rebasaron
ambos objetivos sin oposición, llegando al Itsmo de Ishikawa que estrangula
a la Isla, cortando a esta en dos y dividiendo de sur a norte las fuerzas
del enemigo.
Con miles de refugiados ya recibiendo ayuda a los cuatro días escasos
del desembarco, el General Simon Bolivar Bruckner Jr., quien aún se
encontraba a bordo del USS “Eldorado”, impartió órdenes
de dividir sus fuerzas atacando simultáneamente ambos extremos de
Okinawa: los Marines hacia el norte y el Ejército hacia el sur. Hasta
ese momento los japoneses en general habían brillado por su ausencia.
Lo que desconocían Bruckner y el Estado Mayor Aliado era que el comandante
japonés de Okinawa, el veterano de China y Birmania Teniente General
Mitsuru Ushijima, se había replegado completamente hacia el sur y
al igual que sus contrapartidas en Iwo Jima, había construído
en ese extremo de la isla defensas en profundidad. Estas contaban con armas
de gran efectividad defensiva, como el mortero de 320mm notorio desde Iwo
y efectivos de más de 120,000 hombres, muchos veteranos dispuestos
a morir por el Emperador.
Al igual que el defensor de Iwo, Ushijima no abrigaba ilusiones de victoria.
Su objetivo era desangrar a los invasores, haciendo la defensa tan larga
como fuera posible. Ushijima era un guerrero sereno y solemne, con gran sentido
del humor. Su Jefe de Estado Mayor y segundo al mando, General Isamu Cho
era el reverso de la medalla. Irascible y sanguíneo, Cho era un brillante
táctico y una especie de Patton nipón quien nunca dudaba en
abofetear al primer oficial subalterno que mostrara dudas.
Ushijima y Cho se complementaban magistralmente. Entre ambos resistirían
a los soldados y marines norteamericanos con habilidad y arrojo. Ambos usaron
el ritual suicida samurai al final de la batalla sin conocer que irónicamente
su defensa heroica contribuiría a la decisión del holocausto
nuclear de dos ciudades en su patria.
Cuando al cabo de 83 días de infierno en la tierra (“L” day
+ 83) las últimas defensas japonesas de Okinawa fueran aplastadas,
más de 110,000 soldados nipones habían perecido. Sólo
10,775 habían sido capturados por las fuerzas norteamericanas. Estas últimas
habían perdido 7,613 muertos o desaparecidos y 31,807 heridos. Además
de eso hubo otras 26,211 bajas, la mayor parte de ellas consecuencia de “combat
fatigue”. A esto hay que agregar las pérdidas navales, víctimas
de los ataques suicidas de la versión aérea de los samurai; “Kamikaze” (Viento
Divino). La Marina sufrió más de 4,000 muertos y más
de 7,000 heridos.
Ninguno de los tres jefes de las fuerzas involucradas en Okinawa sobreviviría.
El General Bruckner, quien desde su desembarco comandaba las tropas desde
el frente pereció cuando un fragmento de una roca desintegrada por
un proyectil japonés le atravesara el corazón. La caída
de Bruckner, el soldado norteamericano de mayor rango muerto en el Pacífico,
ocurrió durante la última semana del combate, cuando la victoria
norteamericana ya se hacía evidente.
Puede afirmarse que la batalla por Okinawa cambió notablemente la
guerra en el teatro del Pacífico. Allí los japoneses al fin
se convencieron que el Sol Naciente no era invencible y empezaron a contemplar
la impensable paz negociada. Por su parte Washington, traumado por dolorosas
pérdidas, empezó a buscar una alternativa a invadir el Japón.
Si Okinawa con medio millón de habitantes fue un hueso tan duro, ¿qué ríos
de sangre costaría invadir al Japón con sus 110 millones repartidos
en muchas islas? Los hongos nucleares de Hiroshima y Nagasaki acortaron la
guerra y probablemente salvaron millones de vidas.
Aunque el Presidente Truman no era “santo de mi devoción”,
reconozco que sus órdenes emanaban de un líder real, quien
a diferencia de Obama ponía sus deberes presidenciales antes que la
popularidad y no temía implementar decisiones difíciles. Entonces
no existían los “teleprompters", ni siquiera había
aún televisión comercial y la “corrección política” era
una aberración futura.
© Hugo J. Byrne
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