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Hugo Byrne

Mi Regalo de Cumpleaños

Hoy, aniversario 73 de mi nacimiento, se cumplen también con diferencia de pocas horas, 40 años de que se hiciera justicia a un notorio criminal. No evoco un malhechor cualquiera sino un alevoso genocida que usando premeditación y ensañamiento, fue totalmente capaz, cuando el poder absoluto lo respaldaba, de replicar en número de víctimas a los asesinos más sangrientos que recuerda la historia del Continente Americano. Sin embargo, sus crímenes no se ciñeron a la matanza de inocentes. Su legado destructivo incluyó la descomposición material y moral de una sociedad antaño libre, honrada, digna y productiva: la sociedad cubana en la que tuve la inmensa suerte de nacer y vivir mi temprana juventud.

Me refiero a un sujeto llamado Ernesto Guevara de la Cerna, oriundo de Argentina y más conocido entre los amables lectores por el vulgar apodo de "Ché". Esta notoriedad no se debe a nada especial o noble en su biografía, sino precisamente a todo lo contrario. Si Guevara hubiera sido un hombre virtuoso e inteligente, capaz de un legado digno y glorioso, nunca pudiera haber sido comparsa, adulador y alumno fracasado de su ignominioso mentor y guía.

Para la descripción personal de Guevara tengo alguna ventaja, aún entre más de uno de sus numerosos biógrafos: estuve en su presencia. Por demandas de trabajo, dos veces estuve en el mismo recinto con el "Comandante", integrando el forzado auditorio del nauseabundo personaje.

Cuando el negocio de madera y materiales de construcción al por mayor donde trabajaba fuera confiscado por el régimen castrista en el otoño de 1960, pasé automáticamente a integrar la nómina del estado. Por su parte Guevara, después de haber destruído la moneda cubana como Presidente del Banco Nacional (y entre insistentes rumores de desencanto por parte de su mandamás), fue designado Ministro de Industrias. Fui también a parar a esta flamante dependencia del régimen, aunque por supuesto en una posición insignificante, debido a la muy bien fundada duda oficial en la solidez de mi "fervor revolucionario".

Guevara vestía el consabido uniforme "olive drab", exhibiendo más o menos las insignias de su rango, pero a la usanza menos marcial posible. La mitad de los ojales los tenía desabotonados. La camisa por fuera, bajo un "field jacket" siempre abierto, demasiado pesado para el clima cubano. Incluso a veces usaba las botas con los cordones zafados y los pantalones por encima de ellas. En el U.S. Army que conocí en Ft. Knox y Ft. Jackson (1963), vestir así nos habría acarreado meses consecutivos de hacer "push ups". La única comparación que se me ocurre es el uniforme que deshonrara el actual Senador Kerry durante sus declaraciones ante un subcomité congresional, denunciando las "atrocidades norteamericanas en Vietnam". Por supuesto, la indumentaria de Guevara mejoraba algo cuando tenía que participar en asuntos oficiales junto a su amo.

A su desastrado aspecto personal unía Guevara un hedor nauseabundo, el que sólo podía ser causado por cotidiano desaseo. Esa característica era universalmente despreciada en Cuba, país cálido y húmedo, donde hasta los hombres y mujeres más humildes, hacían gala de limpieza y pulcritud. Finalmente "el Ché" unía a su desagradable presencia una actitud peor: era irónico, arrogante y abusivo con sus subordinados inmediatos. Las dos "charlas" a las que asistí consistieron en simples arengas revolucionarias, leídas entre mordiscos a un babeante tabaco y durante las que nunca miraba en derredor.

Guevara solamente levantaba la cabeza del texto cuando había terminado de leer, mirando a la audiencia con una mitad sonrisa, mitad mueca, entre irónica y displicente, correspondiendo a la consabida y servil ovación. Este detalle mereció de un viejo compañero de trabajo la observación de que el segundo apellido del argentino no debía ser de la Cerna, sino "de la Sorna". Este amigo, cuyo nombre no puedo mencionar, pues no sé si aún vive y permanece en Cuba, era el único en ese grupo de empleados que se unía a mi imprudente decisión de cruzar los brazos a la hora del aplauso.

Al final de la segunda (y por suerte última) "charla" de Guevara a la que asistí, su mirada burlona paseándose entre el grupo de cuarenta y tantos empleados del ministerio, se detuvo momentáneamente en mi persona. No creo que le importaran un comino los brazos cruzados de un joven de actitud aburrida. Su expresión era más de curiosidad irónica que de irritación. Inmediatamente después se levantó abandonando la sala y dando por terminada la insufrible cantaleta marxista.

Meses después, ya en el destierro, empecé a conocer con más detalles la historia criminal de Ernesto Guevara y mucho más tarde a calibrar su imagen mitológica cuidadosamente cultivada por el régimen de La Habana, contrastándola con la de quienes observaron objetivamente su infame proceso vital. La diferencia es bien consistente cuando se comparan las biografías laudatorias escritas por quienes utilizan como información la propaganda proveniente del régimen castrista, con la descripción de aquellos que fueron testigos presenciales de sus actos, o la de quienes fueran víctimas de su crueldad.

Me honro con la amistad de muchos viejos combatientes como José Castaño, veterano de Bahía de Cochinos e hijo del Oficial de Inteligencia del mismo nombre asesinado alevosamente por Guevara en la fatídica prisión colonial llamada La Cabaña. El Teniente Castaño fue ultimado para que desapareciera con él la extensa información que sobre actividades comunistas había cuidadosamente acumulado durante años. El testimonio de José Castaño, reproducido en un reciente libro sobre Guevara del brillante escritor Humberto Fontova, es nada menos que impresionante.

Sin embargo, en mi opinión aún más revelador sobre la verdadera personalidad del desastrado atorrante y sobre la calidad humana (¿o inhumana?) de sus acólitos, son las memorias de uno de ellos, quien aún venera el recuerdo de quien lo tratara con absoluto desprecio, ensañamiento y crueldad. Tal es el caso del llamado guerrillero "Benigno", antiguo cocinero de Guevara durante su fracasada aventura de Bolivia y uno de los pocos supervivientes de la misma.

En el libro que alguien le escribiera desde su cómodo exilio de París, el tal "Benigno" admite haber llorado amargamente por las injurias soeces que el "Guerrillero Heroico" le endilgara de gratis, al ordenarle un cambio en el menú del día. ¿Qué mejor descripción de la categoría moral de ambos?

A todos cuantos participaran en la captura y ejecución del "Ché" Guevara, incluyendo póstumamente a quienes sufrieran la venganza castrista, ¡gracias por un extraordinario regalo de cumpleaños!

© Hugo J. Byrne

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