

Tirar un Hueso a los Perros
Cuando el ex Primer Ministro británico Tony Blair condujo a su Partido
Laborista a la victoria electoral, algunos socialistas radicales en el
Reino Unido y Europa continental contaban si nó con un regreso directo
a la economía regimentada, al menos un parcial retorno a las regulaciones
y controles “orwellianos” que impusiera el equipo de Clement
Atlee y Ernest Bevin a mediados de los años cuarenta. Se trataba
del primer gobierno laborista después de la liberación económica
que desarrollara Margaret Thatcher, quien deshizo con indiscutido éxito
la mayor parte del ruinoso colectivismo del viejo “Labor Party”.
Blair no había dejado lugar a dudas que sus intenciones no eran
esas. Comprendía que la prosperidad económica de los años
de Thatcher podía disolverse rápidamente y que el estancamiento
y pobreza de las décadas de la postguerra podían retornar
de súbito, acarreando impopularidad al nuevo equipo gobernante.
En consecuencia, la economía de mercado libre del gobierno conservador
se mantuvo intacta, con modificaciones estéticas sólo en
la periferia inconsecuente. Esto hizo posible que Blair se mantuviera en
la cima de la popularidad política hasta que su apoyo a Estados
Unidos en la guerra de Irak cambiara todo eso.
Fue en el aspecto “cultural” donde los neolaboristas de Blair
hicieron un esfuerzo por contentar a “su base”. Usando su amplia
mayoría en Los Comunes el laborismo logró, a través
de legislaciones paulatinas, desarmar por completo al pueblo británico.
Ya que las acciones criminales no pueden controlarse por legislación,
el crimen armado se disparó enorme e inmediatamente y por la primera
vez desde su fundación por Robert Peel, la policía londinense
se vio en la necesidad de armarse hasta los dientes. Es el resultado ingrato
de un irracional dogmatismo político idióticamente consagrado
en ley.
Sin embargo, era necesario algo más dramático y un gesto
condenatorio a las “derechas” no estaría de más.
La oportunidad para eso se presentó como anillo al dedo con la visita
a Gran Bretaña del ex dictador chileno Augusto Pinochet, quien buscaba
tratamiento médico en Londres. Pinochet estaba entonces acusado
de genocidio por un juez activista del izquierdismo español llamado
Baltazar Garzón. A propósito, es interesante anotar que por
ese entonces Garzón acusaba a Pinochet de la muerte o desaparición
de menos de 3000 personas, las que había podido “identificar
adecuadamente durante un proceso exhaustivo de muchos meses”. Hace
algunos años el National Geographic Magazine, publicación
científica de antaño y que está hoy “en la
cama” con las causas del radicalismo ambiental y otros muchos “ismos”,
publicó sin presentar la menor evidencia que el genocidio de Pinochet
ascendía a 10,000 muertos.
Pinochet fue detenido por orden del gobierno Blair y sujeto a arresto
domiciliario en Gran Bretaña durante varios meses que vieran una frenética
acción diplomática por parte del juez Garzón, quien
insistía en la deportación del ex dictador a España
y por parte del nuevo Presidente de Chile, Patricio Elwin, antiguo opositor
de Pinochet, quien a pesar de ello consideraba que el arresto del ex Jefe
de Estado de su país constituía una mayor violación
de protocolo y un insulto diplomático.
Como era de esperarse, Pinochet fue finalmente puesto en libertad, regresando
a Chile, donde fue procesado políticamente. Los ridículos
vaivenes de ese proceso aún continuaban cuando sobrevino la muerte
del viejo soldado, dando final al sainete.
¿Estamos contemplando una situación similar ahora en los
Estados Unidos? Eso creo. Hoy observé al “Mesías” electo
escoger a varios miembros de su primer gabinete. Las libertades fundamentales
que garantiza el “Bill of Rights” están en gran peligro
a pesar de las sonrisas cocodrilianas y del cacareado bipartidismo. Para
empezar, dos de los más importantes designados, la próxima
Secretaria de Estado y el próximo Procurador General, han demostrado
con acciones prácticas un rechazo filosófico a varias de
las diez primeras enmiendas de la Constitución.
Hillary Clinton y Eric Holder se oponen al derecho de los ciudadanos
a poseer legalmente armas de fuego para defensa personal y desearían
eliminar la segunda enmienda, o anularla de facto con legislación
arbitraria usando como excusa las necesidades del Departamento de “Homeland
Security”. El record oficial de Holder indica su opinión de
que poseer armas de fuego no es un derecho individual sino “colectivo”,
que se aplica solamente a la milicia. Aún desconociendo el reciente
fallo de la Corte Suprema, sería necesario preguntarle a Holder
porqué los firmantes de la Constitución exigieron que a cambio
de esa firma se agregaran las diez primeras enmiendas garantizando derechos
individuales e inalienables. Si no garantiza un derecho individual, ¿qué hace
la segunda enmienda en el “Bill of Rights”? Holder, al igual
que Hillary Clinton, no es ignorante del tema. Este tenebroso personje
(también como Clinton) es sólo deshonesto. Deshonesto y peligroso.
Se le sospecha cómplice en el perdón extendido por el ex
Presidente Clinton a terroristas puertorriqueños que cumplían
prisión por asesinato para ayudar a Hillary con el voto boricua
en su campaña para una senaduría de New York, a lo que se
pueden agregar otras actividades del mismo nivel ético, que lo incapacitarían
para la confirmación a Fiscal General por cualquier Senado que no
fuera el que quizás exista después del 20 de enero.
Aunque no existe todavía un consenso o una decisión oficial
al respecto, todas las conjeturas convergen en que el “Mesías” traicionará a
su “base política” postponiendo indefinidamente tanto
el aumento a los impuestos como los muchísimos nuevos programas
de gastos multibillonarios que prometiera. Le presente debilidad económica
norteamericana ni remotamente se lo permite. La permanencia de Gates en
la Secretaría de Defensa también parece insinuar que las
obtusas promesas de evacuar inmediatamente Irak y de cortar los gastos
de defensa, tan familiares durante las primarias y a las que empezara a
poner sordina durante la campaña final, eran sólo aire caliente
para consumo de los inocentes que votaron por “el cambio”.
Sin embargo, tal como Blair en la década pasada, Obama se verá obligado
a tirarle algún hueso a sus perros. ¿Conversaciones ejecutivas
con Irán? Posibles pero bastante improbables. ¿Arreglos
con Rusia y China? Nunca ocurrirán sino a costa de los intereses
nacionales y eso es políticamente peligroso. ¿Reducción
de tensiones con el “Macaco Mayor” de Venezuela? No cuenten
los lectores con esa posibilidad: Chávez es demasiado inestable
y además ha insultado públicamente a la muy altiva próxima
Primera Dama (“Aunque se vista de seda...”).
Sólo queda una tiranía en este mundo que cuenta con las simpatías
de la extrema izquierda del Partido Demócrata y que desea fervientemente
que el depauperado tesoro de Estados Unidos le saque las castañas
del fuego mediante la garantía de crédito. El amable lector
sabe cuál es. Está en La Habana y allí el Hermanísimo
Raúl espera muy angustiado a que su mentor reviente de una vez por
todas para extender invitación a Washington a recoger los despojos
de Cuba.
Consecuentemente nosotros, los exiliados cubanos, somos el más
probable hueso que Obama puede tirar a sus perros.
© Hugo
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