

Creo que los individuos más profundamente religiosos que conozco son quienes menos demostraciones públicas hacen de ello. Por supuesto que para tratar de medir o apreciar la religiosidad de alguna persona es preciso por lo menos conocer a esa persona íntimamente y, sin embargo, aún cuando se conozca alguien tan de cerca, no existe un microscopio espiritual verdaderamente capaz de escudriñar el alma de otro ser humano.
En la década anterior un espía de La Habana llegó al extremo de casarse con una cubana exiliada y escribir un libro anticastrista financiado por la Fundación Nacional Cubano-Americana. Todo eso con el único objetivo de obtener la confianza de aquellos a quienes se proponía perjudicar por órdenes de sus amos. Después de cometida la fechoría, la rata simplemente regresó a la seguridad de su madriguera sin molestarse en dar la menor explicación a quienes fueran sus primeras víctimas, la señora a quien hipócritamente tomara por esposa y otros muchos exiliados, los que le brindaron amistad y confianza.
Ese es un ejemplo clásico para iluminar a quien dude de los extremos a que llega la labor de “inteligencia” y demostrar porqué los espías y saboteadores con más éxito son los más capaces de adoptar actitudes o fingir sentimientos antagónicos a sus planes. No importa si el propósito es mercenario, como en el caso de Robert Hanssen, o simple devoción a su credo, como en el caso de Ana Belén Montes. Este servidor de los lectores no cree en “crímenes de odio”. Un crimen es un crimen y punto.
Utilicé la palabra “credo” en el párrafo anterior deliberadamente. Los radicales islámicos son fanáticos religiosos, pero también lo son los promotores subversivos de regímenes totalitarios tan fracasados como el de los Castro. La agenda “marxista-leninista” de un régimen tan ruinoso como el de Cuba, sólo puede ser avanzada por medio de fe irracional y mantenida por la fuerza y el terror. Por eso grupos mesiánicos que a veces lucen antagónicos, como en la fracasada invasión de Afganistán por los soviéticos, unen hoy sus fuerzas contra el liberalismo occidental, amenazando los logros humanos más beneficiosos de este último, como el mercado libre y el gobierno civil.
Una noción obtusa es que entre el marxismo y los creyentes de una religión monoteísta como el cristianismo o el islamismo no puede haber alianza, a causa de la filiación atea del primero. ¿No fue el llamado “Evangelio de la liberación” un pacto sangriento entre las fuerzas más radicales del ateísmo revolucionario y los elementos más obscurantistas y nocivos de la Iglesia de Roma en Hispanoamérica?
No obstante, no sería justo singularizar al Vaticano con esa lacra. En Estados Unidos tenemos nada menos que al “Concilio Nacional de Iglesias” (todas protestantes y muy eficientes para hacer daño, como forzar a Elián González a convertirse en el bufón infantil de Fidel Castro). Además tenemos el llamado “Evangelio de la Liberación Negra”, de similar denominación y de gran actualidad por su relación a uno de los candidatos presidenciales de este año. Todos estos grupos son frentes pro-comunistas y anti-americanos, aunque lo nieguen. La evidencia de ello es inmensa y un servidor lo afirmaría aunque lo demandaran por denunciarlos como tales.
¿Cómo diferenciar entre la religiosidad legítima y el fanatismo? Sugiero una observación sencilla. Para el individuo verdaderamente religioso, su fe no es tema contestatorio. Reserva celosamente su espiritualidad para uso práctico de su conducta diaria y sólo la exterioriza en el seno familiar o entre amistades cercanas del mismo credo, sin jamás mezclarla superficialmente a otros temas sociales.
Por el contrario el fanático, siempre empleará el dogmatismo más fundamental en toda actividad humana y muy especialmente en la vida social. El fanático es el evangelizador y el catequista por excelencia y no hay diferencia en su empeño si la fe que avanza es la de Moisés, Cristo, Mahoma, Marx, o un credo anti-social. El fanático tiene respuesta para todo y explicación razonable para nada. Su demanda es conversión y acatamiento a una fe que siempre define como el objetivo altruísta de una perfecta sociedad humana, en este reino, o en el de la vida eterna.
El fanático es singularmente incapaz de formular una idea válida que racionalize esa demanda. En “The True Believer” el genial sociólogo Eric Hoffer afirma que “El objetivo impreciso es quizás indispensable al desarrollo del extremismo crónico”, agregando un pensamiento altamente pesimista de Oliver Cromwell: “El hombre jamás llega tan lejos como cuando no sabe exactamente a dónde va.”
El Diccionario de la Real Academia Española define el fanatismo como “Tenaz preocupación, apasionamiento del fanático”. Ah, pero al definir “fanático”, el diccionario es mucho más preciso: “Quien defiende con tenacidad desmedida y apasinamiento creencias u opiniones, sobre todo religiosas o políticas”.
El fanatismo, como la mayoría de las deformaciones ideológicas, es resultado directo de ignorancia. Hace varias semanas un gigantesco temblor de tierra sacudió China a un costo humano horrible, estoy seguro que magnificado por estructuras deficientes y por poca o ninguna prevención para encarar ese tipo de desastres. Las pérdidas humanas, mientras escribo estas cuartillas ya suman 80,000 muertos (cifra contínuamente aumentada a medida que se extraen más cadáveres), más de 350,000 heridos y casi 5 millones que han quedado sin hogar. El sismo formó un gran lago y el peligro de una inundación forzó la reubicación de 100,000 otras personas.
La tragedia de estos inocentes ha provocado comentarios de todos tipos, pero el más increíble en mi concepto es el de la estrella de cine Sharon Stone. De acuerdo a esta “celebrity”, el desastre es “venganza del destino” por el maltrato chino al pueblo del Tibet y a su mentor espiritual el Dalai Lama. No se le ocurrió a esta acémila de la pantalla que los infelices damnificados del terremoto son tan víctimas del Régimen Comunista cómo los tibetanos, incluído el Dalai Lama.
Por algún motivo arbitrario, el predicamento del Tibet es visto
con gran conmiseración en Hollywood por algunos entre los más
conocidos miembros de la misma industria que durante décadas ha
ignorado olímpicamente el mismo o peor trato practicado contra
millones de seres humanos de Europa, el Lejano Oriente y Cuba, a manos
de las mismas fuerzas totalitarias. ¿Será que escogieron
al Tibet como ícono expiatorio para sus pecados? Quién
sabe qué misteriosos impulsos guíen las veleidades de estos “snobs” fanáticos.
© Hugo J. Byrne
La Columna de Hugo J. Byrne
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