
Historia Demográfica del Exilio
Fue Niccolo Machiavelli quien estableció las bases en que se sustenta
la agenda mesiánica contemporánea. El sociólogo toscano
describió en el siglo XV la separación tangible entre la ética
y ciertos mecanismos violentos que son brutalmente efectivos para obtener
y mantener el poder político: “El Príncipe (nombre común
durante el Renacimiento para designar a un caudillo) siempre debe preferir
ser temido a ser amado”. Machiavelli no era un ideólogo del
mal, sólo un investigador minucioso de las lecciones sombrías
en la historia política. Tres siglos después, el soldado-emperador
Napoleón I, aplicó las premisas enunciadas por Machiavelli
con indudable éxito .
En el ámbito cubano, ¿no es el absolutismo totalitario de los
Castro el heredero contemporáneo más legítimo de esa
doctrina? A costa de mortificar a más de uno sostengo como realidad
histórica que el ritmo constitucional cubano se detuvo súbitamente
el 10 de marzo de 1952, culminando en la tiranía que avasalla a Cuba
desde 1959. Ese golpe condujo a muchos cubanos de muy diversas vertientes
ideológicas a oponerse violentamente a la violencia oficial. Por supuesto,
el golpe le dio a los totalitarios el “pie para la décima”.
En lo que pasa por historia en la Cuba de hoy y en la desvergonzada propaganda
que disemina el régimen, fue el “Comandante en Jefe” quien
singularmente destronó a Batista. La realidad histórica es
muy distinta.
Curiosamente, fue el Partido Socialista Popular (comunista-estalinista) la única
organización política importante que oficialmente renunciara
a esas actividades, denunciando la beligerancia de todos los otros grupos.
Curioso, pero no sorprendente para quien conociera las estrechas relaciones
históricas entre los golpistas de 1952 y los corruptos jerarcas del
socialismo cubano. En el último minuto del régimen impuesto
en marzo de 1952, el P.S.P. envió a la Sierra Maestra a título
de “observador” entre los alzados de Castro, nada menos que a
Carlos Rafael Rodríguez, viejo bonzo totalitario quien fuera Ministro
sin Cartera del gobierno constitucional de Batista (1940-1944).
El propósito universalmente aceptado por los muchos sectores de la
oposición armada al pronunciamiento (incluyendo el futuro Tirano)
en cada documento y en todas las resoluciones de todas las asambleas y cabildos
de exiliados (incluyendo los pactos de Montreal y Caracas), era el regreso
al gobierno civil. Se enfatizaba el acatamiento a la violada Constitución
y se prometía restablecer un estado de derecho sin cortapisas, con
pluripartidismo y elecciones libres en un plazo razonable después
de la derrota de los usurpadores.
El socialismo que claramente denunciara Martí, hecho siempre ocultado
por la “prensa” castrista, nunca fue una opción escogida
libremente por los cubanos, antes o después de 1959. Su acatamiento
voluntario por el pueblo de Cuba es una fabricación propagada por
quienes desean reescribir la historia para justificar su crimen contra el
pueblo. Castro venció, como dijera Unamuno de Franco, pero nunca convenció a
los cubanos y, a diferencia de otros menos sofisticados aspirantes a dictadores,
nunca declaró sus verdaderos propósitos hasta el instante mismo
de controlar todos los resortes del poder. Esa vergonzosa realidad incluso
la reconoció cínicamente en un discurso en diciembre de 1961.
Por eso marcharon al destierro más de dos millones de cubanos durante
un período que ya supera medio siglo. Decenas de miles lo han hecho
incluso a riesgo de la muerte, cruzando el Estrecho de la Florida en balsas
y otras embarcaciones de fabricación casera. Entre estos últimos,
estimados conservadores determinan que por cada tres de aquellos que alcanzaron
las costas de Estados Unidos, uno pereció en la travesía.
Al empezar ese éxodo Cuba contaba con una población estimada
en más de 7 millones de habitantes y después de 51 años
de socialismo esa población apenas supera los 11 millones. Incluso
en las estadísticas publicadas por el propio régimen se evidencia
no sólo un estancamiento demográfico en los últimos
años, sino una reducción. Durante el mismo período casi
todas las naciones del Hemisferio han más que duplicado su población.
