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Hugo Byrne


Veré los Fuegos Artificiales

A mi hermano y compatriota Ramón Mola.

Escribo esto el día 2 de julio del 2008. Al hacerlo también me estoy haciendo el propósito firme de ver los fuegos artificiales en alguna parte el día 4 y si encuentro por algún lado una banderita norteamericana en miniatura, también la usaré en el ojal de mi camisa o guayabera en ese día, pues las temperaturas del verano en California probablemente me impidan usar un saco en la conmemoración de la independencia (“global warming”, o nó). También me propongo hacer lo que siempre he hecho desde que llegué a esta tierra, cada día 4 de julio o en cualquier otro día del año; saludar “Old Glory” si pasa frente a mí y demostrar respeto cada vez que toquen el “Star Spangled Banner”.

No, amigo lector, no es que súbitamente me sienta más norteamericano que el Tío Samuel. Usted, como todo el que me lee, sabe muy bien quién soy y de donde vengo. También sabe muy de sobra por qué estoy aquí y a dónde quisiera ir. A nadie pretendo engañar, ni abrigo el menor deseo de transmutarme en un hombre diferente en un ápice del viejo exiliado cubano que escribe esta columna cada semana.

Pero tengo grandes razones para hacer todo cuanto describo en el primer párrafo. He vivido en Estados Unidos durante la mayor parte de mi vida adulta. Durante ese tiempo, naturalmente he echado profundas raíces y conocido y apreciado otras personas, cubanos o nó, algunas de las cuales son hoy mis familiares. En un tiempo memorable serví voluntariamente en el Ejército de Estados Unidos. Entonces algunos nativos de aquí corrían como pollos descabezados evitando el Servicio Selectivo. Muchos de ellos lo hacían sólo para mantener su integridad física, incluyendo uno quien fuera después presidente; Bill Clinton. Por supuesto, serví en el Ejército entonces no necesariamente por fidelidad a esta nación, sino por la posibilidad remotísima de que me enviaran a contribuir a la libertad de Cuba, junto a los otros 3000 cubanos voluntarios de Ft. Jackson.

Al mismo tiempo sería un redomado hipócrita si pretendiera que no tengo sentimientos hacia este país, la tierra de mis hijos, nietos y biznietos, cuyo futuro está íntimamente ligado al de la libertad del mío, al extremo de que la destrucción del primero garantizaría las cadenas permanentes para el segundo. Sin embargo, deseo ver los fuegos artificiales ahora por otra razón aún más profunda.

Un personaje político de aquí, superinflado por la prensa y quien aspira a presidente en las elecciones del próximo noviembre, recientemente expresó que no se demuestra patriotismo mirando fuegos artificiales el 4 de julio. En otras ocasiones el mismo individuo ha manifestado que tampoco es patriota quien usa la bandera en la solapa del saco y hasta en una ocasión, uniendo la acción a la palabra y en contraste con otros candidatos de su mismo partido presentes (quienes saludaron la bandera con la mano en el pecho), mantuvo fríamente sus manos entrelazadas debajo de la cintura mientras oía las notas del himno nacional en un evento político.

Nada tengo en especial contra la irreverencia, porque sé que expresar la verdad de palabra u obra, con frecuencia ofende. Siempre escribo lo que pienso, pero nunca he calumniado a nadie. Cuando acuso es porque tengo evidencias y sin embargo, al hacerlo procuro no caer en mal gusto. Las expresiones de patriotismo pueden ser o nó muy sinceras, porque nadie puede escudriñar los sentimientos ajenos.

En una estrofa de sus Versos Sencillos, Martí declaró que no podría asistir al espectáculo de una bailarina española si la bandera de ese país se observaba prominente. Esa estrofa podía considerarse ofensiva a la sensibilidad española, pero esos colores eran en ese tiempo, símbolo de las cadenas que sufría Cuba. Sin embargo, Martí también afirmó que “honrar, honra” y en esos mismos versos cantó sin titubeos su amor por el pueblo de España al que conocía de primera mano; “Quiero la tierra amarilla que baña el Ebro lodoso, quiero el Pilar azuloso de Lanuza y de Padilla”.

¿Eran acaso hipócritas los escolares que desfilaban en Cuba cada 28 de enero con ofrenda de flores ante los monumentos al forjador de nuestra independencia? ¿Lo eran quienes en mi ciudad natal dejaban caer una flor cada 27 de noviembre frente a la casa en que vivió Carlos Verdugo? ¿Es acaso bochornoso o antipatriótico conmemorar el sacrificio de un verdadero mártir? Tuve el especial honor de conocer muy de cerca algunos de aquellos escolares entre quienes desfilé, los que andando el tiempo y ya vistiendo la toga viril de que nos hablaba José de la Luz y Caballero, supieron enfrentarse sin temor al patíbulo castrista, tal y como sus antecesores lo hicieran frente al patíbulo colonial.

La Bandera y el Himno Nacional no simbolizan un partido ni una filosofía política específica, pero sí una legítima aspiración colectiva. El himno norteamericano y las Barras y Estrellas son eco de las ideas elocuentemente expresadas en la Declaración de Independencia y en el “Bill of Rights”. Y por encima de eso son recordatorio del sacrificio de cientos de miles, quienes durante el curso de doscientos treinta y dos años dieran sus vidas por esas preclaras ideas, haciendo posible el gobierno de, por y para el pueblo. Esas notas y esos colores son también, como en la Tumba del Sodado Desconocido de Arlington, un reflejo de las huellas de los héroes norteamericanos anónimos, quienes carecen de identidad y un lugar reconocido para el eterno reposo.

No es sorpresa que quien así se manifieste sea precisamente un individuo en apariencias arrogante, demagogo y elitista, quien nunca ha puesto en el menor peligro su existencia en holocausto a la libertad e integridad de sus hermanos. Quienes desprecian los símbolos de la patria y condenan como hipócritas a todos quienes los veneran, lo hacen únicamente porque son incapaces de asumir su propia responsabilidad ante ellos: presumen despreciar la virtud de que carecen.

Por eso amigo lector, Dios mediante me voy a dar un gran gusto viendo los fuegos artificiales este 4 de julio.

Pasadena, julio del 2008.

© Hugo J. Byrne

La Columna de Hugo J. Byrne


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