

El Debate Sustancial
Un reciente intercambio epistolar con un lector, trajo a mi memoria un debate
que presencié del llamado “Toast Masters” Club, en un
complejo ultramoderno de la ciudad de Irvine, que entonces ocupaba el consorcio
internacional de Ingeniería y Construcción Fluor-Daniel, para
el que yo trabajaba en 1992. Este Club estaba no sólo integrado por
representativos de todas las diversas disciplinas de ingeniería y
construcción de esa empresa, sino también por empleados de
burocracia, ventas, enlaces y finanzas. Era incluso visitado de vez en cuando
por algún curioso miembro de la gerencia, a nivel intermedio.
La dscusión ocurrió como es fácil suponer, durante el
receso del almuerzo. Habían escogido el fatigado tema del llamado “control
de armas de fuego”. A un grupo de los disertantes se le asignó defender
tal concepto y al otro demostrar su inutilidad o ineficacia. El propósito
de la organización de “Toast Masters” es solamente fomentar
la comunicación oral, elemento imprescindible en el mundo de los negocios
o la política.
Antes de empezar el debate se establecieron los límites de tiempo
para cada disertante y las reglas que debían seguir los jueces al
determinar cuál era el grupo victorioso en la discusión. Estas
me resultaron sorprendentes. Lo único que se juzgaba era la elocuencia
y nó la subtancia. En otras palabras, el objetivo del programa no
era buscar la verdad, sino escoger al ganador de un “concurso de belleza”.
Los jueces debían establecer qué grupo era el que había
logrado aparecer más convincente.
Aunque estos debates tenían sólo el propósito sano de
desarrollar las habilidades de comunicación, con el que no tengo objeción
alguna, se me ocurrió que esta competencia oral no era sino un microcosmo
de la política y de las técnicas contemporáneas de relaciones
públicas. Tal como en esas actividades, la substancia era irrelevante,
la realidad una entelequia indiferente y la búsqueda de la verdad
una pérdida de tiempo. Los contendientes de oratoria para cualquier
propósito substancial podían haber estado discutiendo los mejores
métodos para vender helados en el Polo Norte.
Ambos bandos disertaron extensamente sobre las virtudes del desarme civil,
o sobre el más amplio o el más rígido criterio al ejercer
los derechos constitucionales. Toneladas de estadísticas fueron presentadas
por ambas partes, muchas de las cuales no tenían la más remota
relación al tema discutido.
El debate tuvo lugar en un anfiteatro de tamaño mediano. Los disertantes
ocupaban el podio junto a los jueces y el resto de los miembros del Club
se repartían las dos o tres primeras filas de lunetas. Un compañero
de trabajo y un servidor de los lectores estábamos sentados a una
distancia prudente del podio, significando nuestra condición de visitantes
por eso y por estar consumiendo sendos platos de “cold cuts” que
recién habíamos comprado en la cafetería.
Al terminar el debate (honestamente no recuerdo cuál fue el grupo
victorioso), el moderador, reconociendo nuestra presencia, nos invitó amablemente
a que nos presentáramos y a que, si así lo estimábamos
pertinente, expresáramos nuestra opinión sobre “Toast
Masters”. El otro se limitó a presentarse.
Aunque ya los años han moderado mis arrestos, todavía en aquella época
no podía resistir a, como acostumbrábamos decir vulgarmente
en Cuba, “meter mi cuchareta”: “¿Alguien puede
informarme cómo agregando una ley se puede afectar el comportamiento
criminal?” Acto seguido procedí a exponer lo más claramente
que pude que un delincuente es por definición alguien quien cotidianamente
ignora la ley. Que todas y cada una de las regulaciones y ordenanzas de las
leyes vigentes afectan sólo a los ciudadanos que deciden acatarlas
y que quienes no lo hacen es porque son deficientes morales esperando probable
impunidad. Como quien por gusto atraviesa una luz roja en medio de la noche
y sin tráfico cruzado. ¿El amable lector nunca ha visto un
caso semejante?
Dije que no se ha inventado todavía la ley que desarmarme a un criminal.
Dije que la garantía de impunidad le permitió a Ernesto Guevara
asesinar a un millar de cubanos en los fosos de la Fortaleza de La Cabaña
entre enero de 1959 hasta cuando su amo le ordenara asumir otra posición
para cometer otra villanía diferente.
Dije que con cada ley y regulación, no importa si aceptada por la
mayoría de un instante o impuesta por el mandamás de turno,
indefectiblemente se reduce en cierta dimensión el libre arbitrio
de todos y de cada uno. Dije que en todo debate honesto debe incluírse
la realidad, incluir substancia, sin detrimento de la forma. Hablé de
Washington, quien afirmó que el gobierno no era elocuancia, sino fuerza: “...un
sirviente peligroso y un amo temible”. Hablé de Maquiavelo,
aunque dudo que muchos supieran a quién me refería.
Cuando me percaté de que algunos me miraban asombrados como si hubiera
llegado del espacio exterior, puse fin a mi perorata inpromptu. Y aún
así, para mi enorme sorpresa, recibí una ovación (¿?).
He leído que si Lincoln hubiera vivido en nuestra época de
TV, Red electrónica y comunicaciones simultáneas, nunca habría
sido electo Presidente y es dudoso que incluso hubiera llegara al Congreso:
era feo y desgarbado. Además tenía una voz rasposa y desagradable.
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