A pesar de la insularidad cubana y de la vigilancia estrecha que de sus costas
mantiene el régimen, casi el 18% de la población ha huído
al extranjero.
El exilio en Estados Unidos es una tradición de los cubanos libres:
la contribución humilde y sacrificada de los trabajadores de la industria
tabacalera en la Florida (contribución cubana, española y norteamericana)
y en especial en Tampa y Cayo Hueso, financió la lucha por la independencia.
El odio colonial (aún intacto) hacia la independencia que procuraban
nuestros antecesores hizo de esa emigración a finales del siglo XIX
el objetivo de la virulencia soez de ciertos gacetilleros penisulares. ¿A
quién puede sorprender que la toma traicionera del poder absoluto
por el hijo bastardo de un antiguo soldado de Weyler, mimetizándose
como “socialista cubano” y manipulando las circunstancias de
la “guerra fría” revuelva de nuevo esos viejos enconos?
¿Cuántos cubanos partirían hoy al exilio si pudieran
salir del manicomio marxista (europeo y mesiánico) al que el castrismo
y sus alabarderos los condenaran a vivir desde 1959? Nadie puede honestamente
estimar con precisión esa cifra, aunque sí se podría
vaticinar que sería enorme. Baste mencionar que durante un período
de menos de dos meses en 1994, al relajar la tiranía la vigilancia
costera para molestar a Washington, se hicieron a la mar en las aguas traicioneras
del Estrecho de La Florida más de 32,000 cubanos en embarcaciones
de dudosa capacidad para la navegación.
Puede afirmarse que en su gran mayoría los exiliados cubanos, aunque
repartidos en los cuatro puntos cardinales, prefieren vivir en Norteamérica.
Las razones de esto son múltiples, pero entre ellas la cercanía
a la patria es una de las principales.
A pesar de su proximidad a las costas continentales de Norteamérica,
Cuba carecía de la vocación migratoria hacia los Estados Unidos
que demostraba el resto de la América Hispana desde mucho antes de
1959. El “Estudio Económico sobre Cuba” (1964), obra monumental
del Dr. José Alvarez Díaz, Ministro de Hacienda de Cuba durante
la presidencia de Prío y uno de los más reconocidos economistas
del continente en su tiempo, indica que sucedía lo contrario: Cuba
era destino cotidiano del influjo migratorio, absorbiendo sólo en
el período de 17 años entre 1902 y 1919, más de 600,000
extranjeros, la mayoría españoles. Cifra enorme cuando se considera
que en 1899 la población total de Cuba era de menos de 1,600,000 habitantes.
La vigorosa inmigración europea continuó sin abatirse hasta
1959: en ese año había 12,000 solicitudes migratorias en la
embajada cubana en Roma. Pero ese influjo no fue sólo español
y europeo, sino también negro y oriental: atraídos por la industria
azucarera arribaron miles de inmigrantes de Jamaica, explicando la incidencia
de apellidos ingleses en familias negras. Los haitianos que habían
empezado a emigrar a la Provincia de Oriente desde los tiempos coloniales,
continuaron su influjo durante la República, también hasta
1959.
El barrio chino de La Habana atestiguaba la presencia de una etnia cuyo cénit
migratorio de 30,000 personas se produjera entre los años 1919 y 1925
(investigaciones demográficas por Juan Pérez de la Riva). Sin
embargo, Cuba contaba con 15,000 inmigrantes chinos en los albores del siglo
XX. Muchos chinos se habían distinguido combatiendo en nuestra Guerra
de Independencia. De su participación en 1895 dijo Gonzalo de Quesada,
uno de los íntimos de Martí y nuestro primer embajador en Washington: “No
hubo un chino desertor, no hubo un chino traidor”.
Tal es, muy abreviada, la historia demográfica de los cubanos y la
razón de ser de su éxodo político.
© Hugo J. Byrne
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