

Reflexiones sobre la Legitimidad
Hace algún tiempo el Secretario General del organismo diplomático
regional llamado Organización de Estados Americanos, respondiendo
a una pregunta de la prensa, dijo que en su opinión la “legitimidad
del régimen castrista era consecuencia de su longevidad”. Esa
distinción en la legitimidad de gobiernos, aunque singularmente peregrina
no es nueva.
El mismo argumento absurdo fue esgrimido en defensa del absolutismo monárquico
del Viejo Continente ante los avances de conceptos más liberales de
gobernar a la sociedad durante los siglos XVIII y XIX. La longevidad de los
regímenes de fuerza del siglo pasado ha permanecido como un elemento
fundamental de su utópica propaganda totalitaria. El advenimiento
del gobierno Nazi fue anunciado por sus alabarderos como una panacea que
duraría un milenio. La aplastante destrucción de Alemania por
las fuerzas Aliadas en 1945 acortó el “milenio Nazi” a
menos de trece años.
La “Dictadura del Proletariado” entronizada en la segunda década
del siglo XX en Moscú y extendida al final de la Guerra por todo el
oriente Europeo, también fue anunciada como eterna y definitiva por
sus corifeos. Sesenta años después, en la superficie, el vaticinio
parecía correcto. Sin embargo, al iniciarse la última década
del siglo, la Muralla de Berlín se derrumbó como un castillo
de naipes. Ello anunció la inmediata desmembración del llamado “Bloque
Socialista” primero y después el desplome de la Unión
Soviética. Aunque la Rusia de hoy dista mucho de ser una sociedad
realmente libre, tampoco es una tiranía totalitaria al estilo soviético.
El presidente de Ecuador Rafael Correa ha puesto de nuevo el tema de la
legitimidad en el tapete. En recientes declaraciones relacionadas a la
nacionalidad de uno de los sobrevivientes de la matanza de 72 presuntos
inmigrantes ilegales en el norte de México y en tránsito a Estados Unidos, Correa
se refirió a la presunta “ilegitimidad” del gobierno del
Presidente Lobo de Honduras.
Este servidor de los lectores vio un panel de “expertos” en una
estación de noticias de Bogotá, debatiendo esa declaración
del presidente Correa y quedó maravillado. Sucede que de acuerdo a
ciertos expertos politólogos, la legitimidad de un gobierno no se
establece observando objetivamente su origen ni su acatamiento de las leyes
establecidas, sino que su condición está supeditada al criterio
de otros jefes de estado, aunque algunos de los cuales carezcan totalmente
de una historia de obediencia de sus propias leyes.
De acuerdo a, por lo menos un miembro del panel, el gobierno hondureño
nunca será legítimo mientras no lo crean así los presentes
gobiernos de Brasil, Venezuela, Argentina, Bolivia, Ecuador y Nicaragua.
Según ese panelista, Correa, Lula, Kirshner, Chávez, Ortega
y Morales, tienen un bien fundado temor a que las mismas “fuerzas siniestras” que
organizaron el golpe de estado en Honduras, hagan otro tanto en sus respectivos
países.
Análisis de la realidad:
El Presidente Lula de Brasil fue electo legítimamente dos veces por
los votantes brasileros y no ha tratado de coartar las libertades sociales
de su país ni destruir sus libertades económicas. Sin embargo,
en el terreno internacional ha estrechado relaciones con todos los regímenes
que sí lo han hecho y continúan haciéndolo, como la
satrapía castrista. Su posición relativa a los notorios promotores
internacionales del terrorismo como Irán, es solidaria y por lo tanto
deleznable. Otro tanto hizo la bien alimentada ex presidenta de Chile. ¿Qué razón
le confiere a este pomposo hombrecito ser árbitro de lo que es o nó legítimo
fuera de las fronteras de su país?
El Presidente Chávez de Venezuela fue electo popularmente en 1998,
aunque nunca debió haber sido amnistiado por el entonces Presidente
Caldera, ya que encabezó un golpe de estado contra el gobierno legítimo
de Venezuela, al costo de más de cien vidas. Después de alcanzar
el poder, Chávez se ha dedicado a convertir a la República
de Venezuela en una satrapía corrupta. Intervino descaradamente en
los asuntos internos de Honduras tratando de imponer a su títere Zelaya,
quien trataba de subvertir la constitución de ese país. Hace
mucho tiempo que Chávez, quien se aliara oficialmente con los países
que más promueven el terrorismo, ha perdido completamente credibilidad
y legitimidad. ¿Con qué razón puede considerársele
como capaz de juzgar la legitimidad de otros?
Uno de los secretos mejor guardados en Sudamérica es el cociente de
inteligencia del Presidente de Bolivia Evo Morales, quien afirma que los
aborígenes de América lucharon contra el Imperio Romano, que
en Europa toda la gente es calva y que comer aves de corral promueve impotencia,
pero que mascar hojas de coca es saludable. Morales tiene un cuarto de pulgada
de frente entre las cejas y el nacimiento del pelo y probablemente confundirá a
los investigadores de antropología del siglo XXV si estudian su cráneo.
Me disculpo con los lectores por no tomarlo en serio, pero no entiendo cómo
nadie puede concluir que su criterio en el asunto de la legitimidad del gobierno
de Honduras o de cualquier otra cosa puede tenerse en cuenta.
¿Qué puede decirse positivo sobre la Señora Kirshner?
Ni siquiera conoce suficiente gramática castellana para establecer
la diferencia entre víctima y victimario. Esto no lo leí en
la prensa, sino que lo oí de ella misma en una reunión en Argentina
en la que se le exigía al entonces presidente colombiano Uribe una
explicación por su arrendamiento de bases militares a Estados Unidos. ¿Es
posible tomar a esta señora en serio?
Rafael Correa demostró su colores verdaderos cuando en medio del escándalo
terrible de las FARC operando desde territorio ecuatoriano, demandara excusas
de Bogotá por defenderse con éxito de las mismas. Se ha comportado
en este asunto como un vulgar satélite de Chávez. ¿Es
este sujeto digno de crédito? ¿Es su criterio respetable?
Es una verdadera vergüenza nacional para Nicaragua que su actual jefe
de estado sea un alcohólico consuetudinario y corruptor de menores.
Su elección estuvo supeditada a una componenda política con
el ex presidente y ex presidiario Alemán, quien cumplía pena
de cárcel por corrupción y quien aseguró su libertad
mediante un pacto político con Ortega. ¿Quién puede
confiar en la opinión del señor Ortega sobre la legitimidad
de nada?
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