

Credibilidad
El desaparecido caricaturista George McMannus, autor de las populares tiras cómicas que en la Cuba de los años 40 y 50 se titulaban en español "Don Pancho y Ramona", usaba las impresiones creadas por sus hábiles trazos para representar características humanas de manera especialmente efectiva. Recuerdo una caricatura de un sucio y derruído callejón con una sólida pared de concreto al final y una verdadera montaña de ladrillos y piedras depositados descuidadamente contra una de sus esquinas. Su título: "Tarjetas de visita del abuelo cascarrabias".
¿Quién podría dudar que el imaginario "abuelo" estaba siendo caracterizado por el artista como hombre mercurial, de poca paciencia y muy difícil trato? Esos ladrillos y piedras que podrían convertirse con la celeridad de un pestañazo en proyectiles letales, confirmaban la veracidad de "cascarrabias" en el pie de grabados. En otras palabras, le impartían credibilidad.
Pero, ¿qué habrían pensado los lectores de "Don Pancho y Ramona" en la seriedad de ese aserto de McMannus, si después de esa fuerte sugerencia el susodicho "abuelo" fuera dibujado en otra caricatura del artista como un viejecillo anodino y tímido, anclado a una mecedora y acariciando el pulguero de un hirsuto gato plácidamente dormido en sus piernas, una especie de Gepetto sin Pinochio?
La afirmación en la primera caricatura habría perdido lo que se llama en castellano credibilidad y con toda la razón del mundo. Otro tanto ocurre con el resto de las actividades humanas.
La demagogia es la característica esencial de quienes por ausencia de autorespeto anteponen ganacias políticas o de otra índole a mantener credibilidad. Esa característica sale a la superficie inmediatamente en ciertas personas que aspiran a llevarse bien con todo el mundo. Esa tendencia a tratar de generar buena voluntad de todos lados, puede ser de índole permanente como en el caso de algunos empresarios de espectáculos, o estrictamente temporal, como lo hacen los políticos. En realidad es físicamente imposible complacer a todo el mundo todo el tiempo.
Hace poco resucitó un video en el que un conocido comentarista de la televisión hispana entrevistaba al primate venezolano Hugo Chávez, cuando este último aspiraba a la posición ejecutiva en la que ya lleva 9 años. Quienes vieron ese video tuvieron oportunidad de comparar la diferencia entre las declaraciones que el ex-golpista y por propia confesión futuro "Macaco Mayor" emitía entonces, con sus reclamos totalitarios de hoy. Como vulgarmente se afirmaba en Cuba "una cosa es con guitarra y otra con violín". Si observamos con cuidado ese video, el contraste entre el aspirante presidencial de ayer y el confeso antropoide de hoy no es sólo de substancia, sino también de estilo: declaraciones mesuradas ayer y hoy chillidos histéricos, como de una mona primeriza a punto de parir. El parto está programado para el 2 de diciembre, en Caracas.
A propósito de tiras cómicas de la Cuba de los años de mi niñez, ¿recuerdan los lectores de más "años acumulados" a "Maldades de dos pilluelos" y la consabida frase de "Luisita" al final, dirigida a la maestra y en referencia a "Ciriaco" y el resultado negativo para sí mismo de sus bellaquerías? Esa frase era: "¡El mismo se lo buscó Señorita Secante!"
No puedo menos que evocar esos "muñequitos" y esa última frase ritual, ante el escándalo chusma entre el Rey de España y el "Macaco Mayor" venezolano, durante la periódica reunión de figurones pomposamente llamada "Cumbre de las naciones de Hispanoamérica" (o algo así, que no vale la pena perder mi tiempo verificando el nombre). Fue precisamente el Rey Juan C. de Borbón quien tuvo la infortunada iniciativa de esas "Cumbres", las que evidentemente se le han vuelto considerablemente borrascosas.
La aspiración del Rey era gestionar mercados para los negocios de España. Objetivo sólidamente loable. Sin embargo, no es prudente ni preciso socializar con todo tipo de gentes para obtener beneficios materiales. Negociar con piratas es peligroso y en ese proceso Juan C. de Borbón no discriminó. Su brújula, apuntando sólo a las posibilidades mercantiles lo forzó a codearse con más de un sujeto tenebroso. El interés hizo que se aceptara a la mesa de la fraternidad hispana a todo jefe de estado, sin importar su procedencia, legitimidad, o dedicación al derecho de gentes.
De esta suerte y sin la menor vacilación, el Rey abrazó a Castro y con él a cuanta maldad, abuso y sangre inocente su régimen de oprobio y otros como el suyo, representan en el mundo de ascendecia hispana. Tratando a bandidos como a iguales demostró el Rey al menos, pobre criterio. De una u otra forma al final el tiro le salió por la proverbial culata.
La bronca de solar con sujetos como el Macaco Mayor discípulo de Castro y su condiscípulo, el corruptor de menores sandinista, o con ambos, era una buena posibilidad, quizás una eventualidad casi probable. Don Juan puede haber aprendendido con esa experiencia que podemos pasarnos la vida dentro de una mina de oro sin que ese metal precioso se agregue a nuestro peculio, pero que un instante de descuido dentro de una fosa séptica irremediablemente conduce al embarre.
Lo peor a mi juicio, no es el vulgar abuso al protocolo
con la llamada al silencio por parte del monarca, ni la catarata de improperios
del confeso mono venezolano. Nadie llorará si esta es la última "cumbre".
Al contrario, ese intercambio grosero humanizó un evento que durante
17 reuniones se ha caracterizado mayormente por la más almidonada
falsedad. Lo peor es que a ojos vista el Presidente Alpargatero y su Canciller
Desatinos, tratando de echar tierra al escándalo, demuestran que no
es el honor de su país ni la fraternidad hispánica lo que les
hace perder el sueño, sino los mismos negocios que quizás el
Macaco Mayor esté hoy poniendo en salmuera, o peor, en capilla ardiente.
En resumen, no es el Macaco quien perdiera credibilidad, pues como en el
caso de su mentor Fidel Castro, él mismo la arrojó por la borda
desde hace muchos años. Ahora es España quien la ha perdido.
© Hugo J. Byrne
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