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Hugo Byrne

En la Encrucijada

“La felicidad del hombre no tiene su raíz en la libertad, sino en su acatamiento al deber”

André Gide (Prólogo a “Vol de Nuit” de Antoine de Saint-Exupery)

Los próximos meses pueden presentar un período grandemente crítico en el devenir cubano. El futuro inmediato sugiere ciertas estrategias conducentes a la libertad de Cuba. Y por supuesto, no me refiero a las “dificultades” que puedan surgir para el castrismo con la disidencia o con su abismal reputación en el capítulo de derechos humanos.

La disidencia es simplemente uno de los varios elementos que se usan para distraer la atención pública en la larga (y hasta ahora muy efectiva) estrategia del totalitarismo castrista para mantenerse en el poder. Cincuenta años de represión dan fe de ello.

La disidencia existe sólo en función de los intereses del régimen. El castrismo puede simplemente descabezar esa disidencia en cuanto lo considere conveniente. Ya lo hizo parcialmente hace algunos años al poner a 75 de sus líderes fuera de circulación. Lo podría hacer de manera definitiva en cualquier momento, e incluir en esa degollina a todo aquel que les moleste. ¿Por qué hasta ahora no lo ha hecho? Muy sencillamente porque no considera que haciéndolo estaría avanzando su mejor interés publicitario. Tan simple como eso.

¿Le preocupa al régimen la mala publicidad que representa su notorio historial de violaciones a los derechos humanos? No existe evidencia de ello. ¿Le preocupan al régimen las críticas de organismos no gubernamentales del extranjero? No solamente La Habana lo ha negado con énfasis y frecuencia, sino que tampoco hay la menor prueba de que la crítica a esas actividades por parte de dichas organizaciones les quite un segundo de sueño a los tiranos. ¿Le preocupa al régimen castrista lo que haga o deje de hacer ese foro internacional anodino, corrupto y ridículo que llamamos Naciones Unidas? Hace mucho tiempo que La Habana controla o neutraliza la llamada “Comisión de Derechos Humanos” de la ONU, o como se llame ahora. Cuando batimos palmas en el exilio por las “derrotas castristas” en ese cónclave (las que son menos y más espaciadas cada día), sólo hacemos gala de gran ignorancia sobre la naturaleza del régimen y de cuáles son sus verdaderas debilidades. En resumen, ¿existe alguna amenaza que la dictadura tome en serio, tema o resienta? Por supuesto.

El socialismo tiene la característica inherente de ser incosteable. El estado es por naturaleza notoriamente incapaz de hacer funcionar la economía, pues su mantenimiento requiere mucho más de cuanto el propio estado pueda ofrecer. Muy lejos de ser autosuficiente, todo estado socialista necesita auxilio económico externo para subsistir. He aquí el Talón de Aquiles socialista. Las teorías de Marx no han funcionado económicamente en ninguna parte del mundo y el derrumbe de la Unión Soviética lo prueba más allá de toda duda.

El amable lector sabe que Rusia continúa manifestando designios imperialistas y que su dirigencia, heredera de los cuadros sangrientos de la KGB, aún representa un peligro latente a sus vecinos, el que se ha hecho real y palpable con la reciente invasión de su vecina Georgia. Sin embargo, esa amenaza no es remotamente comparable a la que esgrimía la Unión Soviética de los años 70, cuando todos esos estados de la periferia rusa hoy independientes y soberanos como Georgia, formaban parte del temible “Imperio Malvado”. Durante su cénit de poder, ese macroestado se extendía por dos continentes, ejerciendo dominio absoluto sobre una población que ya entonces superaba los 300 millones. Los Soviets poseían una panoplia nuclear quizás no tan sofisticada como la occidental, pero al menos más extensa y otra convencional abrumadoramente superior en números.

¿Cómo se produce el derrumbe soviético? Toda la evidencia que tenemos indica que ese desplome sólo ocurre al secarse las fuentes de ayuda exterior, poniendo fin a las declinantes esperanzas de éxito en su ruinosa carrera estratégica contra Estados Unidos. Aunque los acontecimientos indican que la administración de Reagan trató infructuosamente de acomodar el régimen de Castro, es indiscutible que utilizó un método bien distinto con su principal patrocinador.

La ofensiva económica de Reagan tuvo un éxito espectacular para gran frustración de la izquierda en Norteamérica, la que a través de todos los organismos de prensa que domina trató infructuosamente de mantener en el candelero la desacreditada agenda de la coexistencia pacífica entre un totalitarismo socialista agresivo y las democracias liberales de Occidente. Los últimos estertores de ese disparate se se manifestaron durante la ruinosa administración de Carter. Las medidas económicas antisoviéticas de Reagan comprendían una gama extensa, cuya descripción detallada requeriría más tiempo y espacio del que dispongo semanalmente para esta columna. Sin embargo, mencionaré un factor muy poderoso: la Iniciativa Estratégica Espacial, plan que no podía ser contrarrestado por los soviéticos sin enfrentar bancarrota.

A pesar de las apariencias, nunca ha sido la situación económica más vulnerable para el castrismo que al presente. El problema energético parece cada día más complicado. La parte de los 100,000 barriles diarios regalados por Chávez que se destina a la venta para obtener moneda dura, cada día se reduce más, sugiriendo un creciente consumo interno. La industria turística, en la que a finales de la década pasada La Habana cifraba grandes esperanzas parece estar en plena retirada, obteniendo paupérrimas ganacias netas. El crédito internacional tradicionalmente extendido con extraña liberalidad a la tiranía, parece al fin estar tocando a su fin. ¿La simplísima razón? El castrismo debe a todo el mundo y no paga a nadie. La sábana ya no cubre simultáneamente la cabeza y las rodillas. Al castrismo le quedan sólo dos esperanzas: un cambio político drástico en Washington que promueva el fin de las restricciones del embargo y la consecuente extensión de crédito con garantía. ¿Qué podemos hacer para frustrar esa posibilidad?

La otra esperanza castrista es que China eventualmente substituya a Chávez como patrocinador de La Habana.

© Hugo J. Byrne

La Columna de Hugo J. Byrne


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