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El Falso Nacionalismo de Latinoamérica

“Mientras menos pueda un hombre demostrar su propia excelencia, más inclinación tendrá a reclamar la excelencia de su país, de su religión, de su raza, o de su santa causa”.
Eric Hoffer (“The True Believer”)


Héctor Casanova, antiguo compañero de luchas y avispado lector de esta columna me envía un formidable ensayo del escritor mexicano Sabino Bastidas Colinas titulado El cuento del astronauta “mexicano”. Bastidas hace un estudio analítico profundo de las reacciones de los dirigentes mexicanos ante la participación del astronauta José Hernández Moreno en el último vuelo del transbordador espacial Discovery, el pasado 29 de agosto.

Con precisión quirúrgica el escritor mexicano describe el dramático contraste entre el verdadero significado de la hazaña espacial de Hernández y aquel que los políticos de turno quisieron adjudicarle en la tierra de sus padres. Los padres de Hernández, ambos trabajadores del agro, ingresaron a Estados Unidos ilegalmente. Hernández nació en California en 1962.

El afamado astronauta durante su muy temprana juventud también se dedicaba a recoger cosechas por salario mínimo, pero amplió sus horizontes a través de enormes avances educacionales obtenidos con tesón y sacrificios. Hoy ostenta un doctorado en ingeniería y es astronauta de la NASA. Sus humildes orígines contrastados a su extraordinario éxito académico e intelectual, constituyen un singular ejemplo de talento, esfuerzo y determinación.

Bastidas describe como el Presidente y otros líderes aztecas recibieron a Hernández en su reciente visita a México con merecidos honores, presentándolo orgullosamente como representativo de lo que pueden alcanzar las virtudes y talentos de los hijos de la tierra natal de Juárez. Incisivamente el escritor agrega que Hernández es al mismo tiempo también un ejemplo de lo que se ven forzados a hacer los mexicanos pobres que desean mejorar sus vidas. ¿Cuál habría sido el destino de Hernández, nos pregunta, si sus padres hubieran decidido permanecer en México?

Con incuestionables argumentos el ensayista mexicano demuestra que no fueron las alas del águila en la bandera de su patria las que dieran cobijo y sombra a Hernández, sino las de otra que aparece en el escudo de Estados Unidos. Bastidas nos recuerda que Hernández no es en realidad un astronauta mexicano, sino uno norteamericano, hijo de inmigrantes mexicanos, quien estudió y trabajó en Estados Unidos y quien es vivo ejemplo de que las circunstancias son parte fundamental de la existencia humana, tal como filosofara José Ortega y Gasset. Es bien obvio que de haber permanecido sus padres en territorio mexicano, Hernández nunca hubiera realizado su sueño: a 40 años de que un norteamericano desembarcara en la luna, todavía México ni siquiera cuenta con un programa espacial. ¿Sabríamos de la existencia de Napoleón si este se hubiera quedado en Córcega?

Para un servidor, el caso de Hernández subraya especialmente las absurdas negativas consecuencias que emanan del llamado “nacionalismo” mexicano, no diferente del de otras naciones de origen ibérico del Hemisferio. Siempre hemos tenido la tendencia fatal a confundir la nación con el estado. Es por esa razón que nuestros totalitarios hacen énfasis en falsamente llamar “nacionalizaciones” a las confiscaciones arbitrarias que hace el estado de propiedades ajenas, sin importar que las mismas sean o nó poseídas por extranjeros o nacionales. ¿Cómo puede “nacionalizarse” algo que legalmente pertenece a nacionales y nó a extranjeros? Aunque en todos los casos la confiscación arbitraria a legítimos propietarios es sinónimo de robo a mano armada, el contrasentido no es sólo semántico, sino en la práctica también enormemente perjudicial: crea una escala de valores inversa y en consecuencia, corrupta.

En las reglas de ese juego de los embustes, logros inconsecuentes como la victoria de un equipo de balonpié o el triunfo de un boxeador del patio se transmutan en “glorias nacionales”. Todo promovido perversamente por quienes medran con el atraso general. Mucho circo para disimular la ausencia del pan.

La gran mayoría de las tierras en el México de hoy pertenecen al estado. Lo mismo sucede con los derechos minerales. Los extranjeros pueden comprar o fabricar inmuebles, pero no pueden adquirir el suelo en que se asientan. Los inversionistas no mexicanos sólo puede arrendar temporalmente la tierra y ese arrendamiento está a expensas de incontables limitaciones burocráticas y hasta de posibles cambios en la ley. Para ello existe un complicado, arcaico y cambiante sistema de fideicomiso, que ha generado históricamente costosos desastres para los inquilinos. Los obstáculos a la inversión son mayores para los extranjeros, pero también existen para los nacionales, quienes tienen que enfrentar un atrincherado clientelismo, mucho más sutil hoy que la tradicional “mordida” de antaño. Eso permite que los llamados “nacionalistas” denuncien esos hábitos corruptos como lacras de la “libre empresa” y del “capitalismo”.

Nadie ponga en duda que México es una nación inmensamente rica, con potencial a un desarrollo semejante al nivel alcanzado por Estados Unidos. Desgraciadamente para el pueblo mexicano, nada se observa en el horizonte político-económico que prometa ese progreso. Al contrario, la corrupción inherente a todo lo que posea o controle el estado parece afianzada firmemente como un inamovible bulto de cal hidráulica que nadie se atreve a empujar fuera del camino. Además, irónicamente es ahora Washington quien está haciendo cuanto puede por que Estados Unidos empiece a parecerse a México.

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D
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© Hugo J. Byrne

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