
La Comedia Orate en Venezuela
“La verdad es lo que es,
y sigue siendo verdad
aunque se piense al revés.”
Antonio Machado
En un trabajo reciente afirmé que el dictador supremo de Corea del
Norte, de acuerdo a las observaciones de facultativos que siguen de cerca
las piruetas de su vida oficial y personal, presenta síntomas característicos
de desequilibrios mentales del tipo que se manifiesta durante ciertas fases
de la sífilis, cuando esa infección venérea no ha sido
debidamente tratada al contraerse. Doctores en medicina trabajando para agencias
de inteligencia de muchas naciones han llegado a ese diagnóstico por
consenso.
Si las acciones “erráticas” de Kim Jong Il son tantas
y seguidas que indican demencia sifilítica, es al menos prudente reconocer
que, como en el refrán inglés, también hay un método
en la locura del hombrecito cabezón. No se necesita gran sagacidad
para entender que el secuestro de dos reporteras norteamericanas a las que
condenó arbitrariamente a 12 años de trabajos forzados para
después devolverlas con gran publicidad al ex-Presidente Clinton,
constituye el éxito de un evidente chantaje internacional. La misión
caritativa de Clinton, junto al súbito anuncio de Washigton de próximas
negociaciones directas entre Estados Unidos y Corea del Norte (vieja demanda
de Kim Jong Il), no dejan lugar a dudas sobre quién fue el triunfador
de esta movida. Las consecuencias inmediatas refuerzan la peligrosa noción
de que es fácil chantajear a Washington con impunidad: La verdad es
lo que es.
Los actos de Kim Jong Il pueden caracterizarse como imprudentes y peligrosos
a la paz y a la estabilidad, pero ¿cuáles habrían de
ser los objetivos de un individuo tan criminalmente desequilibrado como él?
Para enfrentar con éxito a un tirano tan ególatra e inmoral
es preciso aprender cómo funciona su mente furtiva. Utilizando semejante
criterio, ¿cómo podríamos caracterizar los motivos de
la comedia casi diaria a que Chávez está sometiendo a Venezuela
y a sus estados clientes? En su caso, a diferencia de Kim Jong Il, sus acciones
aunque reflejen un propósito uniforme y evidente, no siempre tienen
coordinación lógica ni concluyen en ventaja para su causa subversiva
y desestabilizadora. Veamos.
El primer retroceso mayor a las aspiraciones continentales de Chávez
ha sido sin duda el derrocamiento de su cliente Zelaya en Honduras. Durante
las primeras semanas que sucedieran a ese evento, un servidor creía
que pudiera fácilmente revertirse. La reacción de condena por
cuerpos internacionales como Naciones Unidas y de sus ramas “regionales”,
Organización de Estados Americanos y Unión Europea, sempiternos
defensores verbales de causas izquierdistas, junto a una cierta sutil vacilación
de los propios militares que protagonizaran el derrocamiento, no auspiciaban
nada bueno para quienes todas las agencias de prensa aún llaman “los
golpistas”. Las primeras declaraciones de Washington eran sin duda
condenatorias a la provisionalidad y de simpatías hacia Zelaya.
Sin embargo, las fuerzas vivas en Honduras actuaron masivamente en respaldo
unánime del gobierno provisional. Los políticos, incluídos
los del partido de Zelaya, se mantuvieron unidos en rechazo unánime
al retorno del derrocado mandatario al poder. Sondeos independientes indicaban
que el gobierno contaba con un respaldo fluctuando por lo menos entre el
55 y el 68%. Las demostraciones a favor de Zelaya promoviendo violencia popular
que resultaran en un puñado de muertos y una docena de heridos, casi
han desaparecido ya del panorama hondureño, a pesar de las incontables
payasadas del ex-presidente para seguir en el candelero mediático.
El tiempo definitivamente favorece ahora al atrincherado gobierno provisional.
Irritado, el bocón de Caracas se enajenó voluntades dudosas
con declaraciones y acusaciones absurdas sobre la “conspiración
tras el golpe”, las que según él incluían a funcionarios
de Bush como Negroponte y Reich: “Obama no es el nuevo presidente,
sino el nuevo representante del Imperio”. El nuevo lema es copiado
al carbón por los seguidores de Chávez en todas partes. Esto
no gustó en la Secretaría de Estado y menos en la Casa Blanca,
cuyo mensaje continúa siendo que su estrategia para mal o bien es
siempre inversa a la del gobierno anterior.
En esta situación Bogotá anuncia un convenio con Washington
en virtud de que más de un millar de militares de U. S. A. expertos
en contrainsurgencia y contrabando podrán usar bases colombianas para
operaciones contra las guerrillas de la coca que Chávez proteje y
asiste desde territorio venezolano. Inmediatamente el Mico llanero arrebata
y anuncia la compra de más tanques para reforzar su frontera oeste,
iniciando una nueva campaña mediática contra su vecino. Repentinamente
el asunto Zelaya se va a un segundo plano y el payaso del sombrerote cae
a la velocidad de un ladrillo. Una vez más el ridículo soldado
de ópera bufa pone a su ejército en estado de alerta para lo
que recibe la asistencia de su subordinado Correa, abyecto testaferro de
Chávez al otro lado de Colombia. Nada ocurre ni ocurrirá. Incluso
dudo que se materialice el cacareado cierre de frontera y la posible suspensión
de comercio y envío de combustible a Colombia. Chávez es quien
más tiene que perder y eso es tanto en el frente económico
como en el militar. Venezuela no ha tenido guerras recientes, a excepción
del trabajo de contrainsurgencia de la DISIP cuando los actuales socios de
Chávez querían desestabilizar el país. La idea de guerra
no es popular en Venezuela y aún menos entre las tropas del Mico.
En Venezuela reina el caos. Chávez, evidenciado como mentiroso e intrigante
en el embarazoso asunto de los lanzacohetes suecos, retrocede en más
de un frente doméstico. La oposición popular se incrementa
y alguien desde la misma entraña del monstruo parece estar preocupado.
Chávez ordena una ley de censura “mediática”, para
después desautorizar a su ponente. Lanza un ataque contra “Globovisión”,
para después denunciar a su ejecutora (supuestamente la arresta).
Cierra 34 estaciones de radio, pero tiene que enfrentarse a organismos gremiales
y antiguos aliados. El Mico no es Kim Jong Il. No hay método alguno
en su locura.
© Hugo J. Byrne
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