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El Diablo ante el Altar

Tema de peremnes basuras literarias del género místico, siempre de pésimo gusto e ínfima calidad, es la involuntaria presencia del demonio en una iglesia. Cuando no tiene alternativa, va allí obligado por las circunstancias que propician su propia maldad, traición y disimulo.

Procura entonces pasar inadvertido, pero no puede. Su malestar se hace evidente a todos los feligreses. Satanás rechaza el ambiente eclesiástico, lo odia, lo aborrece, le produce fiebre, náuseas y convulsiones insoportables.

Utiliza todas las excusas posibles para no asistir a la boda, al bautizo, a la misa solemne que conmemora el milagro o el evento salvador, o cualquiera sea la ceremonia a que ha sido invitado por aquellos cuyas almas desea condenar al fuego eterno. Cuando no lo logra y siempre por fuerza de circunstancias de su propia creación, se ve obligado a enfrentarse al altar. Entonces ruge, suda, tiembla, arroja, se retuerce, se desorbita, se le evidencian los cuernos, se tira del cabello y cambia de color.

En la última secuencia del capítulo, o en el final de esa escena en la película B, incapaz ya de resistir el incontrolable impulso, el demonio corre despavorido a la calle. Entonces, al ponerse en evidencia, fracasa su perversa conspiración para condenar almas inmortales.

No es mi propósito comparar a nadie con el diablo. Eso es para demagogos ramplones como Hugo Chávez. Además, es indiscutible que todos tenemos lugares u ocasiones a las que no deseamos asistir. Las razones pueden ser o nó legítimas. Es posible que no nos sintamos muy cómodos honrando a alguien con nuestra presencia, o que no simpatizemos con el evento que se conmemora, o simplemente que no lo consideremos de importancia suficiente como para interrumpir nuestra sagrada rutina. Existe una tercera posibilidad y es el deseo políticamente correcto de no ofender a colaboradores o amigos.

A principios del mes de noviembre se conmemoraron 20 años del derrumbe del llamado muro de Berlín, que los berlineses bautizaran como “la barrera del bochorno” (“Schandmauer”). Esta fue erecta en agosto de 1961 por órdenes de la Unión Soviética a través de sus testaferros Walter Ulbritch y Erick Hoeneker, mandamás el primero del estado ficticio que llamaban “República Democrática Alemana”, del que el segundo fungía como Secretario del Comité Central del Partido Comunista para “asuntos de seguridad”.

Ambos asesinos trabajaron diligentemente en ese proyecto que establecía un cinturón apretado en el corazón mismo de Berlín para impedir la fuga del pueblo a la mucho más populosa y enormemente más próspera zona libre al oeste de la ciudad. El muro de Berlín fue el primer fracaso internacional del Presidente John F. Kennedy, aunque no el último. En 1971 Hoeneker substituyó a Ulbritch como dictador de ese pedazo de Alemania que Stalin arrebatara por la fuerza en 1945.

Levantar la “Schandmauer” no impidió por completo la fuga hacia la libertad, pero sí la sofocó considerablemente. La alta doble pared con alambre de púas arriba, no solo representaba un obstáculo físico, sino que era también una atalaya desde donde expertos tiradores de la notoria policía política de Hoeneker ametrallaban con fruición deportiva a todo aquel que decidiera cruzarla. No muchos sobrevivían, pero el ansia de libertad es intrínseca en el ser humano. Durante los meses de junio y julio de 1961 las defecciones a occidente excedían 1,000 por día. Eso determinó que al mes siguiente se empezara a levantar el “muro de la infamia”.

A las ceremonias conmemorativas de su desplome hace 20 años fueron invitados los jefes de estado de todas las naciones importantes del orbe. El principal solemne acto presidido por la Primera Ministra Angela Merkel reunió una inmensa delegación diplomática. El expresidente George H. W. Bush se encontraba en primera fila por haber sido Primer Mandatario aquí cuando a raíz del desplome político de Hoeneker el pueblo berlinés empezó a demoler por sí mismo el odiado símbolo de la división de Europa. El sentido común nos indica que ningún presidente norteamericano en funciones hubiera declinado semejante oportunidad de asistir a tan importante afirmación de la libertad individual, fundamento histórico de Norteamérica y su razón de existir como Estado. ¿Piensa así el amigo lector? Frío, frío.

El Presidente Barak Hussein Obama brilló por su ausencia. ¿Razón aducida? Programa previo. Quizás se dedicaba en ese momento a retorcer brazos de una docena de congresistas demócratas representando estados oposicionistas, quienes votaron a favor del “Obamacare” el sábado pasado. A pesar de todas esas retorcidas de brazo, tanto por parte suya como por la Vocera Pelosi, “Obamacare” solamente ganó la votación por 5 votos entre un total de 435 congresistas. Pírrica victoria si alguna vez hubo una. ¿No tuvo tiempo el “Mesías” de asistir a Berlín? No lo creo. Y aunque sea yo el acusado de diablo, opino que su desaire a Merkel fue simplemente por nó avalar con su presencia el triunfo pacífico más importante en la historia de Norteamérica.

Pues al fin y al cabo, la Norteamérica de antes de su investidura es vista por él como su único real enemigo.






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© Hugo J. Byrne

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