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Las Generalizaciones

En el idioma inglés las llaman “broad statements”. Es la mala costumbre de abarcar injustamente a todos los individuos de una nacionalidad, grupo social, cultural o étnico bajo un denominador no necesariamente común. Los cubanos libres hemos sido y continuamos siendo víctimas de generalizaciones ofensivas. Recordemos como la prensa llamada “liberal” hizo trizas con la reputación del exilio cubano durante la tragedia de Elián González.

Lo inusitado es la gran frecuencia con que nosotros mismos nos adjudicamos todo tipo de características negativas. Con frecuencia nos caracterizamos como groseros, gritones, habladores, vanos, egoístas, díscolos y anárquicos. Nadie dude que existen muchos cubanos con algunos o todos esos defectos. Pero realmente como sociedad no somos peores ni estamos más afectados por esas faltas que el resto del género humano. Y en eso tenemos que incluir a esta sociedad en la que vivimos.

Hace varios años un popular periodista venezolano, opositor de Chávez, nos endilgó el sambenito de cobardes o apátridas, o ambas cosas, expresando que Cuba llevaba muchos años de esclavitud socialista “porque en Cuba no había venezolanos”. Declaraciones de ese corte ya ni siquiera ofenden, pues no son otra cosa que la tácita confesión de un profundo complejo. El derecho a opinar, lo que propiamente llamamos “libre expresión”, no puede excusar tales generalizaciones. Para opinar es imprescindible primero desarrollar una opinión.

Y una opinión sólo se adquiere a través de información y análisis. El susodicho periodista aparentemente sabe poco o nada de la historia de Cuba durante estos últimos 51 años. Le podríamos recomendar la lectura de “Cuba en guerra” por Enrique Encinosa, o, en caso de que no confíe en un historiador del exilio cubano, “Decision for Disaster” de Grayson Lynch. Aunque sinceramente dudamos que un idiota capaz de escribir semejante estupidez tenga el intelecto necesario para leer un libro completo. Y esto es una conclusión lógica sobre un individuo en particular y no una generalización.

Las actitudes tibias de los gobernantes franceses en relación al asedio terrorista, especialmente durante el pasado gobierno de Chirac puso de moda en Estados Unidos recordar la derrota de Francia en 1940 y usar ridículamente esa tragedia histórica como ejemplo que explique las inconsistencias de hoy. En realidad los franceses contemporáneos no son en su mayoría más culpables de ello que los alemanes, los rusos y aún los británicos y los italianos, quienes si han sido aliados de Estados Unidos en Irak y Afganistán es sólo por haber tenido (hasta ahora), líderes con cierta visión y coraje a cargo de sus respectivos gobiernos.

Sin ellos Italia y el Reino Unido serían hoy iguales que Francia, Alemania o Rusia. Incluso en Estados Unidos, el partido que ocupa el poder en forma mayoritaria favorece salir de Irak y Afganistán cuanto antes y con el rabo entre las piernas. Analicemos el triste caso de España.

España tenía una fuerza militar pequeña pero significativa en Irak. Un atentado terrorista que masacrara en Madrid a 200 víctimas fue suficiente para que los desacreditados socialistas reconquistaran el poder, derrotando al partido de Aznar y enarbolando las banderas de la más abyecta capitulación. Retirando sus tropas del frente, España se rindió al estallar dentro de su territorio la primera andanada terrorista. Esta entrega infame no fue producto de una derrota militar aplastante como en el caso de Francia en 1940. Cuando Francia pide ese armisticio es sólo después de sufrir más de 200,000 muertos, con las “Panzers” a las puertas de París y sus únicos aliados huyendo en Dunquerque.

En el caso de Madrid la ignominia fue escogida voluntariamente por una mayoría popular. Cuando es atacada dentro de su país, esa mayoría izó la bandera blanca sin disparar un tiro. Ese deshonor no puede afectar, por supuesto, a todos los españoles. Afirmarlo sería una grosera e injusta generalización.

En nuestro humilde criterio, la Francia derrotada de 1940 merece más respeto que la actual, o que la España que se transara por el amanerado y sonriente entreguista de Zapatero. Francia pagó cara su derrota del 40 con la ocupación humillante de una tiranía extranjera por cuatro años. Los cubanos llevamos más de 51 bajo la bota pestilente del hijo bastardo de un soldado de Weyler, purgando las consecuencias de confiar nuestros intereses a la perfidia extranjera en Bahía de Cochinos.

Al igual que en la Francia de 1940 a 1944, muchos nativos de Cuba han colaborado activa y sumisamente con la tiranía castrista. Su traición a la patria nunca podrá reflejar negativamente en los cubanos que no claudican ni se entregan, incluyendo a miles que han perecido luchando contra la tiranía. Venezuela está todavía por hacer un sacrificio semejante para librarse de la dictadura de Chávez.

Un recordatorio saludable: en 1944 los “colaboricionistas” en Francia no la pasaron bien. Más de 11,000 fueron ejecutados sumariamente en las primeras horas de la liberación. Una vez que el estado de derecho se restableciera, otros muchos fueron convictos de traición. 40,000 terminaron en la cárcel y otros adicionales 800 perecieron amarrados a la estaca de fusilamiento.

Algunos lograron escapar y, como siempre ocurre, muchos inocentes pagaron por pecados ajenos. El Vicepremier del gobierno tránsfuga de Vichy, un ambicioso politicastro con cara de roedor llamado Pierre Laval, amigo y simpatizante de Franco, creyó que refugiándose en España salvaría la cabeza. Laval tenía un esperanzador precedente: Franco había extendido asilo a Leon Degrelle, líder de los colaboricionistas belgas, ignorando las protestas airadas de Bruselas.

Aunque parte de la alianza victoriosa, Bélgica es un país pequeño y lejano, que no tiene fronteras con España ni ejercía influencia alguna en la política peninsular. Con Francia las circunstancias eran diferentes. De Gaulle, a pesar de que al igual que Petain y Laval también simpatizaba con el “Caudillo” ferrolano, enfureció, ordenando el cierre de la frontera pirenaica hasta el retorno inmediato del traidor fugitivo. Eliminados sus antiguos aliados, cercado políticamente, enfrentando una crisis económica muy seria y sumido en la devastación de la reciente guerra civil, Madrid accedió sin demora a la demanda de París.

Al “sereno e imperturbable” Caudillo quien después curiosamente mantuviera relaciones con Castro resistiendo la presión norteamericana y el justificado resentimiento de incontables españoles, en esa oportunidad se le aflojaron las piernas. Laval fue devuelto sin demora, procesado y ejecutado.

En Cuba también llegará inexorablemente el día de cobrar y rendir cuentas, no importa cuantos traten de escapar, o cuantos baños purificadores traten de darse en el “Jordán” de la disidencia. Hay exiliados quienes han guardado celosamente las evidencias de los crímenes del castrismo. Porque los crímenes siempre deben que ser probados por tribunales constituídos, sujetos a todas las garantías procesales que requiere una sociedad civil.

Por el contrario, la generalización es una condena inapelable e injusta, no importa que se use contra españoles, franceses o cubanos.




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© Hugo J. Byrne

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