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De esta Columna, la Sociedad y el Individuo

“Los derechos se toman, no se piden, se conquistan, no se mendigan”

José Martí.


Mucho revuelo ha provocado el último artículo de esta columna. Revuelo y respaldo, pero como siempre, también alguna controversia. Me interesan las reacciones ajenas, sean favorables o antagónicas, elogiosas o negativas. El propósito de quien escribe una columna semanal de este género no es otro que provocar el interés de los lectores y alcanzar la atención del público. Los motivos no son de índole personal. El mensaje es siempre más importante que quien lo transmite.

Me he afanado por hacer llegar el mensaje mío a un creciente número de lectores. La semana pasada esta columna fue leída en el aire por el popular director de la radioemisora de lengua española con la mayor sintonía del área de Miami. Gracias a esa clase de solidaria cooperación que mucho agradezco, la columna alcanza tanto a lectores como a radioescuchas. En este caso miles de personas, quizás decenas de miles.

Trato de no desviarme de lo que deseo expresar. Si mi punto de vista es comprendido y compartido, tanto mejor. Aprecio las muestras de solidaridad con mi criterio y simpre las contesto enfatizando ese agradecimiento. La solidaridad con esta columna y su misión cubana es el mejor índice de su éxito.

Procuro hacer lo mismo con aquellos otros lectores que no compartan mis aspiraciones y a quienes también casi siempre contesto, dependiendo del tiempo disponible y de la capacidad razonable de quien disienta. Las ideas no son mejores en virtud de quien las sustente. Una cosa es reconocer realidades y otra imponer un criterio. No debemos olvidar que el rechazo violento a la imposición arbitraria nos convirtió en exiliados.

Ocasionalmente surge alguien quien me envía una respuesta demasiado larga, o que expone nociones subjetivas como si fueran realidades incontrovertibles. Una vez tuve un lector quien sentía una compulsión histérica a refutar esta columna cada semana con argumentos frívolos y estrictamente subjetivos. En esos casos también contesto, pero de manera breve y sólo durante corto tiempo. Para los poquísimos quienes envían mensajes irremediablemente estúpidos o insultantes, tengo a mi alcance el “click” derecho del “ratón” y otro “click” que automáticamente rechaza futuros mensajes.

Esta columna afirma una filosofía social libertaria, aunque no anarquista. Refleja una formación ética cristiana, aunque no dogmática. Presume defender incondicionalmente la libertad y dignidad de Cuba, objetivo que no se alcanzaría sin defender primero con éxito la libertad y dignidad de esta nación en la que vivimos, amenazada desde hace rato por enemigos implacables dentro de su misma entraña, irónicamente protegidos por las mismas instituciones republicanas que luchan por subvertir.

Haciendo uso de la experiencia cubana y de otras áreas, esta columna trata de afirmar y defender los derechos de la más pequeña de las minorías en cualquier sociedad: el individuo. Ese núcleo social básico es inexorablemente quien más sufre ante las imposiciones arbitrarias del estado “benefactor”, sea este el producto de los decretos de una revolución totalitaria como en la Cuba de los Castro, de las decisiones de la mayoría dentro de un un estado todavía de derecho, pero cada día más furtiva e inconscientemente colectivista, como el Washington de Obama, o de un régimen orate que amalgama componentes de los otros dos ejemplos, como la Venezuela de Chávez.

No dudo que algunos lectores legítimamente se escandalicen ante la comparación entre la administración del Presidente Obama y el régimen totalitario de Castro o el semi-totalitario y autoritario de Chávez. Sin embargo, examinemos lo que ocurre en el área que quizás decida si Estados Unidos, dejará o nó de ser una república constitucional, finalmente convirtiéndose en un estado populista más: la separación de poderes.

En Castrolandia hay un organismo llamado pomposamente “la Asamblea del Poder Popular”, al que la prensa norteamericana e internacional llama “El Parlamento de Cuba”. No importa si aún de acuerdo a lo que los Castro denominan “constitución”, el tal organismo no tenga funciones parlamentarias tales como sugerir, discutir o promulgar leyes. Su misión oficial consiste en sumisamente “respadar” las decisiones del “Consejo de Estado”, pequeña piara dócil presidida con látigo y porra por el Hermanísimo Raúl. En Venezuela la rama legislativa ha devenido también en coro que canta al compás de Miraflores, aunque supuestamente contenga unos pocos oposicionistas extensamente neutralizados por Chávez. En suma, no existe un poder legislativo independiente en esos dos estados.

En el Washington de Obama, el Congreso después de cuatro meses de abyecta sumisión, por la primera vez actúa como poder separado, negando al Ejecutivo los medios para clausurar la prisión de Guantánamo. Demandan que primero Obama presente un plan detallado relocalizando a los terroristas residentes en esa facilidad. A pesar de la presunta popularidad del presidente anunciada por la prensa, una sólida mayoría en las encuestas públicas se opone a relocalizar esa gentuza en territorio norteamericano. Los demócratas se preocupan por las elecciones parlamentarias del 2010, recordando con temor las del 94, cuando perdieran la mayoría congresional por los siguientes 12 años.

Sin embargo, por esa gestión de ejercicio constitucional del Congreso, hay otras muchas que indican total sumisión al Ejecutivo. Ejemplo: un legislador demócrata por California, notoriamente izquierdista y llamado Henry Waxman, ha presentado por orden de Obama un proyecto de ley multibillonario para “atenuar las consecuencias del calentamiento global”. Este pequeño y extraño legislador, al ser preguntado a boca de jarro por un colega republicano por los detalles en su proyecto, increíblemente contestó que los desconocía.

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© Hugo J. Byrne

La Columna de Hugo J. Byrne


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