
De las Ideologías y los Ideólogos
“El fanático no puede ser convencido, solamente
convertido”
Eric Hoffer (“The True Believer”)
Todas las personas experimentan una etapa irreflexiva y emocional. Ese período
de la vida humana es cuando el carácter aún no está formado
y su duración varía con cada individuo aunque comunmente ocurra
en la adolescencia y juventud. Es esa etapa de la vida la más susceptible
para aceptar y desarrollar ideologías.
“Quien no es socialista a los quince años, no tiene corazón
y quien continúa siéndolo a los treinta, no tiene cerebro”.
Esa frase atribuída a Winston Churchill, no debe tomarse como verdad
absoluta. He conocido personas muy jóvenes con gran entendimiento
deductivo de lo que constituye una convivencia social saludable.
Por el contrario también he confrontado maduros profesores universitarios
en Norteamérica y otras latitudes, quienes estaban absolutamente imbuídos
de fe en el colectivismo. Profesores de humanidades en su mayoría,
algunos de los cuales me confesaron su total ignorancia del funcionamiento
de, por ejemplo, una moderna institución bancaria. Peor que eso, rechazaban
el debate por considerarlo tiempo perdido.
Sin embargo aunque no muchos, también he conocido científicos,
matemáticos y hasta economistas partidarios de “la sociedad
planificada”. El denominador común es una actitud de soberbia
suficiencia y absoluto desdén hacia cualquier razonamiento que desafíe
las premisas de su fe colectivista. Asumen que saben cuanto necesitan saber. ¿Cómo
se puede distinguir a un ideólogo del resto de la fauna política
contemporánea?
Hace algunos días el Presidente Obama se reunió con legisladores
de la oposición y en el curso de dicho encuentro desarrolló una
discusión más o menos civilizada con ellos. Obama presentó una
variante del mismo discurso que ha mantenido desde antes de tomar posesión
de la presidencia: “nuestras dificultades económicas no sólo
continúan siendo resultado de los terribles errores de la administración
anterior, sólo que ahora se ha comprobado que esas consecuencias son
mucho peores y más duraderas de lo que podía anticiparse”.
Sin ceder un milímetro en substancia, Obama abogó en esa reunión
por un intercambio más civil y un mayor bipartidismo.
Esa tolerancia fue evocada por Obama hasta las elecciones del 2008, cuando
no sólo ganara la presidencia, sino una sólida mayoría
demócrata en la Cámara de Representantes y una supermayoría
en el Senado. Después de ese evento fue que sucedieron las reuniones
parlamentarias para forzar el “Obamacare”, con puertas cerradas
a la oposición: entonces el llamamiento a la tolerancia cayó a
la velocidad de un ladrillo, para resurgir de golpe en este inusitado cónclave,
consecuencia de la súbita pérdida de la senaturía demócrata
en Masachussetts vacada a la muerte de Edward Kennedy.
Tiene razón el Presidente: la crisis económica que encaramos
hoy se inició bajo la administración anterior. Bush empeñó a
Washington gastando como el clásico marino borracho y no sólo
a causa de las guerras de Irak y Afganistán, sino en todos los notoriamente
ruinosos programas de la agenda “progresista”. Bush cortó impuestos
modestamente y aumentó gastos de manera enorme. En su debate con los
republicanos Obama decidió ignorar que desde noviembre del 2006 Bush
contó para eso con la cooperación activa y complaciente de
un Congreso de mayoría demócrata.
Tampoco hizo referencia Obama a que los gastos deficitarios incurridos durante
su primer año en el poder superaron a los de los dos períodos
de Bush combinados. Empero, aún más siniestra que la impagable
deuda nacional resulta la indiscutible super-expansión de las prerrogativas
del estado en detrimento de las libertades individuales y el “Bill
of Rights”.
Por la primera vez en su historia el gobierno federal posee parcialmente
bancos y fábricas de automóbiles y ejercita poder real sobre
esas entidades, incluyendo decisiones financieras y políticas salariales. ¿Desde
cuándo la constitución norteamericana admite posesión
estatal de los medios de producción? ¿Desde cuándo
los contribuyentes del fisco en Estados Unidos son responsables de evitar
la bancarrota de una compañía privada?
En respuesta a todo ese avance del estatismo esclerótico es que surge
el llamado movimiento de los “Tea Parties”, vilipendiado por
la prensa y la Casa Blanca, pero protagonista básico en la elección
del senador republicano número 41. Es evidente que sin la oposición
formidable de los “Tea Parties” en reuniones populares de municipios
y en manifestaciones multitudinarias, monstruosidades como el “Obamacare” y
el “Cap and Tax” serían hoy una maligna realidad, a contrapelo
de la voluntad de la gente y en detrimento del interés nacional.
Durante la reunión de Obama con los legisladores republicanos el Presidente
afirmó dos veces que él no es un ideólogo. ¿De
veras? Enfrentando una resuelta oposición ciudadana a su ruinosa agenda
social, ¿ha ofrecido Obama la menor concesión? Por el contrario,
ha expresado creer que su fracaso estriba exclusivamente en que su mensaje
no ha sido entendido por el público. Su única respuesta estriba
en continuar una campaña política interminable, impulsada por
un ego que tampoco conoce límites. Obama parece obsesionado en refutar
la sabia premisa de George Washington de que gobernar no es ser elocuente.
Su condición quedó en evidencia en una de sus respuestas durante
un debate antes de ser nominado candidato presidencial demócrata en
el 2008. Confrontado con la prueba histórica de que aumentar impuestos
a las ganacias a largo plazo siempre ha redundado en disminución de
recaudaciones, Obama se encogió de hombros: “...it is a matter
of fairness” (“...se trata de un asunto de justicia”):
la respuesta de un ideólogo.
© Hugo J. Byrne
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