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Hugo Byrne

Una Página Triste de la Historia Republicana

“Solamente la madurez cultural de la mayoría hace que la democracia perdure. Sin ella el pueblo es motivado por fanatismo y violencia. Esas lacras llenan el consecuente vacío espiritual que se crea en la sociedad, remplazando libertad individual con exaltación colectiva”.

Jean-Françoise Revel (“Regain démocratic”)


Uno de los edificios más identificados con el perfil de La Habana cuando se le observa desde el Malecón o el aire, es el Hotel Nacional, cuya clásica fachada y hermosas torres perduran en su original y rara belleza, evocadora de una época más elegante. Su preservación se debe a las urgentes demandas castristas por moneda dura, la que el influjo turístico puede parcialmente obtener. Objetivo de abundante turismo norteamericano desde su inauguración hasta principios de la década del 60, el Hotel Nacional ha continuado aportando alojamiento más o menos confortable a otros varios extranjeros durante más de 50 años de tiranía castrista. Sin embargo, no siempre ese ícono de la Habana clásica mantuvo su armoniosa apariencia. A fines de 1933 y durante buena parte del año siguiente fue objeto de extensas reparaciones. Las paredes externas habían sido perforadas por fuego sostenido de rifle y armas automáticas. También hubo que reparar daños causados por obuses de campaña y al menos dos impactos directos de cañones navales.

Todo empezó cuando la administración del hospital donde el Mayor General Julio Sanguily Echarte había sufrido una operación de emergencia, le informara al mismo que tenía que usar otras premisas para su convalescencia. El requerimiento tenía justificación: un incontable y caótico flujo de visitantes a ese paciente hacían imposible las funciones normales del hospital. Al ser ingresado, Sanguily recién había sido nombrado jefe del Estado Mayor del Ejército de Cuba y ascendido de Coronel a Mayor General, por el Presidente Céspedes al tomar éste breve posesión de su cargo. Céspedes había ocupado la presidencia en virtud de la sucesión constitucional a la caída del régimen del Presidente Machado el 12 de agosto de 1933 y después de una brevísima interinatura presidencial del General Alberto Herrera, jefe del Estado Mayor del Ejército durante el gobierno de Machado.

Los azares del destino hicieron que la hemorragia de una úlcera perforada en el estómago de Sanguily coincidiera aproximadamente con la sublevación de sargentos, cabos y soldados con la colaboración de otros (incluídos los comunistas) el 4 de septiembre de 1933. Ese pronunciamiento estaba encabezado por el sargento taquígrafo Fulgencio Batista, hasta ese día asignado al Estado Mayor del Ejército de Cuba. Ese mismo destino hace que el Dr. Julio Sanguily, hijo del oficial operado, estuviera por ese entonces trabajando para el Hotel Nacional, razón por la que que este último fue trasladado a ese local.

Otro personaje por desgracia relacionado íntimamente con este pasaje sangriento de nuestra historia, el diplomático norteamericano Benjamin Summer Wells, enviado por Franklin Roosevelt a mediar en la caótica situación cubana, también se encontraba hospedado entonces en el Hotel Nacional. Tal como ocurriera durante su estadía en el hospital, decenas de oficiales depuestos en el golpe de los sargentos continuaban visitando a Sanguily en su suite del Hotel Nacional. Sólo que ahora muchos decidieron quedarse como “huéspedes” del mismo. A medida que una considerable cantidad de oficiales del antiguo Ejército se refugiaban en el edificio del Hotel Nacional, este era abandonado por sus usuales huéspedes, incluyendo a Summer Wells, quien había sido contactado con frecuencia y aparentemente sin resultados prácticos por los oficiales afectos a Sanguily. Por su parte Batista, consciente del peligro a sus aspiraciones políticas latente en esta coincidencia de militares que para algunos simbolizaba la legitimidad constituída, ordenó a sus soldados tomar posiciones alrededor del Hotel. A la soldadesca se sumó un número de civiles armados de un grupo autotitulado “Ejército Caribe”.

El día 2 de octubre al desatarse el combate, los oficiales dentro del hotel sumaban casi 400, pero sólo el 10% de ellos estaban armados de rifles y el parque del que disponían era limitado. Por su parte los atacantes eran más de 2,000 hombres, todos con armas largas. El Ejército también contaba con artillerís ligera. No obstante, no todas las ventajas eran de los atacantes. El Hotel Nacional está situado en una zona elevada entre terrenos adyacentes a la bahía, usada en tiempos coloniales para emplazamiento de cañones de defensa costera. Los oficiales en el Nacional eran profesionales quienes sabían bien su negocio, muchos de ellos veteranos de la Guerra de Independencia y expertos tiradores.

Eso se reflejó en la desproporción de bajas durante las primeras horas del combate. Algunas fuentes históricas hablan de hasta 100 muertos entre los soldados de Batista. Aunque esa cifra es probablemente exagerada, no cabe duda que la cuenta real debe haber sido por lo menos 30 muertos con más de 100 heridos. Se dice que quienes operaban las piezas de artillería cometieron errores estúpidos durante la acción, como tratar de hacer penetrar un proyectil en un cañón recalentado usando una mandarria, con la consecuente explosión. Eso suena demasiado estúpido para ser cierto. Durante ese período los defensores sufrieron sólo dos muertos y 12 heridos, más por el impacto de pedazos de mampostería que a causa del fuego directo.

Al día siguiente dos unidades de la Marina de Guerra cañonearon el Hotel Nacional. Con las municiones agotadas y ante la imposiblidad de resistencia, los sitiados capitularon. Entonces algunos entre los atacantes subieron a los pisos altos del edificio, asesinando a mansalva a once de los indefensos oficiales: un teniente coronel, un mayor, tres capitanes, tres primeros tenientes, dos segundos tenientes y un subteniente contador de la Marina de Guerra. Ese crimen cobarde quedó impune. El reporte dado por Summer Wells al Presidente Roosevelt incluía la “explicación” que le diera Batista el 4 de octubre: “La muerte de los oficiales después de rendidos se debió a que con la excitación me fue imposible frenar a los soldados”.

Quizás los promotores de eliminar la etiqueta de terrorista del régimen de La Habana en la Secretaría de Estado, también afirmen ahora que en octubre de 1962 Castro no pudo por su excitación evitar pedirle a los soviéticos el holocausto nuclear de Norteamérica.

Su
D
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