

Mis padres, maestros ambos, me educaron en casa hasta el nivel primario de un sólido segundo grado y entonces me matricularon en el tercero de una escuela privada. Eso fue académicamente bueno, pero socialmente difícil. Mi nivel académico era mejor que el de mis condiscípulos en unas materias y similar en otras. Sin embargo, a pesar de haber jugado con muchos de mis compañeros de clase en un parque muy cercano a mi casa, no estaba maduro para la vida escolar. No es lo mismo jugar que compartir el ambiente de un aula. El mote de “sabio” me acompañó por algún tiempo. Sin embargo, al iniciar el cuarto grado ya me identificaba totalmente con el resto de la clase.
Eso cambió de nuevo cuando mi fácil aprendizaje hizo que mis padres decidieran matricularme en un curso de verano de la misma escuela para pasar directamente del cuarto al sexto grado. Al empezar el sexto, mis nuevos condiscípulos resintieron la presencia de otro alumno más joven y además; “sabelotodo”. Los niños suelen ser crueles entre ellos. Recuerdo ese tiempo con amargura.
Los problemas con los otros estudiantes afectaron inevitablemente mis estudios. Un mes antes del examen de admisión al bachillerato, el director de la escuela me dijo que yo no estaba preparado para pasar la convocatoria de junio y que en su opinión debía esperar a septiembre. Desanimado, le dí la mala noticia a mi padre, quien opinó que la decisión era totalmente mía. Mi padre siempre me enseñó a desarrollar criterio propio. Al día siguiente le dije al sorprendido director que me presentaría al examen de junio de todos modos, viniera lo que fuese. Desde ese momento, con la ayuda paterna y hasta el examen de junio, los estudios absorbieron todo mi tiempo y toda mi vida.
Pasé el examen con el promedio más alto de la escuela (que fue sólo 74%). Ese éxito inesperado me benefició de inmediato, pero me envalentonó fuera de toda proporción. Durante las vacaciones de verano crecí físicamente, así como también creciera mi confianza y determinación. Lo primero que vino a mi mente inmadura fue el desquite. Busqué a quienes me habían hecho la vida imposible en la escuela. Sólo pude encontrar a uno de ellos, quien a pesar de mis insultos rehusó pelear.
Eso me hizo daño. Llegué a creerme una especie de “guapo”, peleando ante lo que interpretara como la menor transgresión a mi persona, sin importar que el contendiente fuera más grande, más fuerte, o numeroso. En una ocasión, ya cursando el primer año de arquitectura, intervine en una riña a la que nadie me invitara y en la que enseguida me ví enfrentado con dos gordos. Seguí tirando cuantos golpes pude, pero recibí una pateadura olímpica. Cuando al fin terminó el tumulto, sangraba de la frente, la nariz y la barbilla (una cortada sobre una cicatriz vieja) y esta se deformó. No aprendí de inmediato, pero el amable lector puede estar convencido de que empecé a hacerlo desde ese mismo día, percatándome eventualmente de que la mejor bronca es ninguna. También aprendí a no despreciar al contrario. El desdén por el oponente es en sí mismo un enemigo peligroso.
Cuando Hitler invadió Polonia en 1939, se asombró de la resistencia sostenida por quienes consideraba miembros de una raza menos que humana. En esas primeras fases de la Segunda Guerra Mundial, Polonia proporcionalmente resistió por un corto tiempo con más denuedo y éxito que sus más poderosos aliados franco-británicos al año siguiente.
Lo mismo ocurrió después cuando el alzamiento de Varsovia en 1944, ocasión en la que asombró la increíble insurgencia y el rechazo a rendirse por parte de los patriotas polacos. Su actitud bélica provocó que los brutales nazis exterminaran a más civiles (casi 300,000 entre hombres, mujeres y niños) que las dos bombas de Iroshima y Nagasaki juntas, aunque el New York Times y otras publicaciones de la misma calaña “liberal” no lo recuerden.
El desprecio al enemigo es siempre resultado de ignorancia.
Hace unos pocos días un candidato a la Casa Blanca a quien esa misma prensa
adora como al nuevo Mesías, calificó a Irán como
nación insignificante (“tiny”). Yo preguntaría
si en alguna ocasión ocasión este “elocuente” graduado
de Harvard y Profesor de Derecho Constitucional, estudió geografía
universal. Este es el mismo aspirante que una ensayista llamada Ana Menéndez
desde el “liberal” Miami Herald, casi canoniza por hacer
una cita de Martí, gritar “libertad” y comunicarse
a una audiencia diversa, a nivel más profundo que la etnia. La
reunión fue con “líderes cubanos del nuevo y diverso
exilio de Miami”. ¡Ohh!
Para beneficio del Profesor de Derecho Constitucional (y quizás
de su arrobada apologista del Herald) aquí van algunas cifras
vitales sobre el “insignificante” Irán. La extensión
territorial de la antigua Persia es mayor que la de los Estados Norteamericanos
de Alaska y Kentucky juntas (1,648,000 kilómetros cuadrados).
También es mayor en territorio que muchos países europeos
y potencias mundiales como Alemania, Francia, el Reino Unido e Italia.
En población también supera a tres de esas cuatro naciones
(Irán cuenta con casi 66 millones de habitantes).
Irán está además perfectamente situada para darle a los aliados de Norteamérica grandes dolores de cabeza: tiene 936 kilómetros de frontera con Afganistán, 499 con Turquía y, lo que ya está resultando gran problema, 1,458 con Irak. Además extrae más de 4,000 millones de barriles de crudo al día, de los que exporta un 68% y al evaluar eso debemos considerar su precio en el mercado mundial. Ese país “insignificante” está dirigido por el iluminado Mahmud Ahmadinejad, de quien se sospecha participara en la violación de la Embajada de U.S.A. en Teherán y quien no oculta su inalterable ambición de masacrar a Israel y a quien se oponga, para cuyo santo objetivo enriquece uranio.
El esperpento agonizante de Cuba afirmó en una ocasión
en público que el país tenía 5 provincias, no 6,
o las 14 en que él mismo lo dividiera arbitrariamente. El candidato
presidencial de marras, hombre sano, joven y educado, “abrumado
por el cansancio”, dijo recientemente que Estados Unidos tenía
más de 57 estados. Quizás por eso no saludara la bandera
al escuchar el Himno Nacional: probablemente estaba contando las estrellas.
Nadie eligió a Castro en Cuba, pero si elegimos este tarugo aquí,
mereceremos cuanto venga.
© Hugo J. Byrne
La Columna de Hugo J. Byrne
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