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Hugo Byrne

Sobre las Conspiraciones

No cabe duda que la historia está repleta de conspiraciones e intrigas. Ausente del misterio teatral de conciliábulos, intrigas, acciones furtivas y sorpresas espectaculares, el pasado perdería gran parte de su drama y consecuentemente, la fascinación que brinda al estudiante curioso. Sin embargo, el pasado no es teatro ni novela. El Oráculo de Delfos que profetizara la muerte del Emperador Julio César es un ejemplo clásico de como la superchería popular se alimenta en indicios legítimos, sin duda suministrados por la indiscreción de alguno de los propios conspiradores. César, quien no era supertiscioso, ignoró fatalmente la predicción sombría.

Algunos capítulos del pasado parecen insinuar que la historia es una serie ininterrumpida de conspiraciones de cuyo éxito o fracaso depende el destino humano. Sin estar de acuerdo totalmente con con esa noción, la acepto en casos esporádicos. El éxito de algunas conspiraciones resulta sin duda beneficioso, como la reciente victoria de la Inteligencia de Colombia en la que obtuvieran libertad varios prominentes secuestrados. La Inteligencia anglonorteamericana tuvo también éxito en convencer al Mariscal de Campo Gerd Von Rundstedt de que el segundo frente occidental se iniciaría desembarcando por la zona de Calais en vez de Normandía. Ese convencimiento del viejo soldado prusiano fue en sí mismo una gran victoria aliada. Al contrario, el fracaso de otras conspiraciones relativamente recientes, ha culminado en desastres y calamidad general.

Un ejemplo de tales fracasos es el complot de oficiales de la Wehrmacht y otros altos funcionarios alemanes el 20 de julio de 1944. Sabemos que la conspiración fracasó por una eventualidad bien rara en el reino de las probabilidades. Ese golpe de estado, cuyo elemento central era la ejecución de Hitler en su Cuartel General de Rastemburgo, había sido planeado muy cuidadosamente. Las acciones que se realizarían inmediatamente después de ultimado el tirano, formaban parte de una compleja y vastísima subversión que incluía cientos de complotados en altas posiciones de mando.

Estos planeaban impartir nuevas órdenes a oficiales comandando tropas que incluían unidades localizadas en frentes tan distantes como Francia, donde los Aliados ya desarrollaban una sólida ofensiva y el frente oriental, que se replegaba ante el Ejército Rojo. El objetivo era alcanzar una paz negociada. Cuando se suman los conspiradores civiles a los militares, la cifra de quienes intentaban derrocar a Hitler y su claque criminal totalizaba varios miles. Más de 5,000 pagarían con la vida.

Uno de los oficiales presentes alrededor de la mesa de mapas de Rastemburgo, el Coronel Brandt, tropezó con el portafolio que el Mayor de la Wehrmacht, Conde Klaus Von Stauffemberg, personaje clave del complot, había dejado junto a Hitler. Éste se encorvaba estudiando un mapa sobre la mesa. El maletín, que contenía una potente bomba de tiempo, fue empujado por Brandt debabajo de la mesa y hacia el lado exterior de uno de sus dos pesados soportes. La mesa consistía en una gruesa tabla rectangular, apoyada en esos soportes, los que elevaban la superficie para beneficio de la deficiente visión del dictador.

La explosión mató casi instantáneamente al mismo oficial que había movido el portafolio, a dos generales y a un estenógrafo, quienes estaban cercanos al mismo soporte, hiriendo de gravedad a varios prominentes miembros del Estado Mayor Nazi. El rigor de la explosión había sido parcialmente neutralizado por el hecho de que todas las ventanas del cuarto de mapas, que miraba al exterior del edificio, estaban abiertas.

Hitler había sufrido conmoción cerebral, perforación del tímpano derecho y quemaduras en la parte trasera de las piernas y en las nalgas. El Dictador nazi se quejó a varios confidentes de que la bomba le había dejado el trasero "como el de un mandril". El trauma avanzó notablemente el síndrome de Parkinson que sufría el "Fhurer", quien adoptó en lo adelante la costumbre de acunar su mano derecha en la izquierda, disimulando incontrolables temblores.

