

El Heroísmo del Mensajero
La dimensión humana de cualquier figura histórica debe evaluarse
individualmente, aunque siempre tengamos en cuenta lo positivo o negativo de
su contribución. El culto al héroe sólo en virtud de sus
heroicidades no es sólo perjudicial, sino que con gran frecuencia conduce
al error histórico. Está de más que aclare que no me refiero
a héroes ficticios tales como Hitler, Stalin, Mao ó Che Guevara,
quienes aislados de la propaganda interesada que los promueve fueron en realidad
siempre villanos.
Más bien me propongo poner en rápida perspectiva personajes realmente
heroicos como Rodrigo Díaz de Vivar, más conocido por El Cid, a
quien la historia sin decorados revela nó como un dedicado campeón
de lo que en España es conocido como la Reconquista y capaz de ganar batallas
con su sola presencia, sino como un notable soldado de fortuna, quien si al final
favoreció con gran denuedo a la causa cristiana fue porque Castilla valoró mejor
su espada mercenaria que los enemigos musulmanes.
Sin entrar en lo políticamentre correcto, no cabe duda que al apreciar
las acciones heroicas es juicioso tener en consideración las circunstancias
que las rodean. Cuando Martí desembarcara en Playitas en 1895 a los 42
años era un hombre relativamente joven aún para su época.
Sin embargo no estaba acostumbrado a la vida en campaña ni era especialmente
fuerte. Por el contrario, su compañero expedicionario y jefe militar de
la insurrección Máximo Gómez, aunque ya un anciano de 59
años, en virtud de su pasado de militar profesional activo, poseía
no sólo la agilidad y el dinamismo de un hombre mucho más joven,
sino que se había curtido durante muchos años de campaña
incesante.
Hay que tener en cuenta que las acciones heroicas lo son más cuando quien
las acomete debido a su posición en la vida, en apariencias no tiene la
obligación de hacerlas y especialmente si para enfrentarlas debe renunciar
a cuanto hay en esa vida de agradable y placentero. Viene siempre a mi recuerdo
la figura venerable de Francisco V. Aguilera, quien subvencionó en gran
medida la Guerra de 1868 a 1878 a costa de todo su capital. Habiendo sido uno
de los individuos más ricos de Cuba, Aguilera murió en el exilio
de New York como un verdadero héroe y en la mayor miseria. O quizás
aún más admirable, la decisión viril de Ignacio Agramonte
de alzarse en armas en 1868 dejando tras de sí los amantes brazos de su
recién casada esposa. ¿Existen muchos individuos capaces de semejante
sacrificio?
Enfrentar peligro mortal nunca es fácil, pero siempre lo es más
cuando la propia vida no se valora mucho. Sabemos de las jóvenes etapas
en que esto ocurre. Una excelente novela corta del escritor ruso Alexander Pushkin
llamada “El disparo” nos narra como un joven oficial del Ejército
Imperial Ruso acantonado en una localidad remota ofendiera a otro oficial de
mayor rango, quien era notorio tanto por su mortal puntería como por la
gran opinión que tenía de sí mismo. En la Rusia zarista
de entonces el duelo era legal y el oficial de marras había matado o herido
de gravedad a todos los imprudentes que habían tenido la desdichada ocurrencia
de enfrentarlo en lances de honor.
Para asombro de cuantos presenciaron el insulto, el ofendido no reaccionó inmediatamente
y se limitó a mirar al ofensor con gran fijeza. Con el paso de las semanas
y los meses sus camaradas empezaron a mirar al viejo oficial con una cierta decepción
y aunque nadie se atreviera a remedar la osadía, la historia letal del
gran tirador empezó a sonar algo hueca y descolorida. Finalmente ese oficial,
quien se volviera menos comunicativo sin abandonar la actitud de retraída
dignidad que siempre había observado, optó por el retiro.
Por su parte el joven ofensor dió de baja del ejército mucho antes,
entrando con el pie derecho en política y negocios que varios años
depués lo elevaran a una vida colmada, un matrimonio feliz con hijos encantadores,
título nobiliario y mansión en las afueras. Pero un buen día
se le apareció un visitante tan inesperado como desagradablemente conocido.
El lector perspicaz anticipará que se trataba del viejo oficial ofendido,
quien surgía del pasado a reclamar su honor.
El duelo tuvo lugar en los jardines de la mansión. El más joven
tiró primero, errando. El viejo entonces levantó su pistola con
gran deliberación y finalmente tiró, dándole en el mismo
centro a un pequeño objeto que estaba a cierta distancia de su oponente,
quien a penas podía mantenerse en pie. “Cuando lo miré a
usted el día en que me ofendió, no ví temor en su mirada.
Pude haberlo matado en ese momento, pero eso no me habría dado satisfacción
alguna. En esa época la vida no le importaba mucho a usted. Ahora es muy
distinto. Verlo temblando ante mí es todo lo que mi honor requería.”
El voluntario es el héroe real. Theodore Roosevelt renunciando a la Vice
Secretaría de Marina para encabezar voluntarios que cargarían al
descubierto contra los Mausers de San Juan Hill. Su hijo, el General Roosevelt,
desembarcando en Normandía en la primera oleada, a pesar de su artritis
y de un corazón débil que fallaría poco después.
Los cuatro pilotos norteamericanos volando voluntariamente sobre Bahía
de Cochinos, cuando ya la traición de Kennedy era un hecho irrefutable,
ofrendando sus vidas por la libertad de Cuba. El Capitán Francisco Gómez
Toro, tratando de salvar la vida del Lugarteniente General Antonio Maceo en Punta
Brava en 1896 y perdiendo la suya en la demanda. El Comandante Osvaldo Ramírez
en Las Aromas de Velázquez, Escambray, en 1962 y su substituto, Tomás
San Gil, en el Monte de las Cuarenta Caballerías, al año siguiente.
Ambos peleando contra una proporción de veinte a uno. Los voluntarios
del Alamo. Los espartanos de Las Termópilas.
No siempre los héroes son agradables, ni luchan y mueren por ideas dignas
y justas. El fanático fascista Ettore Muti, quien en la Primera Guerra
Mundial construyó un puente al mando de 800 soldados bajo el fuego austríaco
y al terminarlo apenas le quedaban 22 hombres vivos y después, renunciando
a su posición en el Régimen de Mussolini al desencadenarse la Segunda
Guerra, fue a servir en el frente sólo para ser ultimado más tarde
por los Carabinieri en 1943. Los soldados alemanes en Monte Casino y los japoneses
en Betio, Guadalcanal, Iwo Jima y Okinawa. La Guardia Imperial de Napoleón
en Waterloo y Vara del Rey defendiendo El Caney en 1898.
El error del mensaje nunca desvirtúa el heroísmo del mensajero.
© Hugo J. Byrne
La Columna de Hugo J. Byrne
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