

Contradicciones
Durante un triste y sangriento proceso histórico de más de
51 años, la diplomacia norteamericana hacia el castrismo ha sido un
clásico estudio en confusión, incongruencia y fracaso. Esta
debacle de contradicciones en política externa se ha mantenido durante
11 administraciones norteamericanas; seis republicanas y cinco demócratas.
Si se tratara de clasificar objetivamente los diversos métodos que
Washington ha usado encarando a la tiranía de Cuba desde el fin de
la década de los 50 del siglo pasado hasta nuestros días, se
les podría reducir a tres. El primero de todos fue de tolerancia y
franco acercamiento. Esa política miope se implementó incluso
desde antes de la fuga de Batista en enero de 1959.
El régimen que se disolviera en 1959 fue presionado por la administración
de Eisenhower a ofrecer concesiones a la oposición insurgente. Estas
presiones incluyeron cancelar embarques de armas que habían sido previamente
pagadas por La Habana. Eran los tiempos (ahora reverdecidos con Hillary Clinton)
en que agazapados izquierdistas como William Weiland (entonces Director de
Asuntos Mexicanos y del Caribe), influenciaban decisiva y perjudicialmente
las decisiones del Departamento de Estado.
Todas las evidencias recopiladas en documentos hechos públicos por
esa dependencia ejecutiva confirman cada detalle narrado por el entonces
Embajador de Estados Unidos en La Habana Earl E. T. Smith en su libro “The
Fourth Floor”. El capítulo más dramático de ese
formidable trabajo narra la tensa entrevista entre su autor y el antiguo
sargento taquígrafo, en la que Batista fuera informado del fin del
apoyo de Washington a su gobierno.
Después de enero de 1959 el gobierno de Eisenhower trató sin éxito
de coexistir con los nuevos amos de Cuba. Esa fallida estrategia incluyó generosas
ofertas para solventar diferencias. Todas fueron rechazadas por La Habana.
Un servidor supo de fuentes fidedignas que Philip Bonsal, último embajador
norteamericano en La Habana antes de la ruptura diplomática con Washington,
sufrió humillaciones intencionales por parte de funcionarios de segunda
categoría del Ministerio de Relaciones Exteriores revolucionario.
Dichas humillaciones fueron inspiradas por el propio Castro.
El segundo método fue una hostilidad oficial que, después del
increíble capítulo de Bahía de Cochinos y su consecuencia
lógica, la crisis de octubre de 1962, nunca incluyó medidas
prácticas para eliminar al régimen. Esto muy a pesar de la
leyenda sobre los muchos intentos contra la vida del Tirano (algunos realmente
dignos de comedia barata), el 99% de los cuales nunca pasara de la fase esquemática.
Después del asesinato del Presidente Kennedy, los sucesivos gobiernos
de Johnson, Nixon y Ford, fundamentalmente concentrados en otros objetivos
internacionales, relegaron La Habana al clásico “backburner”,
a pesar de que fue durante esa época cuando más intensa y abiertamente
la tiranía castrista conspirara contra la libertad e intereses de
Norteamérica y otras naciones de Occidente.
La administración de Carter hizo cuanto pudo por revertir la relación
entre Washington y La Habana a los niveles de 1959, estableciendo las llamadas “Secciones
de Intereses” en ambas capitales. No creo necesario recordar al amable
lector que la respuesta de Castro fue el éxodo de Mariel. Tal como
en sus relaciones con la desaparecida Unión Soviética, Carter
demostró con Castro ser un ideólogo divorciado de la realidad
e ignorante de la naturaleza intrínseca del totalitarismo.
La era de Reagan parecía prometer una actitud más racional
hacia el peligro castrista, en consonancia con socavar “el Imperio
Malvado”. Esas esperanzas se disiparon ante el envío del General
Vernon Walters a La Habana en 1981 en calidad de embajador plenipotenciario
de Washington. Tras el proverbial fracaso de esa gestión conciliadora,
la política de Reagan se limitó a la contención del
castrismo en el Caribe (Granada), Africa y Centroamérica. Esa política
fue esencialmente continuada por Bush I, como parte de la represión
contra el tráfico de estupefacientes, siendo su éxito más
importante el derrocamiento y captura del dictador de Panamá cuando
se evidenció que La Habana compartía de lleno ese negocio en
un esfuerzo por aliviar su desastre económico.
Bill Clinton, más interesado en cuestiones domésticas, se limitó a
enviar mensajes sutiles a La Habana para un posible acomodamiento. La invasión
de balseros en 1994 y el derribo de los 2 aviones de “Hermanos al Rescate” sobre
aguas internacionales obstaculizaron ese objetivo. Bush II enfrentó durante
sus dos períodos demasiados desafíos internacionales para preocuparse
mucho por la tragedia cubana más allá del interés electoral
de Florida y New Jersey.
Las elecciones del 2008 pusieron en la Casa Blanca al presidente más
izquierdista en la historia norteamericana, el que contando con mayorías
abrumadoras en ambos cuerpos legislativos se ha dedicado a expandir el control
del gobierno federal sobre la ciudadanía a extremos dudosamente constitucionales.
El componente de política exterior en esa presente administración
es uno de acercamiento y diálogo con todo enemigo que no abrace abiertamente
el terrorismo. Durante la campaña Obama prometió dialogar sin
condiciones previas incluso con enemigos violentos como Castro, Ahmedinejad
y Chávez. A esos efectos el discurso inaugural de la Secretaria Clinton
no dejó lugar a dudas: “Regresamos a la diplomacia blanda”.
Sin embargo, los avances de Obama y Clinton hacia La Habana, ignorando
la historia castrista de medio siglo contra toda apertura hacia la libertad,
han encontrado una vez más el rechazo del régimen. Convencer
a Ahmedinejad a renunciar a sus ambiciones nucleares tampoco ha tenido éxito.
Chávez continua amenazando a Colombia y adquiriendo material bélico
billonario para poder hacer realidad sus amenazas. ¿Esperaban peras
del olmo?
La señora Secretaria ha manifestado su desilusión ante el rechazo
castrista. Hillary Clinton afirma ahora su “convencimiento de que Raúl
Castro no desea liberalizar su régimen ni remover obstáculos
para poner fin al embargo económico de Estados Unidos”. La antigua
Primera Dama y Senadora por New York parece haber descubierto la Vía
Láctea. ¿Cuántas veces necesita Estados Unidos golpearse
la frente en la misma pared?
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