

Desde que las encuestas de popularidad se convirtieron en una ciencia aproximada en Estados Unidos hasta nuestros días, nunca el Congreso norteamericano ha sido tan impopular como hoy. Hace dos años el Partido Demócrata conquistó mayoría en ambas cámaras y aunque la creciente impopularidad congresional data desde aún antes de enero del 2007, ha sido bajo los auspicios del presidente del Senado, Harry Reid, y la presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, que la popularidad parlamentaria ha alcanzado niveles de subsuelo.
Algunas encuestas indican que el índice de aprobación popular del Congreso es sólo de 9%, veinte puntos más bajo que el del presidente Bush, quien ha alcanzado últimamnete profundos records de impopularidad.. ¿Por qué sucede eso?
Históricamente se han producido cambios dramáticos en el sentimiento popular hacia los líderes norteamericanos. Abraham Lincoln es hoy visto como uno de los mejores presidentes en la historia, acreditándosele con justicia el haber mantenido la Unión Norteamericana, logrando simultáneamente la emancipación de los esclavos. Esa favorable opinión de su legado histórico es sostenida por una mayoría firme de los participantes en todas las encuentas contemporáneas. Sin embargo, durante su mandato es probable que Lincoln fuera el más impopular presidente en la historia norteamericana, especialmente en los años terribles de la Guerra Civil, cuando se vio en la necesidad de reprimir sangrientos motines racistas contra el servicio militar en New York y otras ciudades del norte de la Unión.
La impopularidad del actual Congreso parece tener motivos más sólidos y permanentes. Un análisis somero demuestra que abundan razones para que el parlamento presidido por Reed y Pelosi no sea precisamente el más popular de todos. No se trata sólo de asumir actitudes opuestas al criterio popular, sino de actuar de manera flagrantemente dudosa.
A pesar de la enorme propaganda política alrededor de ciertas teorías ambientales de escaso mérito científico, el pueblo norteamericano permanece en más de un 70% partidario firme de abolir la prohibición a perforar en búsqueda de petróleo en las costas de ambos océanos y en las aguas adyacentes al norte de Alaska. No es posible ignorar que mientras el precio del combustible sube a niveles ruinosos, la proporción de crudo importado por Estados Unidos ya sobrepasa el 60% del consumo anual. Para colmo, uno de los principales países que exporta petróleo a Norteamérica (17%) es Venezuela, predio del izquierdista, inestable y rabiosamente antinorteamericano Hugo Chávez.
La propaganda a favor de esa prohibición a la búqueda de combustible establecida durante la administración de Clinton, incluye un controvertido “documental” por el que su productor y ex vicepresidente Al Gore, fuera objeto del premio de la Academia de Artes Cinematográficas de Hollywood y del “Premio de la Paz” de la Academia Nóbel de Suecia. Ambos galardones anuales han ganado matices de política izquierdista y perdido prestigio paulatina y justificadamente, desde las dos últimas décadas del siglo pasado.
La propaganda izquierdista repite hasta la saciedad estadísticas fabricadas que no responden a estudios reales sobre yacimientos de crudo en el subsuelo de Norteamérica y bajo sus aguas territoriales. La más notoria es la contínuamente avanzada por el senador Schummer de New York, de acuerdo a la cual Estados Unidos consume una cuarta parte de la producción mundial de petróleo, pero sólo cuenta con el 3% de las reservas mundiales del mismo. Sofisticados estudios recientes indican que las reservas inexploradas de crudo en Norteamérica podrían llegar a ocupar el segundo lugar en el mundo después de las de Arabia Saudita.
La presión de la opinión pública y la cercanía de las elecciones presidenciales ha causado que la Cámara de Representantes se sienta obligada a pretender que “hace algo”, neutralizando lo que puede convertirse en una clásica “papa caliente” para el partido mayoritario. El lunes pasado Pelosi, presentó súbitamente al pleno un mamotreto de 224 páginas llamado pomposamente “Comprehensive American Energy Security and Consumer Protection Act”. Utilizando un truco de procedimiento, Pelosi exigió que el proyecto clasificado como H.R. 6899, fuera votado por el pleno en menos de 24 horas. En consecuencia el mamotreto de Pelosi se aprobó casi sin debate y sin enmienda alguna, con el voto de 236 representantes.
Como dicen en el idioma inglés, “el demonio está en los detalles”. H.R. 6899 establece que no puede perforarse a una distancia menor de 50 millas de las costas de Estados Unidos. Para dar una idea de la “efectividad” de este aborto resolviendo la crisis energética norteamericana, el 95% de los depósitos de petróleo en las costas de California se encuentran a menos de 50 millas de las mismas. ¿Puede el amable lector imaginar una maniobra más cínica? De acuerdo al líder de la minoría republicana John Boehner, “...esta legislación permanentemente bloqueará que se explote el 80% de las reservas energéticas en nuestras costas y en efecto impedirá que sean extraídos billones de barriles de petróleo norteamericano”. Cómo si esto fuera poco, H.R. 6899 incluye nuevos impuestos, inexistentes en la legislación de los tiempos de Clinton.
Tanta estática está recibiendo H.R. 6899
que las posibilidades físicas de ser aprobada por el Senado en
su forma presente son inexistentes. No obstante, quien imagine que el
historial del Senado de Estados Unidos bajo la errática batuta
de Reid es mejor que el de la Cámara de Representantes con Pelosi,
se engaña.
Ese extremo quedó ampliamente evidenciado cuando el diminuto senador
por Nevada, ayudado por su cófrade al frente del Comité de
las Fuerzas Armadas, Carl Levin, impidió el voto senatorial en
una resolución bipartita reconociendo la semana pasada el éxito
estratégico del aumento de tropas en Irak (“surge”)
y expresando agradecimiento a las tropas en ese teatro de operaciones
por una tarea bien hecha. Reconocer su error cuando afirmara que “...la
guerra está perdida” y agradecer el sacrificio diario de
quienes hacen posible nuestras libertades es menos importante que la
política partidista para Harry Reid. ¿A quién puede
sorprender la impopularidad del Congreso?
© Hugo J. Byrne
La Columna de Hugo J. Byrne
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