Las consecuencias del fracaso fueron opuestas a las que se buscaba con el golpe. Al hacerse evidente que Hitler había sobrevivido el atentado, muchos de los conspiradores fueron inmobilizados por el pesimismo, sólo pensando en el suicidio o en resignarse a un adverso destino. Por el contrario, los nazis se dedicaron inmediatamente a la cacería de los complotados y a la venganza. El final de la guerra en Europa se demoraría casi otro año más, con millones de muertos adicionales y la devastación completa de Alemania.

El ataque al Palacio Presidencial de Cuba el 13 de marzo de 1957, que también fracasara calamitosamente, no tuvo la minuciosa preparación del atentado del 20 de julio de 1944 en Rastemburgo. Los pocos atacantes que lograron acceso al edificio se vieron frustrados al usar granadas de mano que no estallaban y detenidos por una tenaz e inesperada defensa de un oficial de la guardia palaciega operando una ametralladora que cubría la única escalera de acceso a las habitaciones del dictador.

Las diferencias entre ambas conspiraciones son considerables. La única similitud es en el fracaso. Batista sobrevivió el atentado, el que fuera denunciado entonces por Castro y sus futuros aliados comunistas como táctica de "putsh" y el régimen se extendió por casi dos años más. Lo que resultara enormemente peor, es que dos de los líderes revolucionarios más capaces y proclives a enfrentar a Castro en el futuro cayeran en esa ocasión. José A. Echeverría Bianchi, Presidente de la Federación Estudiantil Universitaria, fue abatido en combate con la policía momentos después de haber salido de Radio Reloj, donde había leído una proclama que no pudo ser oída por los radioescuchas. Pelayo Cuervo Navarro, destacado militante opositor, fue asesinado esa noche por la represión.

Por su parte Castro, beneficiado enormemente por el resultado negativo de ese intento, quedó como el más destacado caudillo revolucionario superviviente, teniendo éxito total hasta hoy en su estafa a las aspiraciones de libertad de los cubanos. Su conspiración totalitaria tuvo y aún tiene poderoso respaldo internacional.

Existen varios factores indispensables para que una conspiración se vea coronada por el éxito. Uno básico es que tanto las víctimas como muchos de los participantes del complot puedan ser manipulados. Sólo el ignorante es susceptible a la manipulación. El único antídoto a la estafa es el conocimiento.

Otro otro factor básico, e íntimamente relacionado al primero, es la rapidez en la actividad necesaria para alcanzar los objetivos. No existen conspiraciones a largo plazo más allá de la imaginación de los crédulos. Un secreto largamente mantenido, eventualmente siempre deja de serlo. Cuando la conspiración es conocida por todos, se termina.

El caso perfecto de combinación de ambos factores lo brinda el absurdo veredicto en el juicio por asesinato del ex estrella profesional de football O. J. Simpson, a mediados de la década pasada. Para sembrar dudas sobre la evidente culpabilidad de Simpson, la defensa insinuó a los jurados la posible existencia de una "conspiración" en su contra. Tal intriga sólo podía ejecutarse mediante un entendimiento previo entre las diferentes dependencias de la Ciudad de Los Angeles que intervinieron en el caso, extendido a decenas de individuos de distintas razas y estratos económicos, la inmensa mayoría de los cuales ni siquiera se conocían mutuamente.

Tal inverosimil insinuación, en ausencia de un argumento razonable, fue obviamente aceptada por un jurado con limitaciones, escogido así por la defensa, e increíblemente aceptado por una fiscalía y un juez anodinos e incompetentes. La credulidad humana puede ser infinita y el verdadero creyente acepta evidencias sólo cuando ellas refuerzan su fe.

© Hugo J. Byrne

La Columna de Hugo J. Byrne


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