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Incertidumbre

“¿Se peina o se hace papelillos?”
Frase popular en Cuba

Una decisión impulsiva es casi siempre errónea pero existen ciertas situaciones extremas en las que decidir rápidamente la acción inmediata es vital. Ser capaz de acciones decisivas cuando nos encontramos en peligro es la clave de prevalecer. Saber cuando la retirada es juiciosa, o cuando es preciso encarar al enemigo de frente, incluso tomando la ofensiva, puede ser la diferencia entre victoria y supervivencia, o derrota y muerte.

Confrontados con algo muy grave e inminente, con gran frecuencia no contamos con el tiempo necesario para mucho análisis. Quien sale airoso de una crisis súbita y peligrosa es aquel que la analiza con inusitada rapidez, o quien sea capaz de prever el predicamento habiéndolo estudiado a priori, o a quien madre natura dota de entendimiento claro, carácter y decisión.

En ese proceso no hay espacio para dudas o incertidumbre. En este escenario la elocuencia es una virtud sin aplicación práctica. George Washington expresó esa realidad en términos singularmente claros: “El gobierno no es razón ni elocuencia, sino fuerza. Es un sirviente peligroso y un amo temible”.

Durante los últimos 64 años el gobierno norteamericano ha respondido a casi todos los desafíos contra su seguridad de manera tentativa, indecisa y tímida. A pesar de que durante la administraciones de Truman, Eisenhower y Reagan se desarrollaron iniciativas que culminaran en victorias para la libertad, es evidente que aún en medio de esos eventos positivos hubo grandes inconsistencias.

Mirando retrospectivamente, Vietnam fue una debacle propiciada por la duda. Esta degeneró en gradualismo: una receta infalible para el desastre en que a la postre culminara esa guerra. Recordemos a Reagan enviando al General Walters a La Habana en 1981, para intentar un acercamiento diplomático con la tiranía castrista. Esa gestión, por supuesto, fracasó. Sin embargo, pudo haber sido peor: pudo haber tenido éxito. La administración de Carter propició unilateralmente una mejoría de relaciones con La Habana creando las llamadas “Secciones de Intereses”. Castro se dejó querer, como hace siempre y cuando se le ofrezca una ventaja sin condiciones: su semi embajada en Washington ha sido desde su inauguración un eficiente cuartel general para espionaje en el corazón de Estados Unidos. Cuáles ventajas ha obtenido Norteamérica de ese intercambio diplomático es tema que permanece en el misterio después de treinta años.

Aunque la guerra contra los terroristas en Afganistán e Irak hasta ahora había sido conducida de acuerdo a las necesidades estratégicas requeridas por la más alta y hábil jerarquía militar norteamericana, todo indica que ahora esa prudente política ha concluído. Hace varios meses el jefe militar escogido por el Presidente para comandar las fuerzas de la Coalición en Afganistán, pidió con urgencia 40,000 tropas adicionales, sin las que de acuerdo a su criterio profesional (públicamente expresado), los objetivos aliados no podrían alcanzarse. Hasta el momento de escribir estas observaciones Obama no ha autorizado ese envío. Esa demora parece exudar el regreso al acondicionamiento mental previo al ataque de septiembre 11 del 2001.

Encarado con el estruendoso fracaso de su diplomacia blandengue hacia Irán y Corea del Norte, Obama parece haberse encerrado en un laberinto diplomático insondable, del cual el único escape es la dudosa colaboración del régimen chino controlando a su vecino y cliente norcoreano y en la también difícil ayuda de Rusia en boicotear las aventuras nucleares del régimen iranés. Aparentemente Washington está apostando más fuertemente por la segunda opción y a esos efectos decidió unilateralmente no instalar sofisticados misiles anti-misiles en Polonia, después de haberse comprometido formalmente con Varsovia a su instalación.

Para que Putín y Medved no tuvieran las menores dudas sobre la naturaleza obsequiosa del gesto, esa decisión les fue informada por Washington en el 70 aniversario de la traicionera invasión soviética a Polonia en 1939 en cumplimiento del Pacto Ribentroph-Molotov. El amable lector puede fácilmente verificar este extremo. Rehuso ver en esto una increíble coincidencia. Los cortesanos de Obama son deshonestos y a veces torpes, pero no ignorantes.

Sin embargo, no todas las directivas de la presente administración están rebosantes de incertidumbre, indecisiones y dudas. El Fiscal General Eric Holder, notorio entre otras maldades por su ilegal recomendación a Clinton de “perdonar” al financiero Frank Rich, quien había sido acusado de delitos varios, pero quien nunca fue convicto de nada, recientemente anunció una decisión muy clara.

Holder declaró hace algunos días que un puñado de los terroristas confinados en Guantánamo serán trasladados a New York para ser juzgados allí por una corte federal. Entre ellos, el confeso autor intelectual de la masacre del 11 de septiembre del 2001 en esa misma ciudad.

Este proceso promete muchas cosas posibles y más de una probable, todas perjudiciales a los intereses norteamericanos y a la justicia. Mucho antes de que estos obvios criminales reciban posibles condenas, la separación de poderes hará que se demanden evidencias relativas a la seguridad nacional o a la seguridad física de agentes encubiertos todavía en funciones.

Si estas evidencias no son producidas, argumentando posible compromiso a la seguridad nacional, la defensa podría demandar exitosamente la retirada inmediata de todos los cargos. ¿Quién duda por un instante que como en el caso del juicio de Zacharias Mussaui, el de los terroristas de Guantánamo se convierta en un costoso “circo” de largos años de duración? ¿Quién abriga la menor duda que la “tortura y aquellos que ilegalmente la administraran durante el gobierno anterior” pasarán a ser publicitariamente los únicos verdaderos acusados?

Existe una diferencia objetiva legal entre el caso del terrorista Mussaui y el de los importados de Guantánamo por Holder, siguiendo las órdenes de su jefe. Mussaui recibió instrucciones sobre derechos (Miranda). No así los otros, quienes fueron capturados en sangrientas acciones bélicas, fuera del territorio norteamericano, que por sus circunstancias extremas impedían semejante protocolo civil.

¿Ignoran estas consideraciones Obama y su subordinado Holder, o quizás sea eso lo que realmente persiguen?

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© Hugo J. Byrne

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