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Hugo Byrne

"La Chicholina"

(Un paréntesis evocativo)

Nunca supe el nombre real de “Chicho”, sólo que era lo que en la Cuba que conocí durante mis primeros 25 años llamábamos un “busca vidas”. Esa frase se aplicaba a quien nunca se dormía sobre sus laureles, si acaso los tenía y siempre trataba de ganarse el sustento honestamente, en la actividad que más lucrativa fuera. En aquel entonces “buscar vidas” tenía un significado muy diferente a lo que en la era de la revolución socialista se ha dado en llamar “resolver”.

El “resolver” de la presente Castrolandia quiere decir hacer cualquier cosa para sobrevivir de la repartición no muy equitativa de la miseria en una sociedad tan injusta como irracional. “Resolver” no necesariamente representa un esfuerzo ético y su extensísimo significado puede incluso aplicarse a la prostitución. Por contraste, el “busca vidas” cubano de antaño era un personaje emprendedor y esforzado, cuyas actividades no perjudicaban al prójimo ni denigraban la sociedad. Al contrario, era muy a menudo un comerciante en potencia, quien sólo aspiraba a un lucro modesto, el que con frecuencia contribuía a la prosperidad general.

Tal era el caso de Chicho, un matancero pobre, flaco y carente de una educación formal, quien se había interesado por encontrar un remedio a la caída del cabello. Chicho coleccionaba panfletos generalmente no muy científicos sobre remedios empíricos de los chinos, coleccionaba hierbas aromáticas, semillas y perfumes. Experimentaba con un colaborador calvo a cuyo cuero cabelludo aplicaba con liberalidad las diferentes pociones que creaba en su improvisado laboratorio. El conejillo de indias era un señor grueso cuyo nombre nunca supe, pero cuya calva a veces lucía roja como un tomate después de la última aplicación, culminada por un masaje con cepillo por Chicho.

Finalmente Chicho produjo un líquido violentamente perfumado y de color vino al que por razones intensamente subjetivas creyó con virtudes suficientes para al menos demorar la caída del cabello masculino. Inmediatamente se hizo de una buena cantidad de botellas grandes de perfume y compró unas muy artísticas etiquetas. Bautizó su fórmula contra la calvicie con el nombre de “Hebe”, aunque siempre se refería a ella como “el producto”. No había malicia en Chicho, quien de veras creía haber descubierto una esperanza para los calvos. Lo curioso era que a pesar de que “Hebe” era una preparación para uso masculino, la etiqueta en la botella tenía el dibujo de una mujer cepillándose su larga cabellera mientras se miraba al espejo. No recuerdo que Chicho explicara alguna vez esa contradicción, probablemente causada porque esa etiqueta era la única a su alcance.

Chicho era un adulto de edad indefinida en la época en que lo conocí. Yo era todavía un muchacho, pero recuerdo con claridad cuando tocó a la puerta de mi casa para ofrecerle su “producto” a mi padre. Este último, quien no era inclinado a comprar mercancía a vendedores de puerta en puerta, me sorprendió por el tiempo que dedicara pacientemente a escuchar la propaganda de Chicho y aún más, cuando le comprara una de aquellas extrañas botellas por un peso. Por la conversación me dí cuenta que mi padre conocía a la famila de Chicho.

Después de ido Chicho, observé a mi padre ir hasta el lavamanos y tirar en él todo el contenido de la botella, la que arrojó en la basura. “Yo no voy a ser más pobre por tener un peso menos y este quizás lo necesita para comer”. Mi padre, quien tenía el don de expresarse con hilaridad y mantener una expresión muy seria, agregó: ¿Te creíste de veras que usaría la Chicholina?

Desde entonces Chicho regresó a mi casa regularmente cada segundo mes para traerle a mi padre una nueva provisión de “Hebe”, fórmula anticalvicie que a partir de ese día fue conocida por mi familia como “la Chicholina”. Este ritual caritativo siempre terminaba con un paseo hasta el lavamanos y el cesto de la basura.

Una de las usuales torturas para cualquier persona, pero muy en especial para un niño, es una situación cómica durante una reunión social, en la que por elemental cortesía y evitar una conducta cruel no pueda reírse. Eso me ocurrió en una ocasión en la que en mi presencia Chicho le dijera a mi padre que era notable el progreso que había hecho su cabello “desde que está usando el producto”. Aunque su mercancía nunca fuera rechazada, andando el tiempo las visitas de Chicho se hicieron progresivamente más espaciadas, hasta que finalmente cesaran por completo. Pensamos que había encontrado otra forma mejor de ganarse los centavos. Nos equivocábamos. Simplemente su promoción de “Hebe” había pasado a un nivel comercial de mayor envergadura.

Unos años después, mientras dormitaba sentado en el sillón de mi barbero, escuchando entre tijeretazos la siempre entretenida tertulia de la barbería, creí detectar una voz familar. Mi barbero “Candela” (escribí un ensayo sobre la barbería de Candelario hace unos meses) se excusó de su trabajo por unos momentos para hablar discretamente en el fondo de la barbería con una figura familiar. Los lectores estarán en lo cierto si sospechan que se trataba de Chicho, quien aunque ya no tan flaco, no había cambiado mucho.

En esa oportunidad Chicho no me reconoció, o no quiso darse por enterado. Sin embargo, dos semanas después mientras me cortaba el pelo de nuevo, Candela me dijo que aunque todavía mi cabello estaba sano y fuerte, eso solamente reflejaba lo temprano de mi edad (apenas tenía entonces 17 años) y que sin embargo él, con su vasta experiencia barberil, podía detectar características incuestionables que anunciaban total calvicie futura. Candela agregó que gracias a la moderna tecnología para la preservación de un cuero cabelludo juvenil, no tenía porqué preocuparme. Allí mismo en su barbería estaba la fórmula milagrosa que eventualmente podría impedir que mi cabeza en la edad madura brillara más que una fragua. “El producto se llama Hebe y su inventor lo vende aquí por sólo dos pesos, precio de promoción”. Candela, quien era más calvo que el mingo, ¡me quería vender Chicholina!

No tengo la menor idea qué habrá sido de Chicho y de la Chicholina en la triste y ruinosa revolución castrista. De su existencia como de tantas otras, sólo queda el recuerdo.

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