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Hugo Byrne

El Dilema Democrático en América


Los gobiernos irresponsables de Argentina, Ecuador, Bolivia y Nicaragua fueron electos por vía de las urnas y reflejan una probable mayoría electoral. El régimen de Chávez en Venezuela, aunque ni siquiera respeta sus propias leyes, después de más de diez años de caótico e injustificable despilfarro del patrimonio nacional, aún posee una base electoral considerable. Los gobiernos funcionalmente más cuerdos de Brasil y Chile, que también son resultado de procesos democráticos legítimos, se muestran solidarios con la estúpida política exterior de esos cinco estados quasi totalitarios que mencioné antes. Esto puede también se aplica a México. Todos ellos, amigo lector, absolutamente todos, rinden contínua pleitesía de palabra y obra a la satrapía más cruel, corrupta y lonjeva del Hemisferio Occidental. En esto siguen el ejemplo de las naciones de la Unión Europea, también de signo democrático.

Esa pleitesía se rinde en detrimento del interés nacional de cada una de esas naciones. También puede causar daño político a sus gobiernos. En ocasiones ese daño se aprecia inmediatamente. Como la reciente humillación de Castro a la Sra. Bechelet, actual presidenta de Chile. El carcamal convalesciente de La Habana “le agradeció” la visita oficial y personal a Bachelet, mediante la referencia en un ensayo supuestamente de su autoría, a la “injusta condición de país mediterráneo impuesta a Bolivia”. Esa nación perdió su acceso al océano como resultado de la humillante derrota sufrida por ella y Perú a manos de Chile en la Guerra del Pacífico, durante el último cuarto del siglo XIX.

Al final de ese conflicto los bolivianos perdieron un área rica en minería que hoy abarca las provincias chilenas de Atacama y Antofagasta, incluyendo la ciudad y el importante puerto del mismo nombre. Admitir sin protesta la noción de que esos territorios puedan ser devueltos a Bolivia, es suicidio político en Chile y Castro lo sabe de sobra. Su propósito evidente era humillar a Bachelet. Para la mandataria chilena verse víctima de la incómoda necesidad de protestar el mencionado artículo fue el precio de intimar diplomáticamente con el impredecible dinosaurio antillano. Ella se lo buscó y no me apena su ridículo.

Porque esa intimidad respondía a una cierta lógica: en Chile hay un sector importante que abraza abiertamente la agenda castrista y Bachelet perteneció al mismo. La Presidenta tiene esqueletos podridos y apestando en el closet. Durante el gobierno de Patricio Elwin fue ella quien protagonizara los tejes y manejes para extender un vergonzoso asilo político al asesino comunista Erich Honecker, antiguo dirigente de un estado artificial creado por Stalin, quien pomposamente lo bautizara como “República Democrática Alemana”. Padeciendo de cáncer terminal, Honecker terminó sus días en Chile. Toma y daca: Bachelet a su vez disfrutó antaño la protección del viejo verdugo alemán, durante el Régimen de Augusto Pinochet.

Extensos e influyentes grupos políticos latinoamericanos no sólo simpatizan con la satrapía totalitaria de La Habana, sino que abiertamente abogan por la instauración de regímenes similares en sus respectivos países y en años recientes han logrado el poder por la vía democrática. Por lo menos en tres naciones de Sudamérica aparentan estar implantando totalitarismos copiados de Castro. La abanderada de esas naciones es visiblemente Venezuela, que a pesar de poseer algunos de los más ricos yacimientos de crudo en el planeta, empieza ya a enfrentar problemas económicos muy graves causados por su absurda política estatizante.

El finado sociólogo Jean-François Revel en una de sus mejores obras sugestivamente llamada “La Democracia contra sí misma”, nos indicaba cómo es muy posible entronizar el despotismo totalitario democráticamente. La voluntad de la mayoría que define en la práctica a la democracia, no garantiza una decisión sensata que necesariamente respalde la agenda más prudente o elija el mejor candidato. Este es el “talón de Aquiles” de la democracia. La única legítima virtud de la democracia, es que entraña un proceso pacífico.

Su alternativa es la violencia y el resultado de la misma es el despotismo o el caos. El primero puede quizás imponer una paz temporal bajo uno o varios mandones, pero es una paz injusta y de poca duración. Tampoco trae felicidad social. La ausencia de libertad y dignidad es repelente al ser humano. El caos ni siquiera puede garantizar la vida y es por eso que afortunadamente dura poco. Históricamente todo breve período de anarquía ha terminado en una dictadura o peor; en la tiranía. Los cubanos aprendimos la profunda diferencia entre dictadura y tiranía tal como aprende del fuego quien se ha quemado las manos.

¿Dónde radica entonces la solución de este dilema democrático que padece toda sociedad libre y que está haciendo crisis en este continente? Siempre admiré las estructuras democráticas norteamericanas y me complacía su aparente estabilidad. Hoy tengo muchas poderosas razones para la duda. El redomado cínico Charles Schummer, Senador por New York quien ha hecho de la demagogia un arte, afirmó recientemente que a la mayoría de los norteamericanos no les importa que sus impuestos se despilfarren en frivolidades. Lo triste es que probablemente tiene razón.

La mayoría de la gente no se molesta en aprender lo que afecta a la sociedad en la que vive y en aquellos que lo hacen, el aprendizaje es increíblemente superficial. Sólo a los convictos de delitos graves se les niega en Estados Unidos el derecho al voto, pero hay una activa campaña izquierdista para que ese derecho sea restaurado y que voten desde la prisión. Aquí el voto es voluntario. Eso es bueno, pues muchos votantes escogen de manera arbitraria o emocional y harían mejor quedándose en casa. En California donde resido, no se requiere evidencia documental de ciudadanía para votar y hay crecientes sospechas de que muchos extranjeros violan ley votando regularmente.

Como afirmara Martí, quien miraba al futuro con gran certeza, el conocimiento es el único método efectivo de preservar la libertad.


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