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Hugo Byrne

Sobre las Catástrofes

Dos clases de desastres azotan a la humanidad, los siniestros naturales y aquellos cometidos por la mano del hombre. Estadísticamente no existe la menor duda que, por lo menos durante los últimos siglos, la segunda clase ha logrado las peores consecuencias. Por supuesto que no me refiero a los vaivenes mercantiles (depresiones económicas, recesiones, etc.), o el calentamiento terrestre, o las conspiraciones históricas y las otras variadas pamplinas con que cotidiana e interesadamente nos distraen de la realidad.

El balance más trágico de todos ha sido obra y gracia del mesianismo político, desde finales del siglo XIX y durante la mayor parte del XX. El más doloroso azote de la humanidad hasta nuestros días es el genocidio. Este se define como masacres masivas cometidas por regímenes totalitarios, en especial durante la segunda mitad del siglo XX.

Desde el inicio de la historia no se recuerda un episodio más sangriento que la “Revolución Cultural” comunista y otras purgas desatadas por el régimen chino contra su propio pueblo, desde su ascenso violento al poder en 1949, episodio que declinara parcialmente hace menos de tres décadas. Los estimados del saldo de ese desastre han sido de 45 millones de muertos entre los más conservadores, hasta 65 millones en los más altos. Ningún temblor de tierra, erupción volcánica o epidemia infecciosa ha tenido un resultado tan letal.

Para establecer una relación comparativa en esa cifra, la cantidad de víctimas en la guerra más sangrienta de la historia, la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), es de 50 millones, cuando se agregan aquellos que perecieron como consecuencia de esa hecatombe después de terminadas las hostilidades. Ese desastre en la nación más populosa del orbe, ocurrrió durante una época en que supuestamente la “República Popular China” disfrutaba de “paz”.

La suma total de víctimas de cataclismos como terremotos, huracanes, fuegos generados por ignición natural, inundaciones, deslizamientos de tierras y otras calamidades naturales ocurridas universalmente durante el mismo período, no puede comparase a los más de veinte millones que perecieran en el “Gulag” soviético y apenas si se aproxima al holocausto judío y de otras minorías a manos de los nazis, al armenio a manos de los turcos, o al camboyano a manos de los verdugos comunistas de Pol Pot.

Escuchamos atentamente ahora el clamor de auxilio a los damnificados de las depredaciones de los ciclones “Gustav” y “Ike” en Cuba y el abierto rechazo del régimen castrista a cuantos ofrecimientos de ayuda, oficiales u oficiosos se han hecho desde Norteamérica. Toda esa vocinglería ensordecedora debe ser interpretada en el contexto del ciclón castrista que ha asolado a nuestra nación durante los últimos cicuenta años y el que aún continúa destrozándola sin parar.

Una vez más se escucha el aburrido sonsonete de la “injusticia del embargo comercial norteamericano” y la plañidera demanda por la terminación o al menos “interrupción temporal” del mismo. Como de costumbre, la implicación es que la miseria del pueblo y la confesa incapacidad del régimen para remotamente empezar a reconstruir lo destruído por los vientos y las inundaciones de “Gustav” y de “Ike” no se debe a la intrínseca ineficiencia del marxismo, sino al “bloqueo” norteamericano.

Una de las pocas ventajas de la vejez es que la historia que leemos hoy es la misma que vivimos ayer. Este servidor de los amables lectores recuerda muy claramente cuando el Tirano y sus secuaces gritaban a voz en cuello que Cuba no necesitaba del comercio con las naciones capitalistas de Occidente y que el nivel de vida de los cubanos bajo el sistema forzado en el pueblo por la Tiranía, estaba destinado a superar al de Estados Unidos en menos de dos décadas. Incluso mucho antes de que “Gustav” y “Ike” hicieran su inclemente, no bienvenida visita y después de cinco décadas de socialismo, todos los indicadores económicos (incluyendo algunos castristas), mostraban un país miserable y postrado, con una declinante población que envejece en promedio.

Empero, admitir el fracaso total aún ante la evidencia abrumadora del mismo, es algo intolerable para quienes se creen agentes del destino. Si alguien abrigara dudas de que el Tirano aún vive, aunque sea de forma limitada y precaria, debe tomar nota que el rechazo tajante de La Habana a las ofertas de ayuda exterior es prueba fehaciente de la continuación de su maléfica existencia. Al mismo tiempo, ¿quién puede honestamente negar que La Habana es el origen de la presente campaña anti-embargo?

Como quiera que los únicos familiares que me quedan en Cuba son antepasados, quienes ya sueñan eternamente, sé que invito injustas maldiciones y acusaciones de cobardía de algunos y las probablemente más justas acusaciones de cinismo de muchos otros. Sin embargo, ese precio no lo regateo al afirmar mis deseos de que la creciente situación de penurias y necesidades en Cuba se haga insostenible.

Tal como en 1895 cuando la tea devastara a Cuba desde Baraguá hasta Mantua, ese es el único escenario que puede traer la eventual reconquista de la libertad y dignidad nacionales. En mi escala de valores libertad y dignidad siguen siendo por lo menos tan importantes como la propia vida. Esa escala de valores en consecuencia, no incluye preocupación por el qué dirán, o corrección política. Les aseguro a los amables lectores que son muchos quienes concuerdan conmigo en esto, aunque no tengan la firmeza de carácter para admitirlo públicamente.

¿Devastación inmensa producida por dos ciclones? No se compara a decenas de miles de muertos en el mar, miles de fusilados, centenares de miles que en un tiempo u otro durante estos últimos cincuenta años han sufrido prisión infame o persecución implacable y depauperación sin límites en la calidad de vida impuesta a un pueblo inocente por un sistema tan corrupto que sólo puede ser dirigido por criminales comunes y tan ineficiente que arruinaría al infierno.

 



© Hugo J. Byrne

La Columna de Hugo J. Byrne


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