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Hugo Byrne

La Educación en los Dirigentes

El conocimiento es una cualidad imprescindible en el proceso inteligente al hacer una decisión sobre cualquier cosa. Lo que llamamos experiencia, término muy popular en la campaña política presente, no es otra cosa que el conocimiento adquirido a través de la práctica. De acuerdo al Diccionario Esencial de la Lengua Española (Real Academia), la segunda definición de experiencia es “Práctica prolongada que proporciona conocimiento o habilidad para hacer algo”. En cualquier actividad humana el conocimiento necesario para realizarla es vital y eso no necesita demostración.

Además, en toda actividad social la necesidad de conocimiento de cuanto esté relacionado con la misma, es implícita. Por ejemplo, en el magisterio. El maestro para realizar su misión educativa eficientemente necesita mantener la credibilidad de la clase en todo momento. Esa credibilidad sólo se mantiene demostrando conocimiento sobre la materia. Hace muchos años un profesor de segunda enseñanza cometió en mi presencia un error tan absurdo que si no hubiera estado en el aula en ese momento nunca lo hubiera creído. Se refería el profesor a las varias razones que demoraran el arribo de Colón a las tierras del Nuevo Continente en su primer viaje.

El llamado “Mar de los Sargazos” (espesas algas marinas frecuentes en el Atlántico que obstruccionaban la navegación oceánica del siglo XV), fue propiamente descrito por el profesor como uno de los obstáculos encontrados por el famoso navegante. Pero cuando uno de los alumnos preguntó por qué eso demorara la travesía de Colón, ante el asombro de la clase el profesor respondió que se trataba de algas marinas “que aparentemente se enredaban en las hélices.”

El uso de la propela marítima empezó tres siglos más tarde y no trato de delucidar aquí si el profesor era totalmente ignorante de un tema tan básicamente relacionado a su disciplina, o si sólo fue víctima de un lapsus involuntario, ya que también cometo a veces errores tipográficos y hasta cronológicos en lo que escribo (aunque, en honor a la verdad ninguno remotamente tan morrocotudo) y casi siempre tengo la oportunidad de corregirlos antes de que se publiquen o simplemente rectificar mi error en la siguiente columna. Esa ventaja es sólo de quien escribe. Las palabras por el contrario, tienen resonacia permanente y por eso a partir de ese momento el profesor de historia en mi relato perdió credibilidad con sus alumnos. Ese mismo día empecé a dudar de la equivalencia entre académicos y legítimos intelectuales.

A diferencia de los discursos o los debates, las expresiones espontáneas de los candidatos nos dicen mucho sobre la capacidad de los mismos para las posiciones a las que aspiran. Especialmente si esos indicios de garantías o de dudas sobre sus habilidades se manifiesten en un entorno hostil o favorable. Hace poco la candidata vicepresidencial y Gobernadora del Estado de Alaska, Sarah Palin, fue entrevistada por un conocido locutor de la cadena de radio y TV ABC. El mencionado inquisidor adoptando actitudes de superioridad profesoral le preguntó a la Gobernadora su opinión sobre lo que pomposamente llamó “la doctrina Bush”. Confieso que yo no sabía de lo que hablaba. Palin tampoco y así se lo hizo saber con su acertada respuesta; “¿ en relación a qué?”

La Doctrina Monroe es una formulación específica de política exterior norteamericana contra potencias extracontinentales, claramente definida en textos de historia. No así la supuesta “doctrina Bush”, frase originada por el comentarista político Charles Krauthammer, en referencia a ciertas iniciativas militares de Bush, supuestamente “unilatrales”. Sin embargo, existen por lo menos otras tres definiciones de esa hipotética doctrina. Más tarde, la Gobernadora Palin fue entrevistada por la “anchorwoman” de CBS y esta vez dio una respuesta evasiva y absurda a una legítima pregunta.

Empero, las inconsistencias de Palin son insignificantes cuando se les compara a la ignorancia supina del candidato vicepresidencial y Senador Joseph Biden, quien fuera escogido como compañero de candidatura por el Senador Obama ostensiblemente por su “experiencia” en política externa. Este muy locuaz senador, sin que nadie se lo preguntara, aseveró durante una conversación con la misma “anchorwoman” de CBS que entrevistara a Palin, que Franklin Roosevelt era el presidente de Estados Unidos en 1929 y que se dirigió a la ciudadanía ese mismo año a través de la televisión. Toda persona enterada sabe que la televisión no existía comercialmente o de ninguna otra forma en la Norteamérica de 1929. Pero no lo sabe el Senador Biden, escogido para vicepresidente por el inefable Senador Obama a título de “experto”.

Los niños de edad escolar en Estados Unidos saben que Franklin Roosevelt fue electo a su primer período presidencial en 1932 y que tomó posesión de su cargo en marzo de 1933. Cualquier persona medianamente educada sabe que en 1929 Roosevelt era gobernador del Estado de New York, trampolín político que usara con gran éxito para su candidatura presidencial y que el presidente de Estados Unidos en ese año era Herbert Hoover. Pero, evidentemente no el Senador Biden, “autoridad en política exterior” de acuerdo al Senador Barak Obama.

Este Senador Obama, candidato presidencial demócrata, probable ganador de acuerdo a las encuestas del momento y político de profesión para quien el erario público ha sido casi siempre única fuente de ingresos, tampoco ha demostrado profundidad en sus conocimientos de política internacional, e incluso geografía universal o historia. Su reciente afirmación pública de que Irán, Cuba y Venezuela son países insignificantes e incapaces de representar peligro para Estados Unidos, se destaca prominentemente como una de las declaraciones más estúpidas jamás hechas por un político norteamericano en años recientes. ¿Acaso ignoraba Obama la crisis de misiles nucleares en Cuba, en octubre de 1962? El día después de esas muy desdichadas declaraciones, el Senador Obama concedió (sin admitir la pifia) que Iran representaba “un gran peligro”. A reserva que algunos miembros más sofisticados de su campaña le aconsejaran rectificar el error, se hace evidente que le tomó varias horas "descubrir el Océano Atlántico".

De acuerdo al primer presidente de Estados Unidos el gobierno “no es elocuencia, sino poder”. En la misma frase Washington caracterizó al estado como un “amo temible”. ¿Sería juicioso entregar ese tremendo poder en las manos de estos payasos ignorantes?

© Hugo J. Byrne

La Columna de Hugo J. Byrne


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