

Una pequeñita de casi dos años de edad, de pelo castaño rizado, mirada pícara, sonrisa encantadora y chapas rosadas en las mejillas, a quien tenemos la inmensa fortuna de ver diariamente, tiene verdadera pasión por su chupeta, ¿o debo decir chupetas?. Al alistarse para su siesta de varias horas en la tarde, necesita tanto de su pomo de leche como de un buen surtido de chupetas. Todo eso es muy normal. El único problema reside en que suelta la chupeta de turno por cualquier rincón del cuarto, comedor, sala, garage, etc. En consecuencia, probablemente existen unas trescientas chupetas escondidas en diversos lugares no necesariamente estratégicos, sin sumar las incontables que rebosan en casa de sus padres.
Sentarse sobre cualquier butaca de la sala, silla del comedor o asiento del auto, sin hacerlo sobre una chupeta es más difícil que sacarse la lotería. Para abuelos con baberos permanentemente enlazados al cuello eso no es problema alguno, sólo un alegre recordatorio de su existencia. Además, ¿cómo enseñar hábitos de orden y economía a alguien de su edad?
Lo que siempre ha ocurrido sólo con bebitos, sucede hoy con increíble frecuencia entre adultos de Estados Unidos. No es que (necesariamente) requieran el embeleso que provee una chupeta, sino que llegan a la edad de la razón sólo cronológicamente, sin entender ni jota o preocuparse en lo más mínimo por temas tan vitales como el orden y la economía. Conocimientos básicos para convivir socialmente con éxito y en paz.
Sin ánimo de ofender la inteligencia de mis lectores ni remedar a Perogrullo (personaje ficticio de las obras de Quevedo), pero con la esperanza de agregar mi grano de arena a la educación que sin duda proveen a sus amistades y conocidos en temas económicos, aquí va una cartilla en la materia, confeccionada por un lego, pero viejo observador. La lista no está necesariamente en orden de importancia y sólo puede usarse en una sociedad en la que predomine la libertad económica (ergo, capitalismo o economía de mercado).
Desde el inicio de la Revolución Industrial a finales del siglo XIX el único medio de crear capital es el trabajo. Esa labor puede desarrollarse empleándose en una empresa ajena, o creando un negocio propio. La primera opción es la más fácil, pero la menos retribuída, con la excepción minúscula de los más destacados en ciertas profesiones como estrellas del deporte, músicos, autores famosos de ficción literaria y artistas de cine y televisión. La segunda opción requiere muchas más horas de trabajo, sacrificio y dedicación. En ella no existe éxito asegurado ni garantía de enriquecimiento y en el promedio de los casos el éxito del presunto empresario depende de su capacidad para entender la naturaleza humana.
La práctica de gastar más de lo que se percibe conduce inexorablemente a la ruina. Esto se aplica tanto al individuo como colectivamente. Cualquier programa grandioso que asuma el estado requiere un estudio de costeabilidad por parte de una ciudadanía responsable. La demagogia que promete todo a todos termina empobreciendo a la sociedad. Prestar oído a cantos de sirenas políticos es debilidad de irresponsables, ya que el estado es un organismo burocrático e impersonal y en consecuencia insolvente por naturaleza. Un problema originado singularmente en escasez de juicio es la presente debacle del mercado de bienes raíces. Esa crisis tiene su origen en la tendencia colectiva a adquirir más de lo que razonablemente se puede sufragar. Comprar una vivienda no es una inversión juiciosa si nuestros medios apenas nos permiten pagar la renta de la casa que estamos alquilando. Una regla de oro al amortizar una hipoteca mensualmente es que el pago nunca debe exceder el ingreso neto familiar de una semana. Por su parte los bancos que prestan dinero a individuos o negocios que representan un extraordinario riesgo, no están beneficiando al cliente ni a su propio negocio. A pesar del mensaje altruístico de la popular comedia romántica de mediados del siglo pasado “It’s a wonderful World”, la filantropía usa medios propios, no el patrimonio ajeno.
Visitando la Biblioteca Pública de New York hace pocos años, le pregunté a un empleado el nombre del pintor de un cuadro en exposición con firma ilegible. Parece que el individuo tenía un mal día. Su respuesta fue la siguiente: “No sé quien es, ni me interesa”. Pensé quejarme a un supervisor, pero decidí no hacerlo. Seguramente me habría pedido que llenara una planilla, la que probablemente terminara en el cesto de la basura. Estaba de visita en esa ciudad para asistir a una boda, no para perder mi tiempo.
Las bibliotecas públicas, al igual que el resto de todas las dependencias públicas son mantenidas con el aporte de los contribuyentes de la ciudad o del estado. Los turistas también contribuyen indirectamente a su mantenimiento (incluído el empleo del cretino), incurriendo en otros gastos que benefician al municipio y al estado. La descortesía del empleado a un visitante perjudicaban los intereses de su empleador. ¿Cuánto habría durado en su posición el empleado de una librería o museo privado, después de darle a un cliente una respuesta como esa?
Existe relación de causa y efecto entre ciertos servicios que hoy provee el estado y la deuda nacional. Los “seniors” añoramos la época en que los seguros médicos de empresas privadas aportaban en una gran proporción en el pago de nuestras necesidades de salud. Si los dos cónyugues trabajaban, ambos seguros cubrían totalmente los gastos médicos después de pagar una modesta cantidad “deducible”. La entrada del gobierno en la salud pública y con él su proverbial ineficiencia y corrupción, con la versión de la medicina socializada que llamamos HMOs elevó los gastos médicos en proporción bien superior al crecimiento del costo de la vida. Sin embargo, como si eso fuera poco, dos de los candidatos presidenciales para las elecciones de noviembre nos prometen establecer nuevos “seguros” de salud sin definir su costeabilidad.
Por último amigo lector, si los jóvenes planean su futuro
con responsabilidad, mejor que adquieran algún seguro privado
de pensión a la vejez y olvidarse del “Social Insecurity”.
Este último es “protegido” por los “Padres de
la Patria” (el Congreso), para que nunca se privatice. Eso se debe
a que estos “celosos guardianes de los intereses del pueblo” no
reciben el obligatorio y miserable S.S., sino otra pensión muy
jugosa y vitalicia pagada por los contribuyentes. Un aumento periódico
de esa pensión es automática y abrumadoramente legislado
por ellos mismos.
© Hugo J. Byrne
La Columna de Hugo J. Byrne
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