

Cuba, Norteamérica, Capitalismo y Libertad
“Es más duro reconstruir un mercado
libre que destruirlo”
Jean-François Revel (“Democracy against itself”)
Para quien haya estudiado con seriedad los orígenes de la República
de Cuba no es un secreto que la legítima necesidad de liberalización
en la economía de nuestro país en el siglo XIX fue el factor determinante
en la voluntad nacional, primero por autonomía y más tarde por
la independencia total de España durante nuestro proceso histórico
en la segunda mitad del mencionado siglo. Fue la intransigente e interesada oposición
del régimen colonial a ese proyecto, estrechamente relacionado al comercio
e industria del azúcar, el origen de las dos guerras que resultaran en
nuestra independencia. Mientras nuestro más importante cliente se encontraba
a sólo 90 millas de las costas de Cuba, España, a miles de millas
de distancia pretendía mantener el control absoluto de todo nuestro comercio
exterior. Analizando ese proceso se concluye que el libre comercio fue origen,
razón y fundamento en el establecimiento de la nacionalidad cubana.
No es coincidencia que la presente casi desaparición de la industria azucarera
corra a parejas con nuestros últimos cincuenta años de declinación
política, económica y social. Esa ruina de una industria históricamente
relacionada no sólo a nuestra independencia, sino a los períodos
más prósperos de Cuba, es mucho más que una alegoría
al desastre nacional que impuso el régimen castrista.
El capitalismo de libre comercio (llamémoslo así para diferenciarlo
del esclerótico y ruinoso capitalismo de estado que llamamos socialismo),
ha sido también la fragua en que se ha forjado Estados Unidos. Tal como
más tarde la Cuba decimonónica, los norteamericanos de la segunda
mitad del siglo XVIII se rebelaron contra los controles de explotación
y los gravosos e injustos impuestos de la Corona Británica. En 1781 lograron
sacudirse el yugo colonial, estableciendo más tarde la primera república
del mundo basada en el doble concepto de soberanía individual y libertad
del comercio. Fundándose firmemente en esas dos aspiraciones naturales
del ser humano, esta república ha alcanzado niveles de progreso anteriormente
desconocidos. No es casualidad que Estados Unidos lograra en el término
de dos siglos y medio de vida nacional más adelantos y bienestar humano
que el resto del mundo combinado durante todas las épocas desde los orígenes
de la humanidad.
En cada oportunidad que esa economía libre (la que por sus características
cada día más universales es llamada “global”) se ve
obstaculizada por desafíos y dificultades de cierta magnitud, surgen estridentes
voces condenatorias de lo que histéricamente llaman los excesos del “capitalismo
salvaje”. Su solución a esas dificultades es siempre la eliminación
de la libertad económica a manos del estado. Esto puede ocurrir parcial
o totalmente, con carácter temporal o en forma definitiva. Amigo lector,
la pérdida paulatina de esa libertad anuncia la de todas las otras libertades.
Es el preámbulo a la tiranía.
Durante la primera mitad del siglo pasado estos aspirantes a ponerle bridas y
frenos al libre comercio, como consecuencia nefasta de la crisis económica
mundial alcanzaron el poder político en varias de las naciones más
importantes de Europa. Algunos lo hicieron por medios revolucionarios y violentos
como los “camisas negras” italianos con su notoria “marcha
sobre Roma” y los bolcheviques en Rusia. Otros, como los nazis, aunque
siempre listos a usar la violencia cuando fuera conveniente a sus aspiraciones,
obtuvieron el poder político total por medios completamente democráticos.
Esto no es propiamente digerido y muchísimo menos asimilado por quienes
creen fanáticamente que la democracia es una panacea que por sí sola
y sin otras salvaguardas constitucionales nos puede librar de todo mal.
Los fascistas de Benito Mussolini y sus imitadores, los camisas pardas nazis
entronizaron lo que llamaban el sistema económico “corporativo” en
Italia y Alemania. En la práctica esto se traducía en que los medios
de producción eran mantenidos parcialmente en manos privadas, las que
dentro de ciertos límites podían establecer estrategias mercantiles
y guardar o reinvertir ganancias pero todo ello bajo la severa supervisión
del estado “big brother”, el que podía intervenir total e
inapelablemente, sin aviso previo ni límites legales.
Por su parte los “Soviets” de Lenin, marxistas más ortodoxos,
confiscando todos los medios de producción, impusieron la llamada “dictadura
del proletariado” en 1917, inicialmente sólo en Rusia, pero desarrollando
un expansivo, totalitario e imperialista macroestado al que bautizarían
como La Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Con
divergencias de opinión y en algunos casos de intereses, estas tres satrapías
totalitarias, dirigidas más o menos verticalmente por ambiciosos dictadores,
finalmente unieron fuerzas en 1939 iniciando la conflagración más
sangrienta de la Historia.
La sorpresiva invasión nazi a la Unión Sovética en 1941
forzaría a la Internacional Comunista a cambiar de bando y el ataque a
Pearl Harbor por del Imperio Japonés, provocaría la entrada de
Estados Unidos en un conflicto que ya presentaba características mundiales.
Esa guerra mundial cobraría eventualmente 50 millones de vidas y dejaría
en su estela una devastación sin precedentes históricos.
Tomen nota los amables lectores de que la sinopsis histórica que antecede
la hago solamente para enfatizar el enorme daño material de que son capaces
los enemigos de la libertad económica, el mercado libre o el capitalismo
(palabra que abarca todos esos conceptos). No existe énfasis suficiente
para condenar la supresión voluntaria de la libertad que hicieron los
votantes alemanes cuando en 1933 eligieron a los nazis como la minoría
más numerosa del Reichstag. ¿Estaremos a punto de hacer algo muy
parecido en Norteamérica el mes próximo? En nuestro justificado
afán por estabilidad económica inmediata, ¿tiraremos por
la borda las libertades que nos legó Dios, conquistadas con la sangre
de nuestros forjadores y garantizadas por nuestra ley fundamental? ¿Elegiremos
a los principales causantes de la crisis, quienes esconden un interés
maligno en nuestra ruina nacional?
La disyuntiva de los votantes norteamericanos el día 4 de noviembre es
muy similar a la de los germanos en 1933. Con el agravante de que el equivalente
práctico de los nazis de 1933 en nuestro ambiente político lo representan
muchos congresistas y senadores del partido mayoritario en el congreso, quienes
cuentan con el deleznable apoyo moral de muchos populistas del partido de gobierno,
de la inmensa mayoría de la prensa, el poder económico que les
brindan ciertos organismos de agitación social y el de ciertos billonarios
socavadores de nuestras libertades, enemigos acérrimos de nuestras instituciones,
con toneladas de ambición y ausentes de una sola onza de escrúpulos.
© Hugo J. Byrne
La Columna de Hugo J. Byrne